Capitulo Quincuagésimo. De los españoles. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo II. Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.
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Capitulo Quincuagésimo. De los españoles. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo II.

Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.





CAPÍTULO XV. DE LOS ESPAÑOLES.

Los que habitan el gobierno de Buenos Aires provienen más de reclutas continuas de inmigrantes procedentes de Europa que de la mezcla con los indios, que en este país han sido siempre en número escaso, y por esto es por lo que hablan español. Por el contrario, los españoles del Paraguay y sus vecinos los habitantes del distrito de la ciudad de Corrientes proceden principalmente de la mezcla de sus antepasados con las indias, como hemos dicho. Por esto hablan guaraní, y solo las personas instruidas y los hombres de la villa de Curuguaty entienden el español, como hemos visto en el capitulo X.

Los españoles de todas estas regiones creen ser de una clase muy superior a la de los indios, los negros y las gentes de color; pero reina entre estos mismos españoles la más perfecta igualdad, sin distinción de nobles y plebeyos. No se conocen entre ellos ni feudos, ni substituciones, ni mayorazgos. La única distinción que existe es puramente personal, y es debida solo al ejercicio de los cargos públicos, a la mayor o menor fortuna o a la reputación del talento y honradez. Es cierto que algunos envanecen de descender de los conquistadores de América, de los jefes, o simplemente de los españoles; pero no por esto son más considerados, y si pueden se casan con cualquier mujer, con tal de que tenga dinero, sin preocuparse de los que ella fuera antes. Tienen tal idea de su igualdad, que creo que aunque el mismo rey concediera ejecutorias de nobleza a algunos de estos particulares nadie los miraría como nobles y no obtendrían más distinciones ni servicios que los otros. En Lima se han creado títulos de Castilla (barones, condes, marqueses o duques). Ignoro que consideración gozan; pero si la obtienen, acaso no se deba mas que a los capitales o bienes que posean. Este mismo principio de igualdad hace que en las ciudades ningún blanco quiera servir a otro y que el mismo virrey no podría lograr encontrar un cochero o lacayo español, por lo que todo el mundo se sirve de negros, de gentes de color o de indios.

Como los españoles difieren mucho unos de otros, hablaré primero de los ciudadanos o habitantes de las ciudades de Buenos Aires, Montevideo, Maldonado, Asunción, Corrientes y Santa Fe de la Vera Cruz, que se pueden considerar como las únicas ciudades españolas del país. En efecto, aunque se encuentran algunas villas y parroquias, sus habitantes no están reunidos en un solo lugar, como en España, sino muy dispersos en los campos, en casas aisladas y muy alejadas, de modo que generalmente junto a la iglesia no vive mas que el cura, algún herrador, algún tendero y algún tabernero o pulpero. Y aunque algunos de los vecinos de estas parroquias construyen casa en el pueblo, no les sirve mas que para los días que van a misa o alguna fiesta eclesiástica, después de la cual regresan a sus casas de campo.

Las ciudades que he citado contienen quizá tantos españoles como todo el resto del país, cosa que en mi concepto es una costumbre muy perjudicial, en la que los jefes no se fijan. En efecto, es cosa clara que son las ciudades las que engendran y propagan todos los vicios, la corrupción de costumbres y esta especie de alejamiento o, por mejor decir, aversión decidida que los criollos, o hijos de españoles nacidos en América, tienen por los europeos y por el Gobierno español. Esta aversión es tal que yo la he visto con frecuencia reinar entre los hijos y el padre y entre el marido y la mujer cuando los unos eran europeos y los otros americanos. Pero yo no la he observado entre los habitantes del campo. Los que se distinguen por esta aversión son los abogados, los comerciantes quebrados, los que se han arruinado y todos aquellos que tienen más pereza, más incapacidad y más vicios. Además, las ciudades roban al campo los brazos, de que tiene una extrema necesidad y que son la verdadera riqueza del país. El mal no sería tan grande si hubiera fábricas; pero éstas son absolutamente desconocidas y la mayoría de los habitantes no deben sus medios de vida mas que al bajo precio de la carne y a la facilidad que tienen de vivir sin trabajar.

