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Introducción. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara.


INTRODUCCION

Como esta obra es el resultado de mis propias observaciones, debo decir algo acerca de los motivos que me indujeron a hacerlas, de los medios de que he dispuesto y del método que he seguido; pero pasaré, por completo, en silencio sobre los gastos, las penalidades, los peligros, los obstáculos y hasta las persecuciones que me ha hecho sufrir la envidia, porque todas estas cosas no pueden aumentar el valor de mi obra ni interesar a nadie. Un relato semejante no serviría, por el contrario, mas que para descorazonar a los que quisieran en lo sucesivo seguir mis pasos.

Encontrándome en 1781 en San Sebastián, ciudad de Guipúzcoa, en calidad de teniente coronel de Ingenieros, recibí por la noche una orden del general para marchar inmediatamente a Lisboa y para presentarme a nuestro embajador. Dejé en la primera ciudad citada mis libros y mi equipaje y partí a la mañana siguiente al romper el día, habiendo tenido la suerte de llegar pronto y por tierra a mi destino. El embajador me dijo únicamente que iba a partir con el capitán de navío D. José Varela y Ulloa y otros dos oficiales de Marina; que estábamos todos encargados de una misma comisión, que el virrey de Buenos Aires nos comunicaría en detalle, y que debíamos marchar inmediatamente a esta ciudad de la América meridional en un buque portugués, porque estábamos en guerra con Inglaterra. Nos embarcamos todos en seguida y llegamos felizmente a Río Janeiro, que es el puerto principal de los portugueses en el Brasil. Por un despacho, que se abrió al pasar la Línea, supe que le Rey me había nombrado capitán de fragata porque había juzgado conveniente que fuéramos todos oficiales de Marina.

Varela tuvo con el virrey una conferencia, después de la cual nos embarcamos para Montevideo en el Río de la Plata. Nuestro virrey que se encontraba allí, nos comunicó las órdenes y las instrucciones que debíamos seguir. Se trataba de fijar conjuntamente con los comisarios portugueses, y con arreglo al Tratado preliminar de paz de 1777, la línea de demarcación de nuestras posesiones respectivas, desde el mar, un poco más allá del Río de la Plata, hasta por debajo de la confluencia de los ríos Quaporé y Mamoré, desde donde se forma el de la Madera, que vierte en el Morañón. Se dividió esta tan larga parte de la frontera en otras cinco, que se repartieron de este modo para nuestro trabajo. Éramos cuatro oficiales enviados de España; se nombró un quinto sobre el terreno. Varela fue encargado de las dos partes más próximas y más meridionales y yo de las dos siguientes.

A continuación el virrey me envió solo por tierra a Río Grande de San Pedro, distante 150 leguas próximamente, y capital de la provincia portuguesa del mismo nombre, para concertar con el general portugués los medios de comenzar y continuar nuestras operaciones. La misma noche de mi regreso al Río de la Plata, después de cumplida mi comisión, se me ordenó marchar lo más pronto posible a la Asunción, capital del Paraguay, a fin de hacer los preparativos necesarios y para esperar a los comisionados portugueses. Como yo comenzaba a estar al tanto de su manejo y veía que en lugar de trabajar para la fijación de los límites no quería más que prolongar dicha operación hasta el infinito, por sus dilatorias, consultas a la corte y pretextos fútiles y ridículos, para impedir la ejecución, pensé sacar el mejor partido posible del largo tiempo que me iban a proporcionar estos retardos. Como esperaba que los virreyes no me darían ni permiso ni ayuda, ante el temor de que yo abusara de su condescendencia, con perjuicio de mi obligación principal, que consistía en la fijación de límites, resolví cargar solo con la empresa y los gastos que ocasionara y viajar sin darles cuenta, pero sin perder un instante de vista el objeto de que estaba encargado.

En consecuencia, hice un gran número de largos viajes por todas partes de la provincia del Paraguay y llegué hasta las misiones o pueblos de los jesuitas, y hasta la vasta jurisdicción de la ciudad de Corrientes.

