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Capitulo Quinto: De los vegetales silvestres. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo I.


CAPÍTULO V. DE LOS VEGETALES SILVESTRES.

Como yo no soy botánico, no hay que pedirme carácteres de los vegetales, sino sólo algunas noticias someras, tales como un viajero puede darlas. Digo, pues, que en países como el que describo, en llanura, incultos y donde la calidad del suelo es casi la misma por todas partes, no se puede ofrecer mucha variedad en las producciones vegetales, porque la sola causa visible que podría hacer variar la vegetación es la temperatura, que depende más o menos de la latitud, y la mayor o menor humedad o facilidad para salida de las aguas. En efecto, siempre he observado en las llanuras una gran igualdad en la vegetación. Siempre he visto en los pastos las mismas plantas, de dos o tres pies de alto y poco variadas en sus especies, pero tan espesas que no se percibe nunca la tierra mas que en los caminos, o en los arroyos o en alguna barranca excavada por las aguas. Hacia la frontera del Brasil, hacia los 30º30´ de latitud, donde el país esta entrecortado de alturas, se encuentran muchas plantas que no se hallan fuera de allí y cuyo aspecto es extraño, porque sus flores, sus hojas y sus troncos parecen estar cubiertos de escarcha. Sobre estas mismas alturas vi en el mes de junio una pequeña planta de cuatro hojas, anchas, pegadas a la tierra y produciendo un largo tallo, como el del ranúnculo, terminado por una flor, próximamente del grueso de un ojo, ruda el tacto, de un rojo anaranjado y muy hermosa. No pierde nunca su color ni su forma.

Pero en los parajes bajos y sujetos a inundaciones las plantas dominantes son más elevadas y se las llama pajonales; tales son las pajas cortantes, los gladiolos, las pitas (agave) y otras cuyos nombres no sabría decir. En los lugares muy húmedos hay una infinidad de pitas o caraguatas (1) (Caraguata del Paraguay, Agave americana L. -Amarilidáceas- N. del T.) y entre ellas hay otras plantas cuya raíz es un bulbo, o cebolla, grueso como el puño, que produce un tallo terminado en muchas flores de color carmesí, en forma de lis, que figurarían con ventaja en los jardines. En algunas lagunas o terrenos inundados, al norte del Paraguay, hay también una especie de arroz silvestre, que los indios no civilizados usan como alimento. Como pasado el rió de la Plata, hacia el Sur, todo el terreno es extremadamente salado, se encuentran en las partes bajas muchas plantas que tienen sabor de sal, y pasado el 40º de latitud todas las plantas parecen estar en este caso e indicar que no se podría allí cultivar trigo, etc.

Cuando las plantas se han hecho fuertes y duras se incendian para que retoñen de nuevo y proporcionen al ganado un pasto más tierno. Pero esta operación acaso disminuye el número de especies, porque las semillas se queman y es natural que el fuego haga perecer las plantas delicadas. Hacen falta precauciones para poner fuego a estas plantas, porque el viento propaga el incendio, que sólo se detiene por los ríos o por los caminos. He recorrido más de doscientas leguas al sur de Buenos Aires siempre por una llanura que se había quemado de una sola vez, y donde la hierba empezaba a salir de nuevo, y nunca le he visto el fin. Es verdad que no había ningún obstáculo que pudiera detener la propagación del fuego. Los bosques detienen sus estragos porque son tan cerrados y tan verdes que no arden; pero los bordes de estos bosques se secan y se tuestan, de modo que pueden inflamarse fácilmente por un nuevo incendio. Esto hace perecer una inmensa cantidad de insectos, reptiles y pequeños cuadrúpedos, y hasta caballos, porque no tienen tanto valor como los toros para pasar a través del fuego.
He hablado de campos en que no hay ni hombres ni ganados o en que hay pocos o que son recién poblados. Pero en los parques o pastos frecuentados desde hace mucho tiempo por los pastores y los rebaños he observado constantemente que estos pajonales, o lugares llenos de grandes hierbas, disminuyen día por día y sus plantas son reemplazadas por césped y por una especie de cardo rastrero, muy espeso y de muy pequeña hoja; de suerte que si el ganado se multiplica o pasa un tiempo algo considerable, las grandes hierbas que el terreno producía naturalmente desaparecerán del todo. Si este ganado es lanar, la destrucción de las grandes hierbas es más pronta y el césped crece más de prisa, etc. He observado igualmente mil veces que alrededor de las casas o de todo paraje donde el hombre se establece se ven nacer al instante malvas, cardos, ortigas y otras muchas plantas, cuyo nombre ignoro, pero que nunca había encontrado en los lugares desiertos y a veces a más de treinta leguas a la redonda. Basta que el hombre frecuente, aun a caballo, un camino cualquiera, para que nazcan en sus orillas algunas de estas plantas, que no existían antes y que no se encuentran en los campos vecinos, y basta cultivar un jardín para que en él crezca verdolaga. Parece, pues, que la presencia del hombre y de los cuadrúpedos ocasiona un cambio en el reino vegetal, destruye las plantas que crecían naturalmente y hace nacer otras nuevas. Los que creen que la creación de los vegetales ha sido simultánea, y por consecuencia que toda planta viene de semilla o renuevo, están persuadidos de que cuando se ve nacer una planta en un paraje donde no existía antes se debe a los vientos o a las aves, que han llevado la semilla; pero yo quisiera que reflexionaran que el gran número de especies parásitas que no viven mas que sobre el tronco de los grandes árboles es de una formación muy posterior a estos árboles; que suponiendo al viento la fuerza de una bala de cañón, no podría evitar la caída al suelo de las semillas antes de haber recorrido el espacio de las dos leguas; que ningún ave come las semillas demasiado pequeñas; que aunque las comiera no las transportaría a distancias muy lejanas; y que aunque las transportara no lo haría precisamente en el momento en que el hombre hubiera levantado una vivienda, y , en fin, ningún ave come la semilla del abrojo (1) (El nombre de abrojo se aplica a plantas de familias muy diferentes) (especie de cardo) y dichos animales no pueden, en consecuencia, transportarla a ninguna parte (2) (Léase DARWIN -C. R.-, Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, publicado en la colección de Viajes clásicos, editada por CALPE.).

