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Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoología o Reino Animal. Antropología. De la infancia. 46

tez qué adquieren con el tiempo, ni el movimiento que acompaña á la visión. Sin embargo, la luz que los hiere parece que hace impresión en ellos, pues la pupila, que ya tiene entonces hasta línea y media ó dos líneas de diámetro, se estrecha ó se ensancha á una luz mas ó menos fuerte; de suerte que pudiera creerse que producía ya una especie de sensación, aunque muy obtusa. El recien nacido nada distingue, pues, aun teniendo movimiento sus ojos, no se lijan en ningún objeto, porque el órgano está todavía imperfecto, la córnea arrugada, y quizá también demasiado blanda la retina para recibir las imágenes de los objetos y producir la sensación de la vista con distinción. Lo mismo parece que sucede en los demás sentidos, los cuales no han adquirido aun cierta consistencia, que es necesaria para sus operaciones; y aun cuando han llegado á este estado, pasa todavía mucho tiempo antes que la criatura pueda tener sensaciones exactas y completas. Los sentidos son especies de instrumentos, cuyo uso es preciso aprender: el de la vista que parece el mas admirable, es al mismo tiempo el menos seguro, y mas falaz y sus sensaciones no producirían sino juicios falsos, si á cada instante no fuesen rectificados por el testimonio del tacto. Este es el sentido sólido, la piedra de toque, y la medida de todos los demás sentidos; el único que es absolutamente esencial al animal, que es universal, y está esparcido por todas las partos de su cuerpo; y sin embargo, este mismo sentido no es todavía perfecto en la criatura al instante que nace: es verdad que da señales de dolor en sus gemidos y llanto; pero todavía ni tiene ningún signo ni espresion para manifestar el placer, ni empieza á reír hasta los cuarenta días, que es también él tiempo en que principia á llorar, pues hasta entonces los gritos .y los gemidos no van acompañados de lágrimas. No se ve, pues. ningún indicio ni señal de las pasiones en el rostro del recién nacido; ni aun las partes del mismo rostro tienen toda la consistencia ni tona la elasticidad necesaria para esta especie de espresion de las sensaciones del alma. Todas las demás partes del cuerpo, débiles todavía y delicadas, solo tienen movimientos inciertos y vacilantes: no puede mantenerse en pie; sus piernas y muslos están todavía doblados, por el hábito que contrajo en el vientre de su madre; carece de fuerza para estender los brazos, y para coger ninguna cosa con la mano; y si se le abandonase, se mantendría tendido de espaldas, sin poder volverse á ningún lado.
Reflexionando sobre lo que acabamos de decir, parece que el dolor que siente la criatura á los principios, y que esplica con gemidos, no es mas que una sensación corporal semejante á la de los animales, que gimen también luego que nacen; y que las sensaciones del alma no empiezan á manifestarse hasta los cuarenta dias, pues la risa y las lágrimas son efecto de dos sensaciones interiores que dependen ambas de la acción del alma. La primera es una agitación agradable, que no puede proceder sino de la vista ó la memoria de algún objeto conocido, amado y deseado; y la otra es una conmoción molesta, mezclada de ternura y de un acto reflejado sobre nosotros mismos : ambas son pasiones que suponen conocimientos, comparaciones y reflexiones; y por tanto el llanto y la risa son signos peculiares de la especie humana para esplicar el placer ó la angustia del alma, al paso que los gritos, los movimientos y los demás signos de dolores y de placeres del cuerpo son comunes al Hombre y á la mayor parte de los animales.
Pero volvamos á las partes materiales, y á lo perteneciente al cuerpo. El tamaño de la criatura que nace do todo tiempo es ordinariamente de veinte, y una pulgadas ; bien que nacen algunas mucho mas pequeñas, y aun se ven criaturas, que, sin embargo de haber llegado al término de los nueve meses, no tienen mas que catorce pulgadas, y otras por el contrario, de mas de veinte y una. El pecho de las criaturas de veinte y una pulgadas, medido sobre la longitud del esternón, tiene cerca de tres pulgadas, y solamente dos cuando la criatura no tiene mas que catorce. A los nueve meses, pesa ordinariamente el feto doce libras, y á veces hasta catorce: la cabeza del recien nacido es proporcionalmente mas gruesa que el resto del cuerpo; y esta desproporción, que todavía era mucho mayor en la primera edad del feto, no desaparece hasta pasada la primera infancia. La coronilla ó fontanela superior es la parte de su cráneo que aun no ha adquirido solidez, y está situada entre el hueco frontal y la reunión de los parietales, sintiéndose latidos si se aplica á ella la mano. Parece que esta abertura, que no se observa en ningún viviente, lo mismo que las que se hallan en la reunión de los demás ángulos de los huesos del cráneo, son debidas á la compresión que debe esperimentar el celebro en la matriz y para que pueda achicarse en el acto del parto adoptándose á la forma de las partes que tiene que atravesar. Los animales, no teniendo la cabeza tan abultada como la del Hombre, no necesitan esta sabia precaución de la naturaleza.
La piel de la criatura recien nacida es muy delgada, y si parece de color rojizo, consiste en ser bastante trasparente para dejar divisar, aunque débilmente, el color de la sangre; siendo común opinión que las criaturas, cuya piel es mas roja al nacer, son los que después llegan á tenerla mas hermosa y blanca.
La forma del cuerpo y de los miembros de la criatura recien nacida no está todavía bien esplicada: todas las partes son demasiado redondas, y aun parecen hinchadas cuando la criatura está sana y gruesa; al cabo de tres días sobreviene ordinariamente una ictericia, y al mismo tiempo en las mamilas de las criaturas hay leche que se esprime con los dedos; por la superabundancia de humores y la hinchazón de todas las partes del cuerpo se disminuyen después lentamente, según va creciendo la criatura.
El licor contenido en el amnios deja en la criatura un humor viscoso, blanquecino, y á veces tan tenaz que es preciso untarle con algún licor suave para poderle quitar. En nuestro pais se tiene siempre la prudente precaución de no lavar la criatura sino con líquidos tibios; pero hay naciones enteras, aun de aquellas que habitan en los climas fríos, que acostumbran sumergir sus hijos en agua fría al instante que nacen, sin que de ello les resulte ningún daño. Aun mas se dice que hacen las laponas, y es dejar á sus hijos en la nieve hasta que el frío los ha penetrado de suerte que detenga la respiración; que entonces los entran en un baño de agua caliente; y que, no contentas con lavarlos tan sin precaución al instante de su nacimiento, los lavan también del mismo modo tres veces cada dia, durante el primer año de su vida, y en los siguientes, tres veces cada semana, en agua fría. Los pueblos del Norte están persuadidos de que los baños fríos hacen á los hombres mas fuertes y robustos, y por esta razón los obligan desde la niñez á que se acostumbren á ellos. Lo cierto es que nosotros no conocemos bastantemente hasta donde pueden estenderse los límites de lo que nuestro cuerpo es capaz de sufrir, adquirir ó perder por medio de la costumbre. Los Indios del istmo de América, por ejemplo, se bañan sin reparo y sin el menor daño en agua fría para refrescarse cuando están sudando; sus mujeres los echan en ella cuando están ebrios para que se les pase mas presto la embriaguez; las madres se bañan juntamente con sus hijos recien nacidos, en agua fría, al instante que han parido; y sin embargo de esta costumbre, que nosotros tendríamos por muy peligrosa, rarísima vez muere una mujer de resultas del parto, mientras

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