Yo estimo la renta del obispo del Paraguay en seis mil pesos fuertes por año. Aunque semejante renta lo hace la persona más rica del país, el rey le da además mil ochocientos treinta y ocho pesos fuertes y dos reales sobre las cajas del Potosí, porque las del Paraguay no bastan para pagar a la tercera parte de los empleados. El Capítulo de la catedral está compuesto de un deán, tres dignidades, dos canónigos y un beneficiado. El primero, a ochocientos siete pesos fuertes por año; los otros, setecientos, y el último trescientos. Las rentas de todos los curas no exceden seguramente de lo necesario. En 1793 el número total de eclesiásticos del país ascendía a ciento treinta y cuatro, pero había además ciento diez frailes. El obispo de Buenos Aires cuenta de diez y ocho a veinte mil pesos de renta anual. Tiene en su catedral el mismo número de dignatarios y canónigos que el de Paraguay, pero cada uno de ellos posee casi tanta renta como todos los del Paraguay juntos. No sé el número de eclesiásticos que habrá en toda la diócesis; pero en 1793 se contaban ciento treinta y seis en la ciudad de Buenos Aires, y además cuatro numerosos conventos de frailes: de San Francisco, de Santiago, de la Merced y de Belén.

Los dos obispos y sus Capítulos sacan sus principales ingresos de los diezmos; pero esto parece un poco riguroso en Buenos Aires, donde se exige el diezmo de los ladrillos; mas que en Paraguay se exige el de la hierba que lleva el nombre del país, aunque sea la hoja de un árbol silvestre, que todo el mundo puede coger y que no tiene propietario particular; es decir, que se encuentra en el mismo caso que los hongos, los frutos silvestres y las plantas medicinales; y aun esta hierba no paga en Buenos Aires ningún derecho de venta al Tesoro real. Muchas personas, sobre todo los eclesiásticos y las viejas, fundan durante su vida o por testamento un gran número de capellanías laicas o eclesiásticas en favor de conventos o de particulares, imponiéndoles la obligación de decir o hacer decir algunas misas. Estas fundaciones aumentan de tal modo que constituyen una carga que pronto no podrá soportar el país. Muchos eclesiásticos viven de las renta de las capellanías; pero los curas no tienen mas que sus derechos casuales. En efecto, aunque las leyes les asignen una parte de los diezmos, y ellos la reclaman, los que gozan de un poder superior los privan de ella.

Este país fue conquistado a expensas de los jefes de la empresa y no se les prometió más que dos mil ducados de sueldo en el caso de que su conquista diera esta suma; pero en el caso contrario el Tesoro no prometió nada. Estos jefes fueron acompañados de dos o tres personas encargadas de la percepción de los dineros o derechos pertenecientes al rey, sin otro sueldo, que el tanto por ciento. En 1620 se dividió el país, como he dicho en el capítulo XIV, y se estableció en Buenos Aires un gobernador con tres empleados de Hacienda, y otro gobernador en el Paraguay, con un teniente de oficial real para la Hacienda. Tal fue el estado de las cosas hasta 1776, época en que se estableció en Buenos Aires el virrey, con cuarenta mil pesos de sueldo. Se erigieron inmediatamente tantos tribunales y se multiplicaron de tal modo los empleados de todas clases que sería imposible contarlos. En el Paraguay no se hizo mas que doblar el sueldo del gobernador y se establecieron dos oficiales reales para la Hacienda, cada uno de ellos con casa, dos mil pesos anuales y muchos empleados, de manera que todo el producto de la provincia no bastaba para pagar el tercio de los sueldos. Hay además un gran número de personas a quienes se conceden sueldos en expectativa de colocaciones, y un enjambre de supernumerarios y gentes que trabajan en las oficinas para merecer por su trabajo obtener un empleo. ¡Qué admirable resultaba la sencillez de aquel tiempo en que cuatro o seis hombres eran suficientes para todo! ¡Y que súbito trastorno emplear para el mismo objeto tantos hombres, cuyos brazos son perdidos para la prosperidad pública! En efecto, a pesar de todo este aparato es imposible al ministro, y a quienquiera que sea, saber si este virreinato produce o no algo al Tesoro público, porque en toda su extensión apenas hay una caja o una administración que no haya hecho bancarrota. Un gran número no ha rendido aun cuentas y todavía no se han comprobado las de varios que las habían presentado.