Hasta ahora sólo he hablado de plantas o hierbas; voy a pasar a los árboles. Se puede decir que desde el río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes no hay ninguno ni se encuentra ningún bosquecillo, porque, en efecto, son extremadamente raros en estos parajes. En algunos lugares, muy próximos a nuestra frontera, se encuentran algunas biznagas (especie de gran zanahoria silvestre) y cardos, que se reúnen para encender fuego; pero como no hay bastantes, se queman también los huesos y el sebo de los animales y la grasa de las yeguas. En Buenos Aires y Montevideo también se quema mucho de esto, sobre todo en los hornos; pero también hay otro recurso que proporcionan una infinidad de melocotoneros que se siembran exclusivamente con este objeto. Se corta también un poco de leña a orillas de los arroyos de la costa septentrional y en las islas del Paraná y del Uruguay. Se encuentra también una poca de madera propia para construir carreta, casas y barcas más o menos grandes; pero la mayor parte de esta clase de madera viene del Paraguay y de las Misiones. Se podrían plantar álamos, olmos, etc., y muchos otros árboles.

En el Chaco hay muchos bosques. Los que están a orillas de los arroyos son muy espesos; los que se hallan en pleno campo son más claros y compuestos, en general, de cebiles, espinillos (1). (Se conocen con este nombre varias plantas americanas de los géneros Yuga, Adesmia y Parkinsonia, todas de las leguminosas, - F, B.-) , de quebrachos (2), (Son los quebrachos especies de los géneros Copaifera y Cassia, ambos de las leguminosas, -F. B.-) y de los algarrobos de especies muy variadas y diferentes de las que llevan los mismos nombres en España. El fruto de uno de estos algarrobos (ceratonia) es una gruesa vaina negruzca que, después de haber sido molida, es al menos tan buena como las agallas para hacer tinta y podría servir para otros usos en los tintes; el fruto de otro algarrobo, que parece una vaina de judías, lo comen los pobres frecuentemente. Moliéndolo y echándolo en agua resulta por fermentación una chicha, bebida agradable, pero capaz de embriagar.

Desde el río de la Plata hasta las Misiones no se encuentra bosque mas que a orillas de los arroyos y los ríos; pero estos bosques se destruyen a medida que el país se puebla. En las Misiones jesuíticas, y a medida que se avanza hacia el Norte, se encuentran ya grandes bosques, no sólo al borde del agua, sino aun por todas partes donde el terreno es un poco desigual. Son tan espesos y tan llenos de helechos que es difícil andar, las semillas caen en un suelo cubierto de hojas, apenas pueden tocar la tierra, y no quedan nunca enterradas ni envueltas porque no reciben ni viento ni polvo; de modo que los árboles no pueden multiplicarse mas que por los renuevos que salen del suelo; y parece también difícil de explicar así la multiplicación, porque el espesor mismo de estos bosques parece deber terminar los árboles a crecer hacia arriba más que a formar renuevos. En fin, estos bosques parecen creados de hoy. He encontrado algunas veces en su interior plantas o arbustos que se designan con el nombre de Axy-Cumbary. Sus hojas y el conjunto de su porte no difieren del pimiento cornudo; pero el fruto, que es amarillo, redondo y de la forma de grano de pimienta negra, es tan cáustico que su jugo quema y hace caer la piel. Se encuentra ordinariamente en esta planta un gusanillo, que produce el mismo efecto en la piel; tal sucede si se le pone sobre el dorso de la mano, donde en seguida echa a andar.

Se ven en estos bosques muchas especies de árboles, todas diferentes de las de Europa y de tal modo mezcladas en las selvas, que para encontrar una docena de árboles de la misma especie es necesario a veces recorrer mucho terreno. Pero no sucede otro tanto en los bosques naranjos. Como la sombra de estos árboles o el jugo de las naranjas podridas no permite crecer a ningún otro árbol ni ningún otro vegetal, cuando alguno de éstos, que eran anteriores a los naranjos, llegan a morir de viejos, o por accidente, aquéllos quedan solos sin sufrir ni aun agáricos (hongos) ni otras plantas parásitas, y así es como perece poco a poco, sin ser reemplazada, la antigua vegetación. Yo presumo que estos bosques de naranjos son posteriores a la conquista, porque se los encuentra ordinariamente cerca de los parajes poblados en otro tiempo o que lo están actualmente. Son muy espesos y el suelo está casi por completo desprovisto de plantas. No se ve mas que un gran número de naranjos jóvenes que crecen, y de trecho en trecho árboles de los que había en la comarca antes que los naranjos. Las naranjas son agrias; también las hay agridulces, y todas tienen la piel muy gruesa. Atribuyo estas cualidades a la escasez de aire libre y a la falta de cultivo, porque con frecuencia he observado que las calabazas, que nacen por sí en los campos en que los hombres han abandonado la semilla, producen frutos que llaman porongos, más amargos que la hiel.

No he visto árboles de un grueso desmesurado o extraordinario; pero no dudo de que los haya en el interior de los grandes bosques, y aunque se ignora aún el uso a que se pueden aplicar muchas de estas maderas, espero que con el tiempo se descubrirá. En general la madera de los árboles del Paraguay me parece más compacta, más sólida y más quebradiza que la de Europa. Esto hasta el punto de que un barco construido con madera del Paraguay dura tres veces más que uno de los otros. Es verdad que la madera de la Montaña Grande, cerca de la frontera del Brasil, hacia los 29 ó 30º de latitud, parece tener menos fuerza y duración que la de la misma especie que se encuentra en el Paraguay, aunque crezca en un terreno mas elevado.

