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Zoología o Reino Animal. Antropología. De las Castas Humanas. 98

raturas. El Hombre, dotado de alta capacidad intelectual y de manos diestras, peregrinos instrumentos que llevan á cabo los prodigios que creó el pensamiento, supo bailar el fuego, el vestido, el abrigo y las armas; fuéle también permití lo vivir igualmente en todas partes de carne y vejetales; y ufano con tan nobles preeminencias, irguióse sobre la haz de la tierra, en adornan de admirar el cielo y predominar á todos bis vivientes.

Con todo, si consideramos la especie humana desparramada por la tierra, y esos grandes hormigueros de naciones, esas ciudades populosas, en donde tantos individuos se atropellan en un breve espacio para desaparecer y sucederse en la inmensidad de los siglos, nos haremos cargo de cuan remontados anduvimos en el concepto que habíamos formado de nuestra especie. Con efecto, vérnosla sufrir como lodos los demás seres el influjo de los climas, ora despavorida con el rayo en los trópicos, ora guareciéndose, en subterráneos albergues contra el cierzo helador ó los abrasadores rayos del sol canicular, ora diezmada por las pestes ó epidemias, desalojada por las inundaciones, dispersa por la calamidad del hambre, atravesando trabajosamente dilatados desiertos, ó recogiendo en rancherías errantes escasos tributos de una tierra esquiva; mientras que en regiones mas afortunadas derrama el suelo, casi sin trabajo, delicados y abundantes alimentos á sus afeminados moradores.

Fuerza es, pues, que el Hombre se habitué á tantos destinos como le brindan las diversas moradas del globo. Aquí, agricultor laborioso, baña el barbecho con el sudor de su rostro; allí, navegante denodado, traspone las encrespadas olas en pos del alimento para su familia; allá doma el Caballo, el Camello ú el Renjífero, y recorre inmensas soledades, sustentándose con la leche y la carne de estos inocentes compañeros desús fatigas, que sacrificará á sus necesidades. El género humano es en todas partes el primer huésped del globo, y se aviene á todas las variaciones que esperimenta la superficie de nuestro planeta, según las estaciones, las latitudes, las diversas alturas y la calidad de los terrenos, los meteoros atmosféricos y otras muchas modificaciones impuestas por las incontrastables leyes de la naturaleza. Así, pues, terrestre el Hombre, debe relacionarse con la tierra que le sustenta y estudiar los agentes que le cercan; y no alcanzando á sobrepujarlos, fuerza es que aprenda á hermanarse con ellos, si no quiere ver su salud quebrantada. Tal es sin duda la causa de las mil diversas condiciones que modifican al Hombre, en términos que es casi imposible hallar ni aun dos perfectamente semejantes en un todo. Esta variedad de temperamentos que se echa de ver en el estado social parece mucho menor entre les animales y los pueblos salvajes, cuyo género de vida es mas uniforme que el nuestro. Los irracionales, obedecen sólo al mero instinto y á un régimen natural, muestran formas mucho mas desarrolladas que las castas domesticadas, también mas que la nuestra, que tan modificada se halla por las costumbres sociales. Siéndolos hombres' en cierto modo parte del globo terrestre, ¿xiyatoi ai-opa, tvoí , segun nos llama Homero, bien así cómo los vejetales y demás vivientes, fuerza es que todos se conformen á la constitución propia y peculiar de nuestro planeta. Sígnese de lo dicho que. para conocer el Hombre, debemos estudiar nuestro mundo.

Es verdad que el opulento morador de las ciudades, bien vestido, hospedado y alimentado, no saliendo sino en coche para guardarse, de los destemples atmosféricos no sufriendo ni el hielo del invierno en abrigados aposentos, ni aun los cambios de las estaciones en sus manjares cocidos y preparados con esmero; es verdad, repito, que esto ser venturoso se sobrepone mas que los otros hombres, al influjo de los climas y dé las estaciones sus inmutables leyes no son para él tanto como para la generalidad de las naciones, siempre .desvalidas, y por oso espuestas á todos los rigores de la naturaleza. Pero por otra parte, el hombre opulento y artificial, que vive en el regalo y en la afeminación, como la planta en el invernadero, se inhabilita por endeble para resistir la novedad de las influencias externas, y parece que la naturaleza vuelve por su imperio con tanto mayor ahinco cuanto mas fue menospreciada.

Fuera de esto, el morador civilizado de las ciudades que se resguarda desveladamente de la acción de los elementos, concentrándose en los artefactos, en los objetos de la industria ó del lujo, poniendo todo su afan en su engrandecimiento, avasallado por el gobierno, por los hábitos y las costumbres sociales, olvida las sublimes leyes de la naturaleza, que echa los primitivos cimientos de los gobiernos y de la civilización. Teniendo constantemente á la vista los efectos, no reparamos las mas veces en sus móviles; llevamos la vida de las hormigas que trabajan en sus estrechas mansiones, y nunca osamos trasponer la vista fuera de los humildes eriales que cercan nuestros ruines intereses. Pronto acabará de ocultársenos la bella naturaleza y no veremos mas que el hombre artificial , amoldado sobre el tipo de una sociedad postiza y constantemente variable.

Además de los atributos de las edades y de los sexos, présenta la naturaleza otras muchas variedades de castas; dependiendo las unas de los temperamentos particulares, y las otras del carácter nacional ó de los troncos que encabezan el género humano. Los efectos morbíficos, los hábitos prolongados, las impresiones ó señales de los climas y de los alimentos, modifican en extremo la constitución del Hombre, alterando proporcionalmente sus costumbres. Basta, para convencerse de esta verdad, seguir especialmente estas modificaciones en todas las partes del cuerpo humano.
El bravo, que se desarrolla libremente en completa desnudez, toma formas atléticas, y sus piernas y pies son mas gruesos que los nuestros, porque su vida es mas andariega;

La cabellera, que adorna la cabeza del Hombre es mas corta que la de la mujer, cuyas hebras son largas y flexibles (I). Generalmente hablando, el pelo de los habitantes del Norte es fuerte y largo; el de los meridionales ensortijado; crespo en los climas muy cálidos. El cabello de los negros viene á ser como lana rizada ó horra; las naciones del Septentrión de Europa lo tienen generalmente rubio ú rojo; el pelo castaño abunda comunmente entre los europeos de los climas templados; y el negro entre los moradores de los paises meridionales. Vense con todo
(1) Parece que casi entre todas las naciones se ha considerado la cabellera larga como un carácter de libertad: así es que los chinos opusieron mayor resistencia á los tártaros cuando estos trataron de atusarles el pelo que cuando quisieron subyugados; y los rusos manifestaron suma repugnancia á obedecer la orden de Pedro el Grande que les obligaba á raparse cabellera y barba. Los francos, conquistadores de los galos, dejaban crecer su larga cabellera rubia (crinosi. capillati), como una prerrogativa de poderío, cuando los galos avasallados por los romanos, andaban mondos. La tonsura de los eclesiásticos es una señal de sumisión, especialmente entre los monges. Sansón, perdida su cabellera, pierde toda su pujanza, segun la Escritura; y los bravos de la América septentrional arrancan á sus enemigos la cabellera con la piel, en señal de trofeo (Laíiteau, Mmirs des sauvages, tomo 11. pág. 2".(i), igualéis vulgaridades reinan en Oriente por lo que hace á la barba , «por se considera como indicio de poder, y dignidad, y no pueden llevarla los esclavos. Es, con efecto señal de virilidad y pujanza, puesto que de ella carecen los eunucos, los impúberes y las mujeres. La casta blanca es entre todas la mas barbuda.

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