Después de haber pasado así cerca de trece años, recibí la orden de regresar prontamente a Buenos Aires. Se me dió el mando de toda la frontera del Sur, es decir, del territorio de los indios Pampas, y se me ordenó reconocer el país, avanzando hacia el Sur, porque se quería extender las fronteras españolas en esta dirección.

Cuando terminé esta comisión, el virrey me permitió visitar todas las posesiones españolas al sur del Río de la Plata y del Paraná. Al mismo tiempo ordené a D. Pedro Cerviño y a D. Luís Inciarte embarcarse y levantar la carta del río Paraná y comparar sus observaciones con las que yo haría por tierra. El resultado fue no encontrar diferencia alguna. De todos los oficiales a mis órdenes, en estos dos que he citado era en los que tenía más confianza.

En el curso de este viaje ya había estado yo en la ciudad de Santa Fe de Vera Cruz, de cuyo distrito había levantado la carta; y cuando me disponía a ir para hacer otro tanto en las provincias de Córdoba, de Salta y Mendoza y sobre los límites occidentales del Chaco y de la tierra de los Patagones, recibí una orden terminante de regresar, a causa de la guerra que teníamos con Inglaterra. Se creía también que la tendríamos en Portugal.

En consecuencia, se me dio el mando de toda la frontera del Este, que es la del Brasil, lo que me proporcionó la ocasión de reconocerla a mi satisfacción y levantar su carta. Verifiqué y rectifiqué mis observaciones algunos años después, cuando volví al país con la misma cualidad, para realizar diferentes comisiones. Una de ellas consistía en librar al Tesoro público de una pensión anual de cincuenta mil pesos (fuertes) que se pagaban a muchos colonos que se habían llevado de España.

Después de terminar esa comisión recibí la orden, que deseaba hacía tanto tiempo, de regresar a España. Debía partir en el primer buque que se diera a la vela, y lo hice a fines del año 1801. Pero como no había buena carta del río Uruguay desde su catarata hasta el río de la Plata, hice levantar una a mis expensas por Cerviño, de quien ya he hablado, y por D. Andrés Oyalvide.

El principal objeto de mis viajes, tan largos como múltiples, era levantar la carta exacta de aquellas regiones, porque ésta era mi profesión y tenía los instrumentos necesarios. Por tanto, nunca di un paso sin llevar conmigo dos buenos instrumentos de reflexión de Halley y un horizonte artificial. En cualquier parte que me encontrara observaba la latitud, aún en medio del campo, todos los días al mediodía y todas las noches, por medio del Sol y de las estrellas. Tenía también una brújula con pínulas, y con frecuencia verificaba la variación comparando su acimut con el que se me daban mis cálculos y la observación del Sol.

Como el país es llano, podía con más frecuencia fijar con la brújula el rumbo directo de un punto a otro entre dos latitudes observadas, lo cual me permitía calcular cómodamente la diferencia de la longitud. De esta manera es como he procurado determinar siempre la posición de todas las alturas o puntos notables, porque marcando a continuación, con la brújula, otros lugares cuya latitud me era conocida encontraba fácilmente, por el cálculo, su diferencia de longitud. A veces, cuando me hallaba en los bosques, hacía encender grandes hogueras, cuyo humo me servía de señal, y encontraba por este medio la verdadera posición de los lugares cuya latitud había observado previamente. En otras ocasiones, y cuando no había otro recurso, enviaba por delante de mi dos hombres a caballo, de los que uno se detenía cuando me perdía de vista y el otro continuaba hasta perder, a su vez, de vista al primero que se había detenido, y así sucesivamente. Levantaba yo la posición del primero, y cuando había llegado a él, la del segundo, y así sucesivamente. No sólo tenía el mayor cuidado en marchar lo más en línea recta posible, sino que también tomaba nota del tiempo que tardaba en ir de un platón a otro, marchando siempre al mismo paso. Después, por la relación de los minutos y de los rumbos y por la comparación de las dos observaciones, determinaba el rumbo directo entre dos latitudes observadas.