Considero también la madera del Paraguay como menos combustible que la de Europa. El árbol llamado tataré no se inflama, y se consume sin dar llama, sin dejar casi ninguna brasa y emitiendo un malísimo olor. Esta madera podría, no obstante, ser útil a los ebanistas, porque es muy compacta, amarillenta, muy dulce, y es imposible sacarle los clavos que se le clavan. Se la emplea, de preferencia a cualquier otro uso, para los baos, las curvas y las trabazones de los buques. El yberaro o el lapacho es de lo mejor que hay para las planchas, las vigas, lo cinceles, los motones, las llantas y los rayos de rueda de carretera, y es también la manera que dura más en los buques y otras construcciones de este género. La madera de algarrobo (árbol muy diferente del que lleva este nombre en España) se emplea para llantas, varengas, etc. El urundeypita es bueno para postes; su madera es roja, pero es necesario trabajarla cuando aún está verde, porque una vez seca desboca las herramientas. Es casi incorruptible bajo tierra. Se puede decir otro tanto del espinillo y yandubay; pero como sus ramas son tortuosas, cortas y poco gruesas, apenas sirve mas que para empalizadas y para quemar. Es efectivamente la mejor madera que hay en el mundo para encender fuego, porque arde con la mayor facilidad, sea verde, sea seco, y produce un fuego muy vivo. Se emplea el urundeyiray para hacer muebles precisos. Acaso no haya en el mundo madera que tenga venas tan bellas y también tan vivas, y aunque se oscurecen con el tiempo, se las podría conservar por medio de un barniz. Es un árbol de primera magnitud, muy grueso y extremadamente duro. Sin embargo, es más atacado que ningún otro por gusanos gruesos como el dedo, de madera que es muy raro que se puedan sacar planchas de más de pie y medio de ancho. El tatayba (1). (Morus Tataiba Arral –moráceas- Además de maderable, se usa en tintorería. –F. B.), o morera silvestre, proporciona planchas y muebles, pues tiene un hermoso color amarillo. El timbo (2). (Paullinia pinnata L. –Sapindáceas- F. B.) es un árbol grueso de primer orden, muy sólido, poco pesado, que no se hiende ni parte jamás, por lo cual se le prefiere para las cajas de fusil, las cajas de coches y las canoas. El cedro sirve para hacer una infinidad de planchas, para toda suerte de usos, baos, remos, etc., porque es muy cómodo de aserrar y trabajar; pero está sujeto a hendirse y es muy sensible a la humedad y a la sequedad, por lo que las planchas que se hacen de él se separan espontáneamente por muy bien juntas que estén. El apetereby proporciona vergas y mástiles, pero que no tienen el grueso ni la longitud de las del pino del Norte y que son más pesadas. Hay un laurel (muy diferente del de España) que se emplea sobre todo para las ensambladuras de los navíos. El ñandipa sirve para hacer cajas de fusil. El cambacá, el sapy y el naranjo proporcionan los ejes de las carretas. La madera de lanza proporciona timones y angarillas para las carrozas, etc. Casi no se hace uso del guayacán (1); (Son en América varios los géneros y especies de la familia de las Zigofiláceas que reciben este nombre; la más común es el Guajacum sanctum L. y G.) pero el caranday es útil por los palos que proporciona para los techos de las casas. Este árbol es una palmera cuyo tronco es muy duro y que dura mucho tiempo cuando está el abrigo del agua. Crece en el Paraguay en los lugares unidos, bajos y húmedos. Sus hojas son en forma de abanico. Los árboles que proporcionan las maderas preciosas de que hemos hablado se encuentran mezclados en los bosques con el árbol que llamamos plátano en Europa, y como éste, que ha sido transportado al antiguo continente, ha prosperado tan bien, se puede esperar que se obtenga el mismo resultado de los otros.

Voy a hablar con más extensión de algunos árboles notables por su utilidad o su rareza. El curiy se encuentra en bosques muy extensos que no están muy lejos de las orillas del Paraná y del Uruguay, y algunos lo llaman pino. Me parece que sobrepasa un poco en longitud y grueso a los que vienen del Norte, pero es tan recto como ellos. Se pretende que no tiene mas que una sola raíz, muy gruesa y muy recta, y que su madera es muy parecida a la del pino; pero sus hojas son mucho más anchas y más cortas que las del pino ordinario y se terminan en forma de lanza. Las ramas salen del tronco por pisos muy distantes los unos de los otros; son horizontales y poco gruesas. El fruto es un cono redondeado del grueso de la cabeza de un muchacho y las escamas no se distinguen tanto como en el pino ordinario. Cuando están maduras se abren por sí mismas, y no queda mas que el núcleo de en medio, que es del grueso de un dedo. Las semillas son muy largas y de un diámetro como el del pulgar en la parte más gruesa, que es en uno de sus extremos; cuando se tuestan tienen un gusto superior al de las castañas. Los indios salvajes gustan mucho de ellas, y según parece hacen harina y pan. Los jesuitas habían sembrado algunos de estos árboles en sus misiones y son ya grandes. Se podría cortar uno de estos árboles y conducirlo por agua, por alguno de los ríos de que hemos hablado, y hacer un mástil o una verga como ensayo, porque estoy persuadido de que se podría sacar partido para este objeto y también para toda especie de planchas. Se debía igualmente llevar la semilla de este árbol a Europa; con este objeto yo traje conmigo doce conos; pero los portugueses me los quitaron, con otras muchas semillas, así como todo mi equipaje. He visto uno en Buenos Aires en un jardín, y prosperaba muy bien.

El ybirapepé es un árbol de primera magnitud, y su madera es buena; pero su tronco está de tal modo conformado que de cualquier lado que se le corte horizontalmente resulta una estrella, cuyos rayos tienen casi tanta longitud como el centro de grueso. El ybaro es otro gran árbol silvestre. Los jesuitas plantaron una gran avenida desde su población de los Apóstoles hasta la fuente, a fin de que las indias tomaran al paso alguno de sus frutos para servir de jabón en el lavado de sus ropas. Este árbol produce una multitud de frutos redondos, cuyos cuescos sirven de juguetes a los niños y de que también se hacen grandes rosarios porque son pardos, brillantes y lucientes. Entre estos núcleos y la piel exterior hay una pulpa glutinosa que se emplea como jabón aplastándola sobre la tela; pero no debe de ser de una calidad excelente porque no se le hace ningún caso en el Paraguay, aunque el árbol sea muy abundante.

