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Los tres Reinos de la Naturaleza. Zoología o Reino Animal. Antropología. De la vejez y la muerte. 58

pirar; examínenselos movimientos de su semblante, cuando alguno, por indiscreccion ó celo, llega á decirle que en efecto su fin está muy cercano; y se vera que muda de semblante, como un hombre a quien se da una noticia inopinada ; infiriéndose de esto que el enfermo no creo lo que él mismo dice, y que de ningún modo está persuadido que debe, morir: lo que únicamente tiene es alguna duda, alguna inquietud en orden á su estado, pero siempre con mucho menos temor que esperanza; y sino se despertase su miedo con las tristes diligencias y el lúgubre aparato que precede á la muerte, seguramente no la vería llegar.
De lo dicho se infiere no ser la muerte tan terrible como la imaginamos, y que de lejos formamos de ella un juicio muy errado. En efecto á cierta distancia es la muerte un espectro que nos atemoriza; pero cuando la vemos de cerca se disipa la ilusión. Las nociones que teñemos de ella son falsas, pues, no solo la consideramos como la última y mayor desgracia, sino también como un mal que viene acompañado del dolor mas vehemente, y dé las mas penosas angustias; y no contentos con semejante idea, hemos procurado abultar en nuestra imaginación estas funestas imágenes y aumentar nuestros temblores poniéndonos muy de propósito á discurrir sobre la naturaleza del dolor. Este debe ser estremado, dicen, cuando el alma se separa del cuerpo, y puede también ser de mucha duración, pues, no teniendo el tiempo mas medida que la sucesión de nuestras ideas, un instante de dolor muy agudo, en que estas ideas se suceden con rapidez, proporcionada á la violencia del mal, puede parecemos mas dilatado que un siglo en que las mismas ideas corren con mas lentitud, y relativamente á las sensaciones tranquilas., que por lo común ésperiméntamos. Los que así discurren hacen de la filosofía un abuso muy deplorable, y que no merecería ser rebatido si no fuesen tan perjudiciales sus consecuencias; pero como contribuye á hacer infeliz ál linaje humano, presentando la imagen dé la muerte mucho mas horrenda de lo que puede ser, aunque no hubiese mas que un cortísimo número de personas engañadas con la apariencia de estas ideas, convendría, siempre desvanecerlas y manifestar su falsedad.
¿Tenemos nosotros por ventura, cuando el alma se une á nuestro cuerpo , algún placer escesivo, algún gozo pronto y vehemente, que nos arrebate y embelese? No por cierto: esta unión se hace sin que nosotros la percibamos, y del mismo modo debe verificarse la desuníon son que esperimentemos sensación ninguna. ¿Qué razón hay para creer que el alma no puede separarse del cuerpo sin extraordinario dolor, ó cuál es la causa que puede producir este dolor ú ocasionarle? O esta causa reside en el alma ó en el cuerpo: él dolor del alma, unida al cuerpo, no puede ser producirlo sino por el pensamiento, y el del cuerpo es siempre proporcionado á su fuerza y debilidad; y no estando nunca el cuerpo tan débil como en el instante de la muerte natural, no puede esperimentar sino un dolor levísimo, en el caso de tener alguno.
Pero supongamos una muerte violenta, como seria la de un hombre á quien quitase la cabeza una bala de cañón. ¿Puede este hombre padecer mas de un instante? ¿Y puede haber en el intervalo de este instante una sucesión de ideas tan rápida que le parezca durar aquel dolor una hora, un dia ó un siglo? Esto vamos á examinar.
Efectivamente la sucesión de nuestras ideas es respecto de nosotros la única medida del tiempo, el cual debe parecemos mas corto ó dilatado, según corran aquellas, mas uniformemente ó se crucen con mas .irregularidad; pero esta medida tiene una unidad cuya estension no es arbitraria ni indefinida, sino que, por el contrarío, está determinada por la misma naturaleza, y es relativa a nuestra organización. Dos ideas que se suceden, ó que solo difieren una de otra, tienen necesariamente entre sí cierto intervalo que las separa, pues, por pronto que sea el pensamiento, siempre necesita algún corto tiempo para ser seguido de otro pensamiento, no pudiendo verificarse esta sucesión en un instante indivisible. Lo mismo sucede en la sensación: necesítase cierto tiempo para pasar del dolor al placer, ó de un dolor á otro dolor; y el intervalo que. necesariamente separa nuestros pensamientos ó nuestras sensaciones es la unidad de que hablamos, y no puede ser estremadamente largo ni corto, sino mas bien casi igual en su duración, por depender esta de la naturaleza de nuestra alma y de la organización de nuestro cuerpo, cuyos movimientos no pueden tener sino cierto grado determinado de velocidad. Por consiguiente no puede haber en un mismo individuo sucesión de ideas, mas ó menos rápidas, hasta el grado que seria necesario para producir una diferencia tan enorme de duración, que de un minuto de dolor luciese un siglo, un dia, ni una hora.
Por poco que dure un dolor vehementísimo, conduce al desmayo ó á la muerte, pues, no teniendo nuestros órganos-sino cierto grado de fuerza, solo pueden resistir cierto tiempo á un cierto y determinado grado de dolor. Si este escesivo, cesa por ser mas fuerte que el cuerpo, el cual no pudiendo resistirle, mucho menos se halla en estado de trasmitirle al alma, con quien no puede tener correspondencia sino mientras dura la acción de los órganos; y cesando en éste caso la acción de los mismos órganos debe cesar también, por consiguiente, la sensación interior que comunican al alma.
Lo dicho es quizá mas que suficiente para probar que el instante de la muerte no viene acompañado de dolor escesivo, ni de larga duración; mas, para tranquilizar alas personas pusilánimes, añadiremos algo todavía. Un dolor escesivo no da treguas á ninguna reflexión, y sin embargo han solido notarse indicios de reflexión en el mismo instante de una muerte violenta. Cuando Carlos XII recibió el golpe que repentinamente dio fin á su vida y hazañas, echó mano á su espada; de lo que se infiere que aquel dolor mortal no fue escesivo, pues dio lugar á la reflexión: sintióse acometido y reflexionó que era forzoso defenderse: luego no sintió sino lo que se siente con un golpe ordinario. Y no se diga que aquella acción fue mero resultado de un movimiento mecánico, pues los movimientos, hasta los mas prontos, dependen siempre de la reflexión, y son efectos de una voluntad habitual del alma.
Nos hemos detenido algo en este asunto con el fin de destruir una preocupación tan contraria á la felicidad del Hombre, pues suelen ser víctimas de este error algunas personas, á quienes el miedo dé la, muerte ha hecho efectivamente morir, y en particular mujeres á las cuales anonadaba el miedo del dolor : bien qué es las terribles inquietudes parece son peculiares de las personas, á quienes la educación ha hecho mas sensibles, pues los demás hombres, señaladamente los rústicos, miran la muerte sin espanto.
La verdadera filosofía consiste en ver las cosas como son en sí; y la sensación interior estaría siempre acorde con esta filosofía, si no la pervirtiesen las ilusiones de nuestra imaginación, y el fatal hábito que hemos adquirido de formarnos fantasmas de dolor y gozo. Nada es terrible, nada halagüeño sino de lejos; pero, para asegurarnos de esta verdad, es preciso tener el valor ó la prudencia de examinar de cerca uno y otro. Si algo hay que pueda confirmar lo que dejamos dicho en orden á la cesación gradual de la vida, y hacer mas evidente que su fin no llega sino por gra

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