En fin, en mis viajes he evitado siempre el juzgar por aproximación. No puede, pues, encontrarse aquí otro error que aquel de que es susceptible una observación de la latitud, aunque hecha con un buen instrumento, y una determinación tomada con una brújula en que los medios grados están bien marcados. Pero es sabido que todo error en una observación hecha con el horizonte artificial se reduce a la mitad en el cálculo de la latitud, y que los errores de determinación con la brújula no pueden ser muy considerables en rumbos tan cortos como eran los de mis viajes, teniendo además en cuenta que yo he procurado aproximarlos al Norte y al Sur, despreciando siempre los que se aproximaban al Este y al Oeste. No se crea que los lugares habitados y las principales elevaciones son los únicos puntos de mi carta que he determinado con tanto cuidado, pues he hecho lo mismo para fijar otra multitud de posiciones en los desiertos y en las tolderías o habitaciones extendidas por los campos, que no marco en la carta porque no son permanentes.

Para determinar la posición de los arroyos y ríos, ya en el punto en que los cruzaba o en el de mi llegada a sus orillas, empleaba de preferencia el método que he expuesto, o calculaba esta posición por dos líneas que refería a puntos ya conocidos. Cuando no podía hacer ni lo uno ni lo otro refería su situación por el rumbo a un punto próximo y conocido cuya distancia estimaba. Así, pues, repito que no se puede encontrar en este respecto más que un error muy poco considerable y sin consecuencias, por tanto, pues jamás me he servido de unos puntos para situar otros.

Se han navegado con el mayor cuidado posible los principales ríos, a saber: el Paraguay desde el Jaurú; todo el Paraná desde el Tiete; una parte de éste y del Iguazú; el Uruguay, el Curuguaty, y a continuación el Jesuy; el Tebicuary y el Gatemy con parte del Aguaray, y en todas partes he determinado las desembocaduras de los afluentes. Pero como éstos son innumerables y marcar exactamente la dirección del curso entero de cada uno de ellos sería una cosa imposible, no ya para un particular solo como yo era, sino aun para un ciento de personas trabajando de acuerdo a la vez, he procurado aproximarme a este fin tomando como puntos seguros sus desembocaduras y los otros lugares de su curso que yo había observado por tierra, y he trazado el intervalo con los datos que me han proporcionado o por aproximación.

Observando la enorme extensión de mi carta se comprenderá que no ha podido ser levantada en el espacio de veinte años por un hombre solo, encargado al mismo tiempo de otras muchas ocupaciones muy serias. Diré, pues, lo que he tomado de los trabajos de otros y nombraré con gusto a los amigos y compañeros que me han ayudado en la parte que es propiamente mía.

He copiado las fuentes o primera parte del curso del Paraná y del Paraguay de la carta inédita del brigadier portugués José Custodio de Saa y Faria, que pasó algunos años en estas regiones; pero como no era mas que ingeniero y no astrónomo, no le concedo una entera confianza, aunque estimo más su carta que todas las que se han publicado.

He trazado la de la provincia de Chiquitos y de Santa Cruz de la Sierra sobre el trabajo de mi compañero D. Antonio Álvarez Sotomayor, jefe de una división de comisarios de límites; y aunque ignoro el método que ha seguido, como tenía buenos instrumentos y el tiempo necesario, tengo confianza en su trabajo y no dudo de que será superior a todo lo que habían hecho los jesuitas.

La carta del río Paraguay desde la desembocadura del Jaurú hasta el grado 19 de latitud es una copia de la que trazaron los comisarios de límites en virtud del Tratado de 1750. La de la parte superior del Paraná desde su gran cascada hasta el pueblo de Corpus se ha trazado con arreglo al trabajo que acaba de terminar mi compañero el capitán de navío D. Diego Alvear, jefe de otra división de comisarios de límites. Tengo la mayor confianza en la exactitud de estas dos partes de la carta.

Todo el resto es mío, excepto el curso de los pequeños riachuelos que salen de las partes más orientales de la gran cadena de montañas llamada de los Andes, y que al reunirse forman los diferentes ríos que atraviesan el Chaco.

