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Mamiferos. Carniceros. Tercer Suborden: Carnivoros. Familia Plantígrados. Género Oso. 267


asegurarlo; solo advertiremos, que nos parece dudoso. Lo primero, porque el Oso es animal corpulento, y mientras mas corpulencia tienen los animales, se necesita mas tiempo para su formación en el seno de la madre: segundo, porque los Osos nuevos crecen con bastante lentitud, y siguen á su madre, porque necesitan de su auxilio por espacio de uno ó dos años: tercero, porque el Oso procrea en muy corto número, uno, dos, tres ó cuatro, y nunca mas de cinco hijos; propiedad común en todos los animales corpulentos, que no producen de una vez muchos hijos, y les dura el preñado mucho tiempo: cuarto, porque el Oso vive veinte ó veinte y cinco años, y el tiempo del preñado y el del incremente ordinariamente son proporcionales á la duración de la vida. En virtud, pues, de estas analogías, que parecen bastante fundadas, yo creería que el tiempo del preñado en los Osos, es a lo menos de algunos meses. Como quiera que esto sea, parece que la madre tiene un cuidado sumo dé sus hijos; les prepara una cama de musgo y de yerbas en lo mas retirado de su cueva, y les da de mamar hasta que pueden salir con ella: pare por invierno, y los ositos empiezan á seguirla por la primavera. El macho y la hembra no habitan juntos: cada uno tiene, su guarida separada, y aun muy distante; cuando no pueden encontrar una cueva para habitar, derriban y amontonan leña para hacerse un domicilio que cubren de yerbas ó de hojas hasta dejarle impenetrable al agua.

La voz del Oso es un gruñido, un murmullo recio acompañado muchas veces de un crugido de dientes, el cual hace principalmente cuando le irritan: es muy propenso á la cólera, y esta es en él siempre furiosa, y muchas veces caprichosa: aunque parece manso para su amo, y aun obediente cuando está domesticado, conviene no fiarse nunca de él, y tratarle con circunspección, sobre todo no herirle nunca en la punta de la nariz, ni tocarlo en las partes de la generación. Se le enseña á mantenerse en pié, á gesticular, á danzar, y aun parece que escucha el sonido de los instrumentos y que sigue groseramente el compás; mas para darle esta especie de educación conviene cogerle pequeño y tenerle sujeto toda la vida: el Oso ya grande no se amansa ni se le puede sujetar nunca, es naturalmente intrépido, ó por lo menos mira con indiferencia los peligros. El Oso salvaje no se desvia nunca de su camino, ni huye á vista del hombre; sin embargo, hay quien pretende, que con un silbido se le asusta y aturde de tal manera, que se detiene y se levanta sobre las extremidades posteriores: entonces es cuando conviene tirarle, y procurar matarle, porque sino se hace mas que herirle, acomete furioso al cazador, y abrazándole con los pies delanteros, le ahogaría sino se le socorriese.

Los Osos se cazan y cogen de varias maneras, en Suecia, en Noruega, en Polonia, etc. El modo, según dicen, menos peligroso de cogerlos es embriagarlos, echando aguardiente en la miel, de que gustan mucho, y que buscad en los troncos de los árboles. En la Luisiana y el Canadá, donde los Osos negros son muy comunes y no se guarecen en cuevas, sino en los árboles secos, y que tienen el corazón podrido, se les coge pegando fuego á sus casas ; pero como suben fácilmente á los árboles, rara vez se establecen cerca del suelo, y a veces lo hacen á treinta ó cuarenta, pies de altura. Si es una madre con sus hijos, ella baja la primera, y la matan antes que llegue á tierra: los osillos bajan después, y se les coge echándoles un cordel al cuello, y se llevan ó para criarlos ó para comerlos, porque la carne de los ositos es delicada y buena: la del Oso es comestible, pero como está impregnada de una grasa aceitosa, no se puede considerar como manjar delicado sino los pies, cuya sustancia es mas firme.