El ombú es tan grueso, tan espeso y tan grande como el nogal. Independientemente de la humedad, de la sequía y de la buena o mala calidad del terreno, crece más de prisa que ningún otro árbol. Su sombra lo haría útil para formar paseos y puntos de reposo en los terrenos malos. Su madera es de una naturaleza tan particular que no sirve para nada, ni aun para encender fuego. Existe uno solo en el Puerto de Santa María, cerca de Cádiz. Se ha descubierto que sus hojas limpian y curan toda clase de heridas.

El papamondo, que es muy espeso, de grande altura y que produce un fruto bueno al paladar, sería excelente para dar sombra y formar bosquetes. Otro árbol muy abundante en ramas y hojas, muy grande y que es muy común en el Paraguay, tiene un tronco que se diría formado por la reunión de otros muchos que se entrelazan, de modo que parecen representar a veces las asas de un vaso. Este es un hecho que he observado y que no sabré explicar.

Se ve a veces salir de lo alto de las ramas de un árbol de la mayor altura, o sobre un poste y aun sobre una estaca, otro árbol de la misma altura y cuyas raíces, cayendo desde luego separadamente y en línea recta hasta tierra, terminan por reunirse tan íntimamente en su conjunto que abrazan y cubren para siempre el árbol o estaca en que han nacido. Pero como las ramas altas del primer árbol permanecen libres y aisladas hasta que se secan, causa admiración ver que de un solo y mismo tronco salen ramas y hojas de especies diferentes. Si este árbol parásito se encuentra en la proximidad de una roca la abraza igualmente por todas partes; de modo que el tronco mismo de la planta no tiene con frecuencia al principio mas que tres o cuatro pulgadas de grueso, mientras que la parte recubre la roca tiene tres pies o más de extensión. Esta planta produciría el mejor efecto en los paseos. Se llama higuerón (1). (Son varias las especies pertenecientes a la familia de las Ficoideas, y todas del género Ficus, que en América reciben el nombre de higuerón. El higuerón de Caracas, F. glabrata –H. B. y Kunth-; el de México, F. nymphoeifolia L.; el de Nueva Granada, F. velutina – H. B. y Kunth-; el de Perú, F. indica L. –H. B-. )

Aunque la familia de los tunales (Cactus L.), de estas plantas, cuyo tronco, las ramas y las hojas tienen forma de paletas, sea de todos los árboles o arbustos la más desproporcionada y aquella cuyo aspecto es el menos agradable, yo he visto, sin embargo, dos verdades tunales que eran los árboles mejor formados del mundo; su tronco era alto de 20 a 24 pies, redondo y unido como si hubiera estado hecho a torno. Este tronco estaba desprovisto de hojas hasta su extremo, que se terminaba por una esfera formada por ramas u hojas en forma de paleta. Los frutos tienen la forma de los de todas las plantas de este género, pero son más pequeños que los otros, así como las hojas. Yo los encontré en el Paraguay en dos diferentes bosques del pueblo de Atira, alejados uno de otro próximamente una legua, y me sorprendió hallarlos tan aislados entre los árboles, sin ver ningún otro de su mismo género. De suerte que esta especie, reducida a esos dos individuos, acaso únicos en el mundo, desaparecerá a la muerte de los que he descrito.

No debo omitir que se encuentra en gran abundancia en los bosques del Paraguay un árbol de mediana talla, muy verde y muy espeso, que se llama lirio de los bosques porque se cubre enteramente de flores de cuatro pétalos solamente, pero que por su multitud y su bello color violeta, que el tiempo hace blanquear, produce un hermoso golpe de vista, que dura por mucho tiempo. Se le podría cultivar en los jardines y podarlo como al boj y al mirto; yo he hecho la experiencia y no cabe duda de que sería un gran ornamento. También haré mención de una pequeña mata común en los alrededores de todos los arroyos, sobre todo en las llanuras de Montevideo, y creo que en las de Buenos Aires, pues que he visto a algunas damas adornarse con sus flores. Las tiene en gran número, y en vez de pétalos presenta unas sedas de dos o tres pulgadas, de un rojo vivo. El conjunto de la flor parece un hisopo. En Buenos Aires le dan el nombre de plumerito. Este arbusto haría una bella figura en nuestros jardines.

He oído hablar en Europa de una planta que se llama sensitiva, pero no la he visto. En el país que describo he encontrado dos plantas que cierran igualmente sus hojas cuando se las toca. Una de ellas principalmente es muy abundante hacia la frontera de Brasil; pero no es de estas plantas de lo que me ocupo ahora. He visto un árbol que hace el mismo movimiento cuando se le toca o cuando experimenta la impresión de un viento un poco fuerte. En el Paraguay se le llama yuquery y, es muy común en los parajes húmedos. Su tronco puede ser del grueso del brazo; las ramas son tortuosas, muy espinosas y casi horizontales; sus hojas son estrechas, alargadas y dispuestas por pares; el fruto está contenido en vainas semejantes a las de las judías, pero aplastadas y dispuestas en grupos circulares.

Hacia el 24º de latitud he visto muchas matas que podían tener seis pies de alto y cuyos troncos y las hojas parecían de terciopelo, no sólo a la vista, sino al tacto. Se encuentra también una gran cantidad de salvia salvaje, algunos pies de albahaca y mucha ruda.