He copiado todos estos ríos y las partes de su dependencia de la carta de D. Juan de la Cruz, grababa en 1775, porque era necesario terminar por este lado la gran provincia del Chaco, por la que he viajado tan poco. Esta carta está reputada, con mucho fundamento, por la mejor de la América meridional. No obstante, no puedo atribuirle la exactitud que a la mía ni a las otras que he copiado. Desde luego, ella da al río Pilcomayo de brazos y los hace entrar en el Paraguay por debajo de la ciudad de Asunción. Pero como yo no he encontrado ninguna traza del brazo más austral, lo he suprimido, y como sé que entra en el Paraguay por la parte del Occidente un río considerable hacia los 24º24´ de latitud, lo he marcado como el segundo brazo del Pilcomayo porque creo que efectivamente lo es. También he corregido las latitudes de las ciudades de Córdoba y Santiago del Estero, que estaban un poco equivocadas, así como la de las ruinas de la antigua ciudad de Santa Cruz de la Sierra.

En mis viajes me he hecho de acompañar casi siempre de algún subalterno, no sólo para observar las latitudes al mismo tiempo que yo y confrontarlas, sino también para que se enterara de mi manera de trabajar en la confección de la carta. He obtenido por completo lo que me proponía y he sido ayudado en mi trabajo no solamente por Cerviño, Inciarte y Oyalvide, a quienes ya he citado, sino también por el capitán de fragata D. Juan Francisco Aguirre, por el capitán de navío D. Martín Boneo y por los pilotos D . Pablo Zizur y D. Ignacio Pazos.

Para hacer mi carta más exacta y ajustar los meridianos al de París he hecho en Montevideo, en Buenos Aires, en Corrientes y en Asunción muchas observaciones de la inmersión de los satélites de Júpiter, de eclipses de Sol y de ocultaciones de estrellas por la Luna, y como consecuencia de ellas he trazado los grados de longitud en mi carta.

El detalle de todas estas observaciones quedó en el Paraguay, y yo lo he pedido, para compararlo con las observaciones del mismo género hechas en los observatorios de Europa.

La carta de las veinte leguas del curso del río Pilcomayo, que he navegado tanto cuanto su escasez de agua me lo permitía, quedó también en aquel país. Igualmente dejé en Buenos Aires, en manos de mi fiel e íntimo amigo D. Pedro Cerviño, mis cartas originales, con diferentes detalles, pues, ignorando la conclusión de la paz, no quise exponerlas a mi regreso. Pero he traído conmigo una copia, en que se han omitido algunos pequeños detalles. No debo ocultar que el curso de los ríos que desembocan en el Paraguay por el lado oriental, desde el grado 22 y cuatro minutos de altitud hasta el río Taquary, es escaso algo diferente de lo que mi carta representa. No he viajado lo suficiente en esta parte para estar seguro de esta porción de mi trabajo. Las cartas y las relaciones no concuerdan en este punto.

Debo advertir que he marcado sobre la carta los límites del Brasil con arreglo al Tratado de paz de 1777, sin tomar en consideración las variaciones que en él quieren hacer los portugueses. Los diferentes gobiernos españoles no tienen límites ningunos marcados en el Chaco, y los que yo he señalado son los que me han parecido más regulares.

No he ceñido mis trabajos a la geografía (1) (Política). Encontrándome en un país inmenso, que me parecía desconocido, ignorando casi siempre lo que pasaba en Europa, desprovisto de libros y de conversaciones agradables e instructivas, no podía apenas ocuparme mas que de los objetos que me prestaba la Naturaleza. Me encontré, pues, casi forzado a observarla, y veía a cada paso seres que fijaban mi atención porque me parecían nuevos. Creí conveniente y hasta necesario tomar nota de mis observaciones, así como de las reflexiones que me sugerían; pero me contenía la desconfianza que me inspiraba mi ignorancia, creyendo que los objetos que ella me descubría como nuevos habían ya sido completamente descritos por los historiadores, viajeros y los naturalistas de América. Por otra parte, no se me ocultaba que un hombre aislado, como yo, rendido de fatiga, ocupado con la geografía y otros objetos indispensables, se encontraba en la imposibilidad de describir bien objetos tan numerosos y variados. No obstante, me determine a observar todo lo que me permitieran mi capacidad, el tiempo y las circunstancias, tomando nota de todo y suspendiendo la publicación de mis observaciones hasta que me viera desembarazado de mis ocupaciones principales.

