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Buffon: Zoología o Reino Animal. Antropología. Comparación Psicológica. 131

ses. La edad en que se las considera harto ancianas para ser madres, es la de cincuenta y cinco años lunares, ó cincuenta tres años solares.» Vemos, pues, que las épocas de las principales revoluciones físicas son exactamente, las mismas entre los árabes y los europeos. Así, pues, toda lá argumentación con cuyo auxilio se ha procurado disculpar la moral depravada de las naciones Orientales, apoyándose en la época prematura del desarrollo y de la Vejez, se hunde por falta de cimientos sólitos, así como la que tenia por objeto justificar la poligamia, fundada en la suposición de que nacían proporcionalmente mas mujeres en Arabia que en Europa; suposición admitida durante mucho tiempo como una proposición incontestable, pero completamente trastornada en el dia por los resultados de las investigaciones de Niébuhr.

Todas las cuestiones relativas á las variaciones periódicas en la vida física de la mujer han sido sometidas hace pocos años a una nueva investigación por un autor muy competente, que ha recogido sobre este asunto una multitud de hechos nuevos é interesantes. Nos limitaremos aquí á presentar la conclusión general á que ha llegado aquel autor, y que, en concepto nuestro, ha sido establecida sobre pruebas perfectamente satisfactorias. Esta conclusión se reduce á que la diferencia de clima no tiene sino muy poco ó ningún efecto para producir diversidades importantes en las épocas de las variaciones físicas á que está sujeta la constitución humana; así que puede decirse que ante estas grandes leyes dé la economía animal, todos los miembros de lá familia humana son iguales, hallándose situados, digámoslo así, todos los hombres, tanto blancos como negros, por la naturaleza, bajo el pié de una igualdad perfecta. Habiéndose reconocido que son próximamente las mismas la duración de la vida entera y la del tiempo necesario para llegar al estado adulto no podía suponerse sin peligro de inverosimilitud que existieran diferencias muy marcadas para función alguna particular, ó para un orden particular de funciones. Era, no obstante, una opinión generalmente admitida desde el tiempo de A. Haller, y que habia pasado sin contradicción hasta que fue refutada por M. Robertson.

COMPARACIÓN PSICOLÓGICA.

Hay un concepto bajo el cual nos falta todavía comparar las diferentes ramas dé la familia humana, que es el dé los diferentes grados de inteligencia.

La psicología, tomando esta palabra en su acepción habitual, es la historia de las facultades mentales del Hombre; pero, considerada de un modo mas general, abraza también el estudio de estas facultades en las especies animales que parecen aproximarse mas á la especie humana en el concepto de la inteligencia: estas dos partes de la ciencia son en cierto modo solidarias y pueden prestarse apoyo mutuamente. Sentado esto, veamos si podemos sacar de ello alguna conclusión relativa al Hombre. Es cosa demostrada que dos especies, por muy inmediatas que Sean, nunca se parecen completamente en sus costumbres, sus hábitos, su tendencia á ciertos actos particulares, etc. lo cual indicaba, necesariamente diferencias en sus caracteres psicológicos. Ahora bien; si los caracteres psicológicos son unos mismos para todas las razas psicológicas , si en todas ellas la observación de los hechos no nos da á conocer sino un mismo y único modo de inteligencia, tendremos aquí un motivo poderoso para deducir que pertenecen todas a una misma especie y tienen un origen común.
¿Pero se podrá sostener que este es realmente el hecho? La mayor parle de las personas á quienes se proponga esta cuestión, estarán inclinadas en el primer momento, según todas las apariencias, á responder negativamente; pues, ¿qué contrastes mayores pueden imaginarse que los que se presentan cuando se comparan entre sí en el estado actual las diferentes razas de la especie humana? Imaginemos por un momento que un habitante de otro planeta, bajando á nuestro globo, observa y compara las costumbres de sus habitantes. Hagámosle asistir primero á alguna pompa brillante en uno de los paises mas civilizados de Europa; á la coronación de un monarca, por ejemplo. He ahí á San Luis, á quien instalan en el trono de sús padres, y que, rodeado de una asamblea augusta de pares, barones, obispos y abades mitrados, recibe én su frente el santo óleo que acaba de traer un ángel para consagrar el derecho divino de los reyes. Trasportemos en seguida sucesivamente nuestro viajero á alguna aldea de la Nigricia, á la hora en que sus negros habitantes, embriagados de una loca alegría, se agitan en movimientos desordenados al son de una música bárbara; luego á las llanuras saladas por donde vaga errante el calvo mogol, cuya piel amarillenta se destaca apenas sobre la capa azafranada de la llanura, cubierta con las flores del tulipán y del lirio. Luego al antro solitario en que el famélico boschisman, emboscado cual una fiera, sigue con mirada inquieta al ave próxima á caer en el lazo que le ha tendido, ó al reptil que la casualidad lleva al alcance de su mano; luego finalmente, á los bosques de la Nueva-Holanda, en presencia de un grupo de sucios australes, imitando en su bailé estúpido los movimientos tardos y sin gracia del Gerbo. - ¿Puede suponerse que nuestro viajero deducirá que los diferentes grupos, que acaban de pasar ante su vista no presentan todos sino seres de una misma naturaleza, pertenecientes á una misma especie, que descienden de un origen común? Es mucho mas probable que llegue á deducir una conclusión diametralmente opuesta.

Pero en la cuestión que en el momento nos ocupa, para llegar ú la solución tenemos otros elementos que los que suministraría uña observación pasajera cual la que aquí suponemos.

La historia, al presentarnos el cuadro de las costumbres de una misma nación en épocas muy lejanas unas de otras, nos facilita que apreciemos toda la extensión de las variaciones que han podido operar en su condición el tiempo y las circunstancias. Comparando su estado antiguo con el actual, nada hallamos ya improbable en la idea de que seres tan diferentes segun las apariencias en su modo de existir como los que acabamos de mencionar, puedan hallarse, no obstante, unidos por vínculos de parentesco.

Las investigaciones históricas tienen todavía otro resultado, cual es el de poner desde luego en evidencia uno de los grandes caracteres distintivos de nuestra especie, uno de los que separan claramente su naturaleza de la de los animales: aludimos á lo que se ha llamado algunas veces la perfectibilidad del Hombre, pero que seria mas conveniente designar como una tendencia á las variaciones, puesto que estas, que son incesantes, aunque tengan generalmente por resultado hacerle adelantar en la vía de la civilización, le imprimen algunas veces por un tiempo dado una marcha retrógrada. Por lo demás, estas variaciones, sea cual fuere la direccion en que se operen, contrastan del modo mas sorprendente con lo que se observa en los animales, entre los cuales las costumbres peculiares á cada especie se trasmiten de generación en generación con perfecta uniformidad. El León de Numidia y el Sátiro de los desiertos, los reinos de las abejas y las repúblicas de las hormigas se hallan en el dia precisamente en las mismas condiciones que en el tiempo de Esopo) y en el imperio de Juba, mientras que los descendientes de las hordas que Tácito nos describe viviendo en el seno de la miseria y la inmundicia en los pantanos de las márgenes del Vístula, han edificado San Petersburgo

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