Tampoco faltan cañas gruesas como el muslo, huecas, pero muy fuertes, que son útiles para las andamiadas y para otros mil objetos. Los jesuitas se sirvieron de estas cañas, reforzadas de cuero de toro por fuera, para fabricar cañones, de que hicieron uso en la guerra que sostuvieron contra España y Portugal en 1752. Estas cañas crecen a orillas de los arroyos, que son tan comunes en el país, y su altura sobrepuja a la de todos los otros árboles. Forman bosquecillos, como todas las otras cañas, y se dice que necesitan siete años para llegar a su máximo tamaño; que entonces se secan y que la raíz no lanza renuevos mas que al cabo de dos años.

Se sacan bastones de otra caña llamada taquapará. Ésta es fuerte, maciza, sólida, de color de paja, con diferentes dibujos negruzcos, y no se halla mas que en las márgenes de los arroyos que vierten al Uruguay. Otra especie, que es igualmente llena y sólida, produce astas de lanza y palos para los techos. Hay una que se llama taqua-pi (corteza de caña) porque es muy hueca y la parte sólida es tan delgada como una corteza. Los tallos son muy largos y tienen los entrenudos de pie y medio a dos pies. Sirven a los viajeros de moldes de bujía echando en ellas el sebo de los animales que matan. Se cortan estos moldes a medida que hace falta, y el resto se conserva y se transporta, sin que la bujía se rompa. En fin, yo creo que hay en el país siete especies de cañas, ya sean macizas, ya huecas, y sería conveniente transportarlas a Europa, donde acaso no se conoce mas que la especie más inútil.

El árbol que produce la hierba del Paraguay (1) (Según lo que dice Molina -Saggio sulla storia del Chile, Bologna, 1782; pág. 163-, parece que esta planta en la Psoralea glandulosa de Linneo y que es conocida con el nombre de culén en el Brasil. Se encuentra en esta región otra especie que se emplea en los mismos usos y que Molina ha descrito con el nombre de Psoralea lutea o culén amarillo. -C. A. W-) es silvestre y crece en medio de otros en los bosques que bordean todos los ríos y todos los arroyos que vierten al Paraná y en el Uruguay, así como a orillas de aquellos cuyas aguas acaban en el río Paraguay hacia el Este, desde los 24º30´ hacia el Norte. Los he visto del grueso de un naranjo más que mediano. Pero en los parajes en que se hace la recolección de hojas estos árboles no forman mas que matorrales, porque se los despoja de ellas cada dos o tres años y nunca antes, a causa de que se cree que las hojas tienen necesidad de este intervalo de tiempo para llegar a su punto de perfección. No caen en invierno. El tronco llega al grueso del muslo. La corteza es lisa y blanquecina; las ramas se dirigen hacia el cielo, como en el laurel; la planta presenta un conjunto espeso muy ramoso. La hoja es elíptica, un poco más ancha hacia los dos tercios de su longitud del lado de la punta; tiene cuatro a cinco pulgadas de largo y a mitad de ancho; es gruesa, brillante, dentada todo alrededor, de un verde más oscuro en su parte superior que en la inferior, y su pecíolo es corto y rojizo. Sus flores están dispuestas en racimos de 30 a 40 cada uno; tienen cuatro pétalos y otros tantos pistilos, colocados en los intervalos. La semilla es muy lisa, de un rojo violeta y semejante a los granos de la pimienta.

Para poner la hierba del Paraguay en condiciones apropiadas al uso a que se destina se tuestan ligeramente las hojas haciendo pasar la rama misma a través de las llamas. A continuación se asan las hojas, y por último se las tritura hasta un cierto punto, para conservarlas en depósito en cualquier parte en que se tengan fuertemente apretadas, porque no tienen buen gusto cuando acaban de recibir su primera preparación. El uso de esta hierba es general en el país y también en Chile, en el Perú y en Quito. Los españoles lo deben a los indios guaraníes de Monday o de Maracayú, y está de tal manera extendido, que la extracción, que no era más que de 12.500 quintales en 1726, alcanza hoy a 50.000. Para tomarlo se echa lo que se pueda coger entre los dedos en una a taza o calabaza pequeña, llamada mate, llena de agua muy caliente, y al instante se bebe ésta sorbiendo por medio de un tubo o pipeta, perforada en su parte inferior por pequeños agujeros que no dejan pasar mas que el líquido. La hierba sirve hasta tres veces echando encima nueva agua. Algunos añaden azúcar. Se toma a cualquier hora. El consumo medio por cada habitante es de una onza por día. Un obrero puede recolectar y preparar al menos un quintal, y a veces tres, por día (1). (Léase BOUGAUNVILLE –L. A. DE -, Viaje alrededor del mundo, tomo I, volumen número 3 de la colección de los Viajes clásicos, editada por CALPE.).

Los jesuitas plantaron es sus mismos pueblos los árboles que producen estas hojas y las explotaban más cómodamente y en el tiempo oportuno; pero nadie ha imitado esta práctica, cuya gran utilidad no puede ser sentida mas que por los que conocen bien todos los detalles. Los jesuitas tenían cuidado de triturar desde luego las hojas y quitarles los pequeños trozos de madera, y por eso es por lo que ellos llamaban s su hierba caa-miri. Pero nada de esto influye en la calidad y muchas personas prefieren una hoja menos dividida. Lo principal es que las hojas estén bien tostadas y bien asadas y que se las haya cogido en un tiempo conveniente y cuando no estaban impregnadas de humedad, Así, sin hacer casi de los pedacitos de palo ni de la mayor o menor división de las hojas, se divide la hierba del Paraguay en dos clases: una que llaman escogida o dulce y la otra fuerte. Una parte de la primera se consume en el Paraguay y la provincia del Río de la Plata, en lo que se pueden emplear unos 5.000 quintales. La otra sólo sirve para la explotación, a saber: cerca de 1.000 quintales a Potosí, y el resto al Perú, a Chile y a Quito.