De regreso a Europa he creído que no debía privar de mis observaciones a los curiosos y a los sabios. Ellos advertían pronto que no tengo conocimiento alguno relativo a las cualidades de las tierras y las piedras, así con respecto a los vegetales, insectos, peces y reptiles, y que no he dedicado a las observaciones de este género todo el tiempo que hubiera deseado. Cuento, sobre todo, con la sagacidad de ellos para suplirlo. En cuanto a los hechos, pueden estar seguros de que no hay nada de exageración y conjeturas y que no digo nada que no haya visto y que de todo el mundo no pueda comprobar por sus propias observaciones o por las noticias que le den los habitantes del país. En cuanto a las consecuencias que yo deduzco a veces de los hechos, deben creerse cuando se encuentren fundadas, y en caso contrario se las puede desechar o presentar otras mejores. Yo seré el primero en aceptarlas.

No he querido tampoco omitir enteramente la historia de las noticias que yo he adquirido en el país, no sólo consultando sobre el terreno las antiguas tradiciones, sino también por la lectura de una gran parte de los archivos civiles de Asunción, de algunos de los papeles de los de Buenos Aires, de Corrientes, de Santa Fe, y de todas las antiguas memorias de las colonias y de la parroquias. Estas piezas originales y el conocimiento de los lugares y de los indios que los habitan me han permitido corregir muchos errores en que cayeron Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Antonio Herrera, Ulderic-Schimidels, Martín del Barco Centenera, Ruy Díaz de Guzmán, así como los jesuitas Lozano y Guevara. Daré aquí una breve noticia sobre cada uno de estos autores, porque son los únicos historiadores del país y son poco conocidos.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue encargado en 1542 de continuar la conquista, en calidad de adelantado o jefe principal; pero hubo tal discordia entre él y sus tropas, que en 1544 éstas lo prendieron y lo enviaron a España, con su confidente, el secretario Pedro Hernández (1), (Lésase Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios y Comentarios, volumen número 17 de la colección de Viajes clásicos, editada por CALPE, en que se relatan por el propio Pedro Hernández estos sucesos.-Nota D.) El Consejo Supremo de Indias, después de vista la causa y oído el acusado, condenó a galeras a Núñez y su confidente. Teniendo en cuenta esto, no merece apenas ser creído en sus memorias, que hizo imprimir durante los dos años de su administración, sobre todo cuando habla de sí mismo y de los que lo hicieron prender.(2). (Se encuentra la obra de este autor en el tomo I de la recopilación curiosa de Barcia titulada Historiedades primitivos de las Indias occidentales. Madrid, 1749. Tres vol. in fol. (C. A. W.)

Al fin del siglo XVI, Herrera, sin conocer el país, escribió en Madrid la obra que lleva su nombre, cuando Cabeza de Vaca y su secretario, queriendo justificarse, mostraban a todo el mundo sus memorias, que eran la única descripción que se había hecho de este país. Así, lo poco que dice Herrera del Paraguay y del Rió de la Plata no merece más estima que lo de Alvar Núñez, su original. (1). (La obra de Herrera titulada Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar Océano fue impresa primero en Madrid, en 1601, en cuatro volúmenes. In fol. Apareció una traducción latina en 1622: Descriptio Índice Occidentalis. Ámsterdam, in fol. Se publico en Madrid una nueva edición en 1703-cuatro vol. In.fol.-, que fue traducida al inglés por Stephen en 1740: General histor., etc. Londres, seis vol. In 8. º -C. A. W)