Apenas han nacido los españoles se les ponen nodrizas mulatas, negras o indias, que están ordinariamente encargadas de ellos hasta la edad de seis años o más. Durante todo este tiempo el niño no ve nada que merezca ser imitado. Añadid a esto un mal principio, aceptado en este país aun más que en España, es decir, que la nobleza y la generosidad consisten en no hacer nada y en destruir. La repugnancia por el trabajo, que es todavía más fuerte en América que en ninguna otra parte, fortifica aún esta inclinación en los niños. Imbuidos de estos principios y de la idea de igualdad, los niños aun de un simple marinero, desdeñan toda clase de trabajo y creen cosa inferior a ellos seguir la profesión de sus padres. Prefieren hacerse frailes, curas, abogados o comerciantes; y muchos no quieren esta última profesión por considerarla demasiado penosa. Se enorgullecen mucho de tener empleos, aunque afectan desdeñarlos, y manifiestan escaso agradecimiento a los que los proporcionan; en realidad es que los fatigan y molestan las diligencias y dificultades inevitables para obtenerlos. Los que van a Europa (su número es escaso) y que ven que es preciso someterse a guardar deferencias desconocidas entre ellos y reconocer una jerarquía política, regresan siempre a América maldiciendo de lo que han visto. Es verdad que su país les da la libertad, la igualdad, la facilidad de vivir casi sin trabajo y aun muchos medios de ganar dinero. No se ven coartados por las leyes, porque éstas no están en vigor y dejan que cada uno haga lo que quiera. Las contribuciones no los molestan, porque son casi nulas; las únicas molestias a que están expuestos consisten en la necesidad de no tener por criados mas que indios o esclavos, y a veces también las malas artes o las pasiones de sus jefes. Si reflexionaran, debían amar un gobierno tan dulce y complaciente que los deja en el estado en que están.

Sus principales vicios son la pasión por las mujeres, el furor por el juego y además la borrachera en el pueblo bajo. Pero a mi entender tienen finura, exactitud y claridad de entendimiento, y creo que es éste el caso en que se encuentran todas las razas perezosas procedentes de la mezcla de unas con otras. Si tuvieran a su alcance estudiar como en Europa, si dispusieran de las mismas facilidades y pusieran de su parte igual aplicación, no dudo de que nos sobrepujarían. En Buenos Aires y en el Paraguay no se les enseña más que la gramática latina, la teología tomista, la filosofía peripatética y acaso un poco de derecho canónico. Las artes y oficios se reducen a los que son indispensables, y casi no son ejercidos mas que por algún español pobre venido de Europa o por las gentes de color. Las mujeres de Buenos Aires, Montevideo y Maldonado no gustan de hilar la lana ni el algodón, pero en las otras ciudades se ocupan en hilar. Las costumbres, los trajes y modas son en general los de España, pero en Buenos Aires y Montevideo, que son las ciudades más considerables y ricas, el lujo es mayor, el mobiliario más numeroso y se vive mejor alojado. Las casas en general solo tienen un piso y la arquitectura no ha hecho progreso alguno. Todas las calles son anchas y tiradas a cordel, excepto las de Asunción.

Como me refiero ahora a los habitantes del campo y no de las ciudades, comenzaré por los agricultores y hablaré después de los pastores. Casi todos los indios convertidos, más de la mitad de los habitantes del Paraguay, los de las orillas del río de la Plata y de las ciudades, se ocupan en el cultivo de los vegetales, de que he hablado en el capítulo VI, donde ya indiqué la imperfección de sus instrumentos y sus métodos; pero como se trata de trabajos fatigosos no se dedican a agricultores mas que los que carecen de medios hacerse negociantes o de adquirir tierras y rebaños para hacerse pastores, y por último, los jornaleros que no pueden contratarse para conducir rebaños. Los que generalmente desdeñan más el género de vida agrícola son los habitantes de las proximidades del Río de la Plata. Dicen ellos que la agricultura no es necesaria en el país, pues todos pueden vivir como pastores, que solo comen carne, sin hacer uso de ningún otro producto agrícola.

Como el labrador únicamente tiene necesidad del terreno que puede cultivar y del que es necesario para el pasto de sus caballos, sus vacas de leche y a veces de algunos carneros, todas las habitaciones construidas en medio de las tierras de explotación no están generalmente tan distantes unas de otras como las de los estancieros o dueños de ganados. Hay en cada distrito un cura y una iglesia, o al menos una capilla, ordinariamente pequeña y mal construida. Esto es lo que se llama generalmente un pueblo, aunque los habitantes de la parroquia no estén reunidos en el mismo punto, como he dicho. No me refiero a los indios convertidos, cuyas habitaciones están reunidas en un solo y mismo lugar, como en Europa, sino a los españoles. Sus casas son en general barracas o chozas pequeñas y bajas, cubiertas de paja. Los muros están formados por palos clavados en tierra a un pie de profundidad, unos al lado de otros, y los intervalos rellenos de argamasa de tierra. Poseen pocos muebles, y sin embargo estos agricultores tienen una superioridad sobre los pastores en trajes, civilización y moralidad, como pronto veremos. También difieren de ellos en que no se alimentan solo de carne, comiendo también vegetales, y en que además saben condimentar sus alimentos.