También debo decir algo de los usos a que se destinan otros vegetales del país. Además de la algarrobilla, que sirve para hacer tinta, y de que he hablado antes, hay hacia el norte del Paraguay una planta, que produce raíces muy amarillas, de la que usan, a modo de azafrán, para dar color a los guisados. Crece en abundancia en los lugares húmedos y produce tallos de tres pies de alto, casi enteramente cubierto de hojas en toda su longitud, y estas hojas son muy grandes. La corteza de los árboles llamados cebil y curupay sirve, en lugar de zumaque, para curtir los cueros, y se asegura que la operación es más breve. Se hace cocer en agua la corteza de catiguá, se sumerge la tela o la piel que se juzga a propósito, frótase a continuación con lejía para hacerla secar después al sol, y terminando por lavarla en agua clara se concluye por obtener un rojo perfecto. La caacangay es una hierba que fructifica sobre la tierra en el Paraguay. Sus raíces son rojas, se las machaca, se las pone a hervir, se mete la tela preparada con agua de alumbre, y resulta un color rojo, que se hace más vivo lavándola después en olores podridos. El olor desaparece lavándola con jabón.

El urucu es un árbol común que produce un fruto que se abre por sí mismo y está lleno de una multitud de semillas pequeñas. Estas semillas dan al agua un bello color rojo, pero al cabo de poco tiempo la materia colorante se deposita en el fondo, como el añil. Una tela que previamente se haya tenido cuidado de preparar con alumbre adquiere un color amarillo bello y brillante en una decocción de trozos de morera salvaje, llamada palo-mora y tatayibá; pero este efecto sólo se produce con la seda y el algodón. Se pretende que este tinte no prende sobre la lana, pero puede ser porque no se la sepa desengrasar. Se emplean aún otras plantas tintóreas, pero yo creo que con lo dicho es suficiente.

He aquí las resinas de que he podido adquirir conocimiento; se encuentran todas en el Paraguay y en las Misiones. En la parte septentrional de estas provincias se cría un gran árbol llamado palo santo (1) (son varias especies las que llevan este nombre: Palo santo de las Indias o de América, Guacum officinale L. –Zigofiláceas- Palo santo del Perú, Triplaris americana L. - Poligonáceas. Palo santo de Chile, Porliara hygrometrica R. y Pav. – Zigofiláceas). Su Madera es fuerte y olorosa; cortada en pedazos y cocida se obtiene una resina que sobrenada en el agua y que se congela enfriándola. Sirve para perfumar porque el olor es excelente. Se encuentra con mucha frecuencia el árbol llamado incienso, porque haciéndole incisiones escurre una resina que tiene el olor y el color del incienso y se emplea como tal en las iglesias, aunque con frecuencia está mezclado con cortezas y otras impurezas. Cuando el canal o el lecho del río Paraná va muy bajo los indios del pueblo Del Corpus recogen con abundancia pequeñas bolas de resina, un poco transparentes, de las que las mayores son del grueso de una nuez pequeña, y no cabe duda de que esta resina procede de los árboles situados más arriba. Algunos manuscritos de los jesuitas suponen que es ámbar gris, pero yo no dudo de que sea incienso, acaso superior al que se quema en España. Estas bolas o lágrimas, puestas a la llama de una vela, arden al instante, y a medida que se queman desprenden una sustancia que tiene la forma y el color del caramelo y que no se inflama, pero da un olor excelente cuando se la echa en las brasas.

El mangaysy es un árbol que no se encuentra mas que hacia el río Gatemy, a los 23 ó 24º de latitud. Su resina es muy conocida en el mundo con el nombre de goma elástica (1) (El árbol de que habla aquí Azara, que produce goma, o mas bien la resina elástica, ha sido primeramente descrito, por Aublet, pero no ha sido bien conocido hasta que Richard, botánico francés, dio la descripción de sus flores. Este árbol, al que los botánicos han dado el nombre, poco a propósito, de Hevea Guianensis, pues crece mucho más fuera que en la Guyana, es de la clase Monoecia manadelfia de Linneo, y se ha llamado caoutchouc por los indios mainas del río Amazonas. En la provincia de las Esmeraldas, en el norte de Quito, los naturales del país le llaman hhvé. Los portugueses del Pará le llaman árbol jeringa. La Condamine* -* léase La Condamine,-C. DE- Viajes por la América meridional, volumen número 7 de la colección de Viajes clásicos, editada por Calpe- en la relación de su viaje a América, página 78, no da por el pronto sino pocos detalles sobre este objeto; pero en las Memorias de la Academia de Ciencias, del año 1751, página 319, publicó una excelente Memoria, que se ha reproducido luego en muchas compilaciones de Historia Natural, añadiendo un pequeño número de experiencias hechas por los químicos modernos. Esta Memoria va acompañada de tres láminas que no satisfacen y no dan los caracteres distintivos de la planta; es necesario recurrir para esto a las Ilustraciones botánicas, de Lamark, lámina 790- C.A.W.) En Europa se la aplica a diferentes usos y se emplea incluso en medicina. En el país mismo yo no la he visto emplear mas que para hacer pelotas (2) (Véase J. Dantin Cereceda, Exploradores y conquistadores de Indias, volumen XVII de la Biblioteca literaria del estudiante, en que se reproduce, de Hernández de Oviedo, un artículo titulado ¿La pelota de goma descrita por primera vez? –Nota de la edición española-) que usan los niños para jugar, y para alumbrarse de noche en los desiertos. Para este efecto se hace una bola de esta resina, se la arroja al agua, se observa el lado que sobrenada y se forma, apretándolo, una especie de mecha que se enciende; se le echa así encendida de nuevo, al agua, y dura toda la noche y hasta que está enteramente consumida. Cuando se hace una hendidura a este árbol sale por ella en poco tiempo una gran cantidad de resina muy líquida, que se recibe ordinariamente en un cuero extendido en tierra; poco tiempo después se cuaja, y cogiendo una pequeña cantidad y tirando se alarga el resto como una correa; pero apretándola un poco se forma una bola que tiene el aspecto de ser de una sola pieza.