Schimidels participó en la conquista de este país, en calidad de simple soldado, en 1535 y volvió, en 1552. Estado en Sevilla remitió al emperador Carlos V una descripción histórica de estas regiones hecha por Domingo Martínez de Irala. Yo no la he visto, pero es sin duda la mejor obra que haya sobre esta materia, pues tuvo por el autor al español más hábil que hubo entre los conquistadores de América. Schimidels, de retorno a Straubing, en Baviera, su patria, escribió en alemán la historia de lo que había visto. Pero, como era natural, estropeó de tal modo los nombres de los ríos, de los lugares y de lo habitantes indios y españoles, que es muy difícil entender su historia. Se tradujo esta obra al latín sin rectificar los nombres, y aun se los latinizó, como el del autor, que se llama Uldericus Faber. No hace mucho tiempo que se ha dado una traducción española (1). (Hay una en el tomo III de la recopilación de Barcia: Shimidel, historia e descubrimiento del Río de la Plata e del Paraguay. ¿Sería ésta la misma, que se hubiera reimpreso? entonces no sería nueva, pues, como ya he observado, la obra de Barcia apareció en 1749.-C.A.W-), pero sin corregir suficientemente la nomenclatura, objeto sobre el cual yo no me equivocaría, pues que conozco los lugares y ha seguido al autor paso a paso. Hago gran caso de esta pequeña obra a causa de su imparcialidad, de su ingenuidad y de la exactitud de las distancias y situaciones, cosas en que nadie le iguala. Tiene, sin embargo, los defectos inseparables de la calidad de un simple soldado que de la relación de un país muy alejado, como, por ejemplo, de multiplicar el número de enemigos y el de los muertos en las batallas y de ignorar con frecuencia las desavenencias particulares de los oficiales y los sucesos en que no se halló.

Barco Centenera era una cura extremeño, que fue al país en 1573 y que escribió un verso su Argentina, o Historia del Río de la Plata desde el descubrimiento hasta el año 1581. Esta obra se imprimió en Lisboa en 1602 (2). (Se encuentra también en el tomo III de la recopilación de Barcia –C.A.W.-). Se nota claramente que el autor no se ocupaba apenas de la investigación de la verdad ni de los hechos; que se deja arrastrar por un espíritu de maledicencia; que inventa nombres y fábulas; que tiene poco método; que refiere muy mal las historias procedentes de otros países, y, por último, que parece que su principal objeto había sido hacer un gran número de versos; lo cual no impide que sean bastante malos. Se encuentran, no obstante, allí algunos hechos que se buscarían en vano en otros autores.

Ruy Díaz de Guzmán nació en el Paraguay en 1554 y pasó casi toda su vida en la provincia de Guayra, de la que llegó a ser comandante en jefe. Habiendo rehusado reconocer la superioridad de la Asunción, capital de todo el país, se vio expuesto a muchas intrigas y procesos, como se puede ver por los autos conservados en los archivos de dicha ciudad. Esto lo obligó a huir a la provincia de los Charcas, para justificarse ante la Audiencia. Allí escribió casi por completo, de memoria, La Argentina, o Historia de la conquista y del descubrimiento del Río de la Plata, y en 1612 envió su obra al duque de Medina-Sidonia. Dio una copia a la municipalidad de la Asunción, que la guardó en sus archivos hasta que fue robada en 1747 por el gobernador Larrazábal. Afortunadamente, se habían sacado dos copias, y yo poseo una que comprende desde el descubrimiento hasta el año 1573. El autor habla de una segunda parte que sirve de continuación, pero no se la encuentra en el país. Como necesariamente tenia que hablar de sus asuntos particulares, acaso no osó publicar la relación a la vista de personas que se le oponían y perseguían. Esta obra, que está aún manuscrita, es infinitamente mejor que las de Núñez Cabeza de Vaca, de Herrera y de Barco, y forma la base de todas las que se han escrito después. El carácter del autor es ingenuo y alguna vez demasiado crédulo. Sus fechas no son muy exactas, y como era hijo de Alonso Riquelme, sobrino de Cabeza de Vaca, de quien hemos hablado, y de D.ª Ursula, hija de Domingo Martínez de Irala, no debe sorprendernos que atribuya a veces a su padre expediciones de que no era jefe, que exagere sus penalidades y sus servicios y que procure ocultar y disimular los defectos de su tío y su abuelo. Es verdad que este último no las tenía esenciales, pero Ruy Díaz sale al paso de las malas interpretaciones que hubieran podido darse sus acciones y a sus discursos.