La caza del Oso, sin ser muy peligrosa, es muy útil, cuando se hace con alguna felicidad: su piel es la de mas precio entre todas las ordinarias, y la cantidad de aceite que se saca de un Oso es muy considerable. Se echa desde luego á cocer la carne y la grasa juntamente en una caldera, y se separa la grasa. «Después, dice Mr. de Pratz, se purifica echándola, cuando está derretida y muy caliente, una buena cantidad de sal, y rodándola con agua: de esta operación resulta una detonación y se levanta un humo espeso que se lleva consigo el mal olor de la grasa: acabado el humo y estando aun la grasa, mas que tibia, se echa en un lebrillo donde se deja, reposar por ocho ó diez dias: al cabo de este tiempo se ve nadar por encima un aceite claro, que se coge con un cucharon: este aceite es tan bueno como el mejor de aceitunas, y sirve para los mismos usos, debajo queda una manteca tan blanca como la del Puerco, aunque algo mas blanda: esta sirve para guisar, y no la queda gusto ninguno desagradable, ni mal olor.»

Mr. Dumont está de acuerdo con Mr. de Pratz; y añade que de un solo Oso se sacan á veces mas de doscientos cuarenta cuartillos de este aceite: que los salvajes hacen mucho tráfico de él con los franceses: que es muy escelente y sano: que no se hiela nunca sin un frio muy intenso: y que cuando esto sucede, se condensa en pelotones de una blancura que deslumbra, y entonces la comen con pan como la manteca de Vacas.

La gran cantidad de grasa de que está cargado el Oso, le hace muy ligero para nadar, y así atraviesa sin fatiga los rios y los lagos. Los Osos de la Luisiana, dice Mr. Dumont, tienen el color negro atezado, y atraviesan el rio no obstante su mucha anchura: son muy aficionados al fruto de un árbol que los franceses llaman plaqueminier y los botánicos latinos guiacana: suben á estos árboles, se ahorcajan sobre una rama, se asen á ella con uno de sus pies, y con el otro atraen otras ramas para acercar la fruta: salen también con frecuencia de los bosques, y acuden á poblado á comer las patatas y maíz. En otoño, cuando han engordado mucho, casi no tienen fuerza para caminar; ó á lo menos no pueden correr tanto como un hombre. Tienen á veces diez dedos de gordura en los costados y en los muslos; la planta de sus pies es gruesa é hinchada, y cuando se corta, sale de ella un jugo blanco como leche. Esta parte parece compuesta de pequeñas glándulas, y de aquí proviene que durante el invierno, están continuamente chupándose los pies en sus cuevas ó guaridas.
El Oso tiene muy perspicaces los sentidos de la vista, del oido y del tacto, no obstante ser sus ojos muy pequeños, respecto del volumen de su cuerpo; las orejas cortas, la piel gruesa y el pelo muy espeso: tiene escelente olfato, y quizá mas esquisito que ningún otro animal, porque la superficie interior de este órgano está sumamente extendida, encontrándose en ella cuatro órdenes de planos de láminas ternillosas, separadas unas de otras por tres perpendiculares, lo cual multiplica prodigiosamente las superficies propias para recibir las impresiones de los olores. Sus piernas y brazos son musculosos como en el Hombre: el hueso del talón es corto, y forma parte de la planta del pié: tiene cinco artejos opuestos al talón en los pies posteriores, y los huesos del carpo iguales en los anteriores; pero el pulgar no está separado, y el dedo mas grueso está hacia afuera en esta especie de mano, en vez de que en la del Hombre está hacia adentro: sus dedos son gruesos, cortos y apretados unos contra otros, así en las manos como en los pies: las uñas negras y de una sustancia homogénea muy dura: da golpes con los puños como el Hombre; pero estas semejanzas groseras con él solo sirven de hacerle mas disforme,

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En diciembre se hielan las cañas y se asan las castañas.
Cuando diciembre se va tiritando, año bueno viene anunciando.
En diciembre la tierra se duerme.
Nada es tan amargo que no encuentre en el alma algún consuelo. Séneca

 

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