Se dice también que el árbol llamado nandipá produce por incisión una resina que, mezclada a dosis igual con aguardiente de caña de azúcar y expuesta al sol durante unos días, se convierte en un barniz bueno para recubrir las maderas preciosas. Se saca de otro árbol la verdadera trementina, y otro produce la excelente goma de elemí (1) (Éste es el Amyris elemifera, que produce esta gomorresina; se importa también otra procedente de Etiopía o de Egipto. El Amyris elemifera es, según Linneo, llamado icieariba por los brasileños – C.A.W.-) Un árbol muy común, llamado curupicay, da por incisión una gran cantidad de leche pegajosa, y de que los niños se sirven a manera de liga para cazar pájaros, antes de que cuaje y se ponga dura.

En las misiones de los jesuitas, y sobre todo en las de Uruguay, se encuentra en abundancia el aguaraibay. Este es un árbol grande, cuyo tronco alcanza a veces el grueso del cuerpo de un hombre; sus ramas están esparcidas, y sus hojas, que no caen en invierno, son de un verde aún más claro que el del sauce, largas de pulgada y media y tres líneas de ancho, agudas, dentadas y dispuestas de dos en dos, con otra en el extremo. Cuando se las frota sale un líquido pegajoso, cuyo olor se parece al de la trementina. La flor es blanca, dispuesta en racimos, diminuta y con sus semillas en una pequeña vaina. Se cogen las hojas en cualquier tiempo, sobre todo cuando el árbol está en flor; se las cuece en agua o vino para desprender la resina; se quitan las hojas y se deja hervir el resto hasta que tenga la consistencia de jarabe; esto es lo que se llama bálsamo de aguaraibay o de las Misiones. Cincuenta arrobas de hojas producen una de bálsamo. Cada uno de los pueblos de indios del país en que se produce este árbol está obligado a proporcionar cada año dos libras al menos, con destino a la botica del Rey en Madrid. Pero como no se ha publicado noticia alguna acerca de sus virtudes y es probable que haya habido quidproquos en su uso, es necesario que yo consigne aquí la opinión que de él se tiene en el país que lo produce.

Se le llama ordinariamente cúralotodo, porque para todo se le encuentra bueno. Como con el tiempo se endurece en los vasos que lo contienen, se le ablanda con vino caliente y se aplica a las heridas con resultado. Se cree que para curar las debilidades de estómago basta frotarse exteriormente esta parte, y que se curan los dolores de cabeza que provienen de fluxiones o de catarros frotándose las sienes y la parte alta de la cabeza. Se supone que se aplicación exterior alivia en los cólicos, en el dolor de costado, en los males de estómago, en las opilaciones y en los dolores producidos por los aires. También que tomando por mañana y noche el grueso como de dos almendras, con azúcar, este bálsamo contiene los esputos de sangre y las diarreas y cura las debilidades de estómago.

Se debe el descubrimiento al jesuita Segismundo Asperger, médico de Hungría, que ejerció esta profesión y la de botánico en el Paraguay, en las Misiones, durante cuarenta años, y murió después de la expulsión de sus hermanos de la Compañía, a la edad de ciento doce años. Después de haber hecho sobre los indios todos los detalles que quiso, dejó un resumen manuscrito de recetas en que no empleaba mas que hierbas del país. Algunos curanderos del Paraguay conservan copias, y si estudiaran se encontrarían probablemente algunos específicos nuevos.

Como yo constantemente he gozado de buena salud, me he ocupado poco de remedios Debo decir, sin embargo, que se encuentran en estas localidades el ruibarbo, la canchalagua, la calaguala, la doradilla (Ceterach), los cabellos de ángel, la consuelda y muchas otras plantas medicinales. Hay una que se llama piñón purgante. Es muy activo, y ocasiona a veces violentos vómitos al cabo de un cuarto de hora de haber comido medio piñón, y esta semilla es menos gruesa que una almendra ordinaria. Se pretende que el lado del germen hace vomitar y que el otro lado purga por abajo, y que si se come la semilla entera se experimentan a la vez ambos efectos. Pasando un día bajo uno de los árboles que producen estos frutos con la gobernadora del Paraguay y su hija les expliqué el efecto que producía, y esto bastó para que quisieran hacer el ensayo. Comieron uno entero cada una, porque este fruto tiene buen gusto. Pero no habían pasado aún veinte minutos cuando experimentaron el efecto las dos de ambas maneras y tan precipitadamente que se vieron obligadas a descargarse en el mismo instante. Por lo demás, no produce ninguna mala consecuencia y basta beber vino para contener el efecto purgante.

Una vez que hubo fiebres tercianas en Asunción se las curó con la infusión de un cardo tan común que se le encuentra hasta en las calles. La flor es amarilla, se parece a la de una amapola y tiene cuatro grandes hojas. El padre Miguel Escriche, cura de Itapua, que se ocupa un poco de medicina práctica, me ha asegurado que las hojas de un árbol muy común en todos los bosques producían el mismo el mismo efecto que la jalapa con la mitad de la dosis.

De propósito no quiero olvidar las plantas parásitas.

Las lianas, también llamadas ysipos, son extremadamente abundantes en los bosques; suben y descienden por los más grandes árboles y pasan de uno a otro; abrazan a veces los troncos tan estrechamente, en forma de espiral, que parecen formar con ellos un solo y mismo cuerpo. Hay también una gran abundancia de plantas parásitas llamadas flores del aire, porque nacen y viven sobre los troncos y las ramas de otros árboles. Las unas son recomendables por la forma extraordinaria o por la belleza de sus flores, y las otras, por su olor, acaso superior al de todas las demás flores. En Buenos Aires las hay en los balcones.

Entre la innumerable multitud de plantas trepadoras hay muchas que cubren enteramente los grandes árboles, y en la época marcada los adornan con una gran cantidad de flores amarilloanaranjadas que producen el más bello golpe de vista. Se las debería transportar a nuestros jardines, donde jamás he visto nada tan encantador.

