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Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoología o Reino Animal. Antropología. Importancia del estudio del Hombre. 13

Considerado el hombre en su parte material, encontramos en su sistema nervioso el origen del bien que gozamos y del mal que padecemos. Tal es la supremacia que nos concedió la naturaleza: somos la cabeza ó la parte pensadora de los reinos organizados para arreglarlos hasta cierto punto. El grande árbol de la vida, si consideramos toda la serie de criaturas organizadas, al darnos el ser, ha florecido, produciendo en nosotros el fruto mas esquisito y adquiriendo su total desarrollo. Gozamos todos los privilegios que nos da este cetro, así como padecemos sus inconvenientes; pues hállanse unos y otros tan equilibrados que, si conociesen los demás seres el humano destino, no podrían acusar á la naturaleza de habernos favorecido con todos sus dones.
Todo lo que sobre la tierra consideramos como obra del hombre, siendo como es producto de razon, pertenece al ámbito de su historia. Si describimos la industria del castor y de la abeja por ser el resultado de su propio instinto ¿por qué no debemos contemplar en toda su grandiosidad la inteligencia del linaje humano? ¿De qué mano estraña recibió el hombre su poderío intelectual y su cuerpo, sino de la del mismo Dios? Así pues el hombre con sus leyes, su civilizacion, sus conocimientos y su industria, no ha desobedecido á la naturaleza, porque todo es el resultado de su organización y de su alma. No puede desasirse de la naturaleza. Nace y muere en su seno; susténtase y engendra como los demás animales; y si quebranta las leyes que como á todo viviente le fueron impuestas, lleva la pena merecida, por cuanto nunca nos oponemos sin quebranto á lo que marca nuestro primitivo destino.

Si examinamos el hombre puramente corporal, si estudiamos con ánimo despreocupado su disposición interna y sus formas exteriores, nos parecerá ciertamente poco favorecido, comparándolo con los demás seres organizados. En efecto, carece de armas ofensivas y defensivas, que naturaleza concedió á los demás animales. Su piel desnuda está espuesta á los ardientes rayos del sol, al rigoroso frio del invierno y á la intemperie de la atmósfera, cuando vemos que naturaleza ha resguardado hasta á los árboles con dura defensa. La prolongada debilidad de su infancia, la sujeción á un sinnúmero de dolencias durante todo el curso de la vida, la insuficiencia individual, la destemplanza de sus apetitos y pasiones, el desconcierto de su razón, y su ignorancia original le postran en sumo desamparo. ¿Qué supone su fuerza si la compara con la del león, y la rapidez de su carrera con la del caballo? ¿Goza acaso del remontado vuelo del ave, del nadar del pez, del olfato del perro, de la vista penetrante del águila y del sutil oido de la liebre? ¿Podrá envanecerse de su estatura al par del elefante, de su destreza al lado del mono, de su rapidez en la carrera con el corzo? ¿Está dotado de la magnificencia del pavo real, de la melodiosa voz del cantor de las selvas? Cada ser fue dotado de su instinto, y la sabia Providencia ha proveido á las necesidades de todos ellos; concedió uñas corvas, acerado pico y robustas alas al ave de rapiña; armó al cuadrúpedo con dientes y astas amenazadoras; escudó á la tarda tortuga con duro broquel; adornó á las mariposas con brillantes matices ,y enseñó á los alados moradores de las selvas sus mas dulces gorgeos: solo el hombre nada sabe, nada puede sin educación; fuerza es enseñarle á vivir, á hablar, á pensar bien; sujeto á mil tareas y fatigas para contrarrestar sus necesidades , la naturaleza no nos ha enseñado mas que á padecer el desamparo, y nuestra primera voz es el llanto. Miradle revolviéndose por el suelo, desnudo, inmóvil de pies y manos, á ese animal soberbio, nacido para mandar á los demás.

Los brutos no emprenden su carrera bajo tan crueles auspicios; ninguno recibe una existencia tan frágil como el hombre; ninguno conoce la supersticion, la ambición, la locura, la avaricia y todos los furores que desgarran su corazón. A tantísima costa nos fue concedida la razón y el imperio del mundo, dones tan funestos á veces á nuestra felicidad y reposo. Contemplemos el linaje humano que cubre la faz de la tierra, y le veremos igualmente arrostrar los ardores de la zona tórrida y los hielos de las regiones polares. Surca el Océano y sus tendidas llanuras en frágiles bajeles; y ora se lanza á los aires á mayor altura que el águila con los globos areostáticos , ora desciende bajo las aguas y visita el imperio de los monstruos marinos, profundizándose hasta los abismos, para arrancar los metales, preciosas vísceras del globo. Este señor de todos los animales se acomoda á todo por el hábito, puede sustentarse con casi todos los alimentos y multiplicarse por todas partes y en todos tiempos.

El hombre es un ser notable en todo: por su colocación suprema en el órden de los cuerpos animados; por sus facultades corpóreas, que esceden en general á las de los animales y plantas; y lo es sobre todo por sus fuerzas morales é intelectuales, con cuyo medio conquistó el cetro de la tierra.

Ved esas regiones cubiertas de plantas y animales de todas especies; el hombre, atraído por la abundancia de sus producciones establece allí su morada, sujeta y destruye los animales, reduce á la servidumbre á los mas mansos, mata ó ahuyenta á los mas indómitos, tala las selvas, purifica el aire, desagua los pantanos, pone corrientes las aguas estancadas, y anima la naturaleza yerta.

La tierra está sujeta cual el Océano á revoluciones, La naturaleza tiene reservadas épocas de estragos y de destruccion para el género humano, y la Divina Providencia tiene señalado el término de los imperios y renovaciones de la faz del mundo. Las mareas ó reflujos de la especie humana, las asolaciones, irrupciones, conquistas, y todas las revoluciones que han acaecido en el largo discurso de los siglos, no son mas que el restablecimiento sucesivo del equilibrio en el reino orgánico; pues se ha notado que las grandes catástrofes fueron casi siempre producidas por las naciones pobres ó sobrado numerosas respecto á los productos del suelo que habitan. Hay por consiguiente un enlace necesario entre el número de hombres y la cantidad de sustancias organizadas que les sirven del alimento; y el desorden de esta relación trae siempre consigo, hambre, convulsiones políticas, guerras, pestes y los estragos consiguientes. La política es por lo general, y sin que nosotros lo advirtamos, un instrumento de la naturaleza, pues las vicisitudes de las naciones no dependen solo de los hombres; otra necesidad mas trascendental predomina en todo, determinándolo á veces por un aciago concurso de circunstancias. Todo es perecedero en este mundo, los imperios tienen sus edades como los individuos, y solo permanecen en razón de los cuerpos organizados que sirven al sustento y á las necesidades de los miembros de la sociedad.

La especie humana existe, no solo para sí sino para el conjunto de los seres animados, de quienes viene á ser el contrapeso ó fuerza moderativa; estamos colocados á la cabeza de los seres orgánicos para establecer el equilibrio y el nivel por medio de la destrucción que en ellos ejercemos. Así como se constituyó el reino animal para reprimir la escesiva abundancia del vejetal, fueron también creadas las especies carnívoras para cercenar el esceso de las herbívoras que despojarian la tierra de los vejetales. La especie humana, pues, armoniza estos diversos seres, castigando igualmente á todos y manteniéndolos en sus respectivos límites. Que el desempeño de esta suprema función incumbe al hombre, lo prueba la facultad que le franqueó naturaleza de reinar en todos los climas y sustentarse igualmente de animales y vejetales.

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