Lozano es conocido por su historia de la Compañía de Jesús, en dos volúmenes en folio, y por la del Chaco (1). (La primera se titula: Descripción chorográfica de los territorios, árboles, animales, del gran Chaco y de los ritos e costumbres de las innumerables naciones que lo habitan. Esta obra fue impresa en Córdoba en 1733, en un volumen en 4º. La segunda tiene por título Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay, y apareció en Madrid, en dos volúmenes en folio, en 1753.-C.A.W.-). Escribió igualmente la del Paraguay y del Río de la Plata, que está aún manuscrita y que forma un grueso volumen, de que existe en Buenos Aires un ejemplar único, que pertenece a D. Julián Leyva, abogado, quien la presentó al Colegio de Córdoba del Tucumán, de que era miembro. Allí la leyó; pero sus colegas hallaron al autor tan mordaz y encarnizado contra los españoles, que no quisieron consentir la publicación de la obra. Esto se me ha asegurado por personas que han oído decirlo así a los jesuitas. En efecto, jamás leí nada tan forzado, y no conozco obra alguna en que haya tan largas e insípidas moralidades. Es bueno observar que, aunque dice siempre mucho malo de todos los españoles de que habla, pondera infinitamente las virtudes de Cabeza de Vaca y del primer obispo, a los que atribuye acciones maravillosas, aunque fuesen los dos seres más ineptos y más malvados que jamás pisaron el país. Disfraza los hechos para encontrar ocasión de hacer las sátiras más crueles. No obstante, como sus colegas le proporcionaron muchos datos y noticias, a veces refiere cosas olvidadas por otros autores.

Los jesuitas, conociendo los defectos de la historia de Lozano, quisieron corregirla y encargaron de esta operación a uno de sus padres, llamado Guevara, tan pequeño de espíritu como de cuerpo, según se me asegura por personas que lo han conocido y tratado.

Efectivamente, en la época de la expulsión de los jesuitas se encontró en su colegio de Córdoba una historia manuscrita, de que algunas personas sacaron copia, creyendo que sería la mejor, pues era la última. Es una copia de la de Lozano. La sola diferencia es que el autor parece haber puesto cuidado en escribir con más pureza y que, no obstante, escribía peor; que suprimió los rasgos satíricos para sustituirlos con otros más insípidos aún; que omite cosas esenciales para poner otras que no lo son, y que ha añadido la historia de Tucumán, que no tiene relación ninguna con la del Rió de la Plata (1). (Creo deber añadir aquí la lista de las otras obras que conozco sobre el Paraguay, el Río de la Plata y el Chaco, y que el señor de Azara no ha creído oportuno citar:
ACARETE DE BISCAY: Relación de los viajes del Rió de la Plata y de allí, por tierra, al Perú. En la cuarta parte de la recopilación de Thevenot.
F. N. DE TECHO: The history of the provinces Paraguay, Tucumán, Rio de la Plata, etc. En la colección de Churchill, VI, 3.
Lettres édifiantes. En los tomos 11, 21, 23, 25, 30 y 33 de la edición antigua hay muchas cartas que se refieren al Paraguay. Se han reunido todas estas cartas en el tomo 9 de la nueva edición. Paris, 1781, núm. 12.
N. DURÁN: Relación de los insignes progresos de la religión cristiana hechos en el Paraguay, provincia de la América meridional, y en las vastas regiones de Gair y de Uruguay. Traducida del latín al francés. Paris 1638, en 8. º
L. A. MURATORI: Il Cristianesimo felice nelle missioni dei padri della Compagnia di Gesù nel Paraguay. Venecia, 1743. Un volumen en 4. º.
CHARLEVOIX: Histoire du Paraguay, París, 1756. Tres volúmenes en 4. º y seis volúmenes en doceavo.
Documentos tocantes a la persecución que los regulares de la Compañía suscitaron contra D, B. de Cárdenas, obispo de Paraguay. Madrid, 1768.
DON BERNARDO IBÁÑEZ DE ECHAVERÍ: El Reino Jesuítico del Paraguay; en el tomo 4º de la Colección de Documentos. Madrid, 1770.
DOBRIZHOFFER: De Abiponibus. Tres volúmenes, 1783-1784. He comunicado esta obra al Sr. de Azara durante su residencia en París; él no la conocía porque se publicó durante su estancia en América. La leyó y me dijo que no le creía estimable. Según él, el autor de este libro, de regreso a su patria, redactó con mucha prolijidad todo lo que oyó decir en Buenos Aires y en la Asunción, pero no penetró en el interior ni observó por sí mismo.
D. JOLIS: Saggio sulla storia naturale della provincia del Gran Chaco. Faenza, 1789, en 8 º.
Viajero Universal: En los últimos volúmenes de esta gran colección se encuentran algunos detalles sobre Buenos Aires.