La planta parásita llamada guembé crece en las horquillas más elevadas de los mayores árboles, cuando su interior comienza a pudrirse. Su tronco es del grueso del brazo y largo de tres a cinco pies, habiendo muchos en cada planta. Algunas de sus hojas inferiores se secan y caen todos los años. Su pecíolo es muy largo, son de un verde muy brillante, largas de más de dos pies y anchas de un pie, y tienen ranuras muy profundas, que les dan la apariencia de una mano con sus dedos. Esta planta produce una espiga enteramente semejante a la del maíz, así como las semillas, que se comen con mucha frecuencia porque tienen un gusto un poco dulce. De lo alto del árbol en que estas plantas están fijas lanzas raíces rectas, sin nudos, del grueso de un dedo, que penetran en la tierra a veces después de haberse arrollado en torno del tronco y otras veces cayendo perpendicularmente. Se las corta por lo alto de un cuchillo fijo de través a una caña, y su corteza, que es muy fina y que se separa muy fácilmente, sirve para hacer todos los cables o cuerdas que se emplean para la navegación del Paraguay, sin otra preparación que mojarla si está seca. Estas cuerdas son baratas, no se pudren nunca en el agua ni en el fango y resisten bien los tirones; pero como no son tan fuertes como las de cáñamo, se les da más grueso. Por otra parte sufren mucho con el roce, y cuando toman un doblez la sequedad las perjudica. Nuestras fragatas han, sin embargo, empleado con ventajas estas cuerdas durante los años de esta guerra. Esta corteza, que es de un violeta oscuro, sirve también para formar dibujos en compartimientos sobre las esteras y los canastos de caña.

Las plantas llamadas generalmente pitas, cardas y caraguatas (Agave) se encuentran con gran abundancia en el país y hay algunas parásitas que crecen sobre los árboles y también en la tierra. Todas tienen en su interior una cantidad más o menos grande de agua, clara como el cristal, muy fresca y que sirve con frecuencia para apagar la sed de los viajeros. No me he de ocupar de describirlas todas y sólo hablaré de dos. La una, que es la más común, se encuentran en gran cantidad en los linderos de los bosques, y aún en terrenos descubiertos; pero creo que no se extiende hasta el Río de la Plata. Sus hojas son del grueso y del ancho de la de la piña de América (1) (Emplea el original francés la palabra ananas, que Colmeiro, en su Diccionario de nombres vulgares, emplea, así como el de piña de América, su sinónimo. Cita la anana brava o selvática, Bromelia Pinguin L., y la cultivada, Ananassa sativa Linde; ambas, de la familia de las Bromeliáceas. Las dos se comen; la primera es también medicinal – N. del T.), que es tan común, pero son más largas y más espinosas en los bordes. Los filamentos que de ellos se sacan son mucho más finos que los que la pita produce en España, pero no se hace ningún uso de ellos. Cuando el vástago de la planta va a producir el fruto, sus hojas son del más bello color de nácar, aunque todas las otras sean del color del ananás, de manera que los viajeros podrían creer que es otra especie de planta. Este vástago crece en altura cerca de dos pies; es grueso, cubierto del todo de flores muy pequeñas, de las que cada una produce un dátil de una pulgada de grueso y dos de largo. Cuando están maduros tienen un bello color naranja y son comestibles.

La otra pita se llama ybira. Su fruto se parece mucho al famoso del ananás, pero no vale nada. Las hojas son poco espinosas y tienen de tres a cinco pies de largo; su mayor anchura es de dos pulgadas y el grueso es poco considerable. Esta planta no brota nunca en lugares descubiertos, sino sólo en el interior de todos los bosques del Paraguay. Se arranca, se le cortan las hojas y se las deja pudrir como las del cáñamo, se quita fácilmente, con los dedos, la piel que recubre los dos lados, y no queda mas que la hilaza, que se llama caraguatá. En este estado, y sin ninguna otra operación, se saca hilo para los zapatos; o bien, después de haberla cardado sobre un peine formado de seis a ocho clavos, se la emplea para calafatear los buques, con preferencia al cáñamo, porque esta clase de estopa no se afloja ni se pudre nunca en el agua. Viendo el caraguatá se diría que es cáñamo, dada su finura y su color; y no hay duda de que se podrían hacer telas para velas, aparejos, cables y cuanto se quisiera. Mi amigo D. José de Bustamante y Guerra hizo fabricar con caraguatá un cabo de cuerda del grueso del pulgar, y habiéndolo comparado con otro del mismo grueso fabricado en nuestros arsenales con cáñamo, el de caraguatá resulto más fuerte. Yo supongo que no tomaría tan bien la brea; pero no tiene necesidad porque es más fuerte que el cáñamo y además no está sujeto a pudrirse. Pienso también que debe de ser un poco menos flexibles para las cuerdas destinadas a la maniobra; pero creo al mismo tiempo que no hay nada mejor para los cables.

Se encuentran en el Paraguay un gran número de guayabos salvajes de dos o tres especies diferentes. Son frutos muy conocidos, pero son comestibles y nada más. Se encuentran también en el país más de doce especies de frutas silvestres. Hay entre otras una llamada tarusmí, del grueso de una ciruela pequeña, alargada y violeta. Se la coge sobre un árbol muy común, pero no sobre las ramas, como de ordinario. Se la encuentra sobre el tronco y aun sobre las raíces, cuando están al descubierto. Las gentes del país comen todos estos frutos y los ponderan mucho; pero consultando mi gusto yo estimo que no valen lo que los nísperos, ni las azofaifas, ni los madroños, ni las moras de zarza de nuestro país. Se encuentran también de estas zarzas en el Paraguay, pero son poco comunes y no dan fruto. Pero lo darían si se las podara o se las fatigara apaleándolas, como se hace con los rosales del Paraguay para hacerlos echar rosas en donde sin esto no las habría.

En diciembre se hielan las cañas y se asan las castañas.
Cuando diciembre se va tiritando, año bueno viene anunciando.
En diciembre la tierra se duerme.
El amor de carnaval muere en la cuaresma.

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