Hay en todas las villas y parroquias del Paraguay un maestro de escuela, y los niños van a buscarlo diariamente hasta de dos leguas de distancia. Permanecen allí todo el día, sin tomar otro alimento que raíces de mandioca, que llevan de su casa, y retornan por la noche. Como en el país no hay médicos ni cirujanos ni boticarios, cada localidad del Paraguay tiene su curandero. Éste no visita a los enfermos, pero los días de fiesta va a la parroquia o a la capilla del lugar con tres o cuatro hierbas medicinales. Se sienta a la puerta de la iglesia, porque sabe que los enfermos, le envían sus orines en canutos de caña. Este curandero, sin decir una palabra ni hacer casi nunca una pregunta, toma la orina, derrama alguna gotas en el hueco de la mano, las mira a contra luz y las arroja al aire verticalmente, repitiendo la operación, como para asegurarse. Examina si estas gotas al caer forman bolas o una especie de rocío, y de esto deduce si la enfermedad viene de calor o de frío, porque a esto se reduce todo su sistema medicinal, y en armonía con ello da al enfermo una hierba que debe tomar en infusión. Yo he visto llevar de más de treinta leguas orina para presentarla al curandero, sin decirle una palabra del estado del enfermo. Entre esta especie de médicos se encuentra rara vez alguno que otro que vaya a visitar a los enfermos; éstos lo hacen porque han leído el libro de madama Fouquet o porque poseen el repertorio de recetas de Asperger, de que he hablado en el capítulo V. por lo que se refiere a los pueblos o parroquias del gobierno de Buenos Aires, no todas tienen maestro de escuela ni médico. Cada uno en sus enfermedades se arregla como le parece, y lo más frecuente es que se atengan a los consejos de las viejas.

Hablaremos por fin de los pastores o ganaderos, pues que este género de vida no ha sido conocido por el hombre mas que con posterioridad a la caza, a la pesca o a la agricultura, como hemos visto en el capítulo II; y ha sido necesario que así suceda, pues que los hombres han debido de vivir del producto de su caza, de su pesca o de su agricultura antes de domar, domesticar y multiplicar sus rebaños (1). (La agricultura que se hace solo por los brazos del hombre, con la azada y azadón, apenas merece este nombre. Se realiza en los pueblos más salvajes para suplir a la caza o a los alimentos que les proporcionan los frutos espontáneos de la tierra; muy lejos de formar su principal ocupación, apenas se dignan los hombres intervenir, y son con frecuencia sus mujeres o sus esclavos los encargados de confiar a una tierra ligeramente o nada preparada semillas de plantas nutritivas que no reclaman ningún cuidado hasta el momento de la recolección. Pero no es lo mismo la agricultura en grande, que se hace por medio del arado tirado por animales. Este medio de procurarse la subsistencia y los demás objetos necesarios para el sostenimiento, necesidades y comodidades de la vida es talmente superior a todos los otros, que los pueblos que lo conocen hacen de él su principal ocupación, y lejos de desdeñarlo, como los cazadores y pastores, honran como héroes o dioses a los que por sus dichosas invenciones o prácticas nuevas han hecho progresar a esta primera de las artes. Pero es evidente que supone necesariamente el de domar los animales y reunirlos en rebaños. Este último medio de proveer a su subsistencia es mucho mas sencillo, mucho menos penoso y supone menos industria que el de cultivar la tierra. El arte del pastoreo ha debido, pues, preceder al arte agrícola, y con un pequeño número de excepciones que pueden presentarse, hijas de la necesidad, por la posición geográfica o la naturaleza del suelo, se puede asegurar que la historia nos muestra por todas partes pueblos pastores que se convierten en agricultores, y acaso nunca ha sucedido que un pueblo agricultor se convierta en pastor. He tratado este asunto más a fondo en mi Essai sur l´Histoire de l´espèce humaine. A él remito al lector -C. A. W.-)

Como esta vida pastoril es la última que el hombre ha abrazado, parece que también debería formar su más alto punto de civilización; pero como vamos a ver que los ganaderos de estas regiones son los menos civilización; pero como vamos a ver que los ganaderos de estas regiones son los menos civilizados de todos los habitantes, y que este género de vida casi ha reducido al estado de indios bravos a los españoles que lo han adoptado, es verosímil que la vida pastoril no es compatible con la civilización.

Todos los ganados domésticos están divididos en tantos rebaños particulares como propietarios hay. Una estancia o dehesa que no tiene más que cuatro o cinco leguas cuadradas de superficie o extensión está considerada en Buenos Aires como poco considerable, y en el Paraguay pasa por ser de extensión ordinaria. En el interior de estas posesiones se establecen las habitaciones de los ganaderos, como ya he dicho; pero carecen casi todas de puertas y postigos de madera, reemplazándolos con pieles de vaca, que se cuelgan por la noche.

Cada rebaño tiene un capataz