He pedido al Sr. de Azara que me enviara de España los libros relativos al Paraguay o al Río de la Plata publicados después de su regreso a Europa o durante su estancia en América. En su carta de 23 de agosto de 1805 me respondía que no existe ninguno.-C.A.W.-)

En la obra que presento al público he dividido las materias por capítulos, lo mejor que he podido, y los he colocado en el orden que me ha parecido más conveniente.

Siempre he procurado evitar el estilo de la novela, es decir, ocuparme más de las palabras que de las cosas. Igualmente he tenido cuidado de no exagerar ni la magnitud, ni la pequeñez, ni la rareza de los objetos, y emplear siempre la expresión conveniente a la medida real de cada cosa, tal como la he visto o tal como la concibo.

Poco tiempo antes de mi vuelta a Europa supe que don Tadeo Haenk había empleado casi tanto tiempo como yo en viajar por la América meridional, no ocupándose mas que de descubrimientos de Historia Natural, y que había escrito sobre este asunto una obra, donde se ocupaba de la provincia de Cochabamba y de sus alrededores. Esta noticia excitó vivamente mi curiosidad y me hizo desear ardientemente leer la obra, no sólo a causa del mérito del autor, considerado como un sabio en dicha materia, y que el Gobierno español trajo de Alemania en tal concepto, proporcionándole todos los auxilios y protección necesarios, sino también porque yo me imaginaba que debía hablar del país recorrido por mi.

Yo no conocía a Haenk; pero como había donado copias manuscritas de su obra al regente, al tribunal del Consulado y, como era natural, a varias otras personas, yo me procuré una de ellas. Vi que no hablaba nada del país que había sido objeto de mis investigaciones y que su obra y la mía formaban, en cierto modo, un contraste, siendo casi tan diferentes como las regiones que describíamos.

El terreno que yo acababa de reconocer es en su totalidad un país bajo, llano, uniforme y sin minas, mientras que el otro es desigual, elevado, variado y lleno de substancias minerales. Pero como las dos obras hablan de provincias vecinas (pues la de Cochabamba comprende a la que lleva el nombre de Santa Cruz de la Sierra, situada en mi carta, así como sus límites orientales, que forman los terrenos inundados por el lago de los Xarayes) he creído que sería útil publicar las dos juntas. En efecto, la de Haenk contiene una multitud de observaciones curiosas y nuevas que merecen ser conocidas a causa de la utilidad que puede resultar para la Química, la Medicina, la Botánica, la Historia Natural y las Artes.

No se me oculta que se podría acaso encontrar indiscreto publicar una obra sin el consentimiento del autor y aun sin su conocimiento. Pero como se encuentra en regiones alejadas de Europa y donde le es imposible hacer imprimir el fruto de sus trabajos, y, por otra parte, he visto que él la había comunicado al público por la sola vía que estaba a su alcance, he creído no oponerme a sus intenciones haciendo imprimir su obra como un apéndice a la mía. Tantos menos escrúpulos tengo, cuanto que esto no impedirá a Haenk aumentar, mejorar y embellecer su obra, como yo lo espero y lo deseo, y que entonces tendrá la gloria de darnos la Historia Natural más completa de las vastas y ricas regiones que ha recorrido (1). (El objeto de esta edición nos hace prescindir de la de Haenk, por ser demasiado técnica.).

En diciembre se hielan las cañas y se asan las castañas.
Cuando diciembre se va tiritando, año bueno viene anunciando.
En diciembre la tierra se duerme.
El amor de carnaval muere en la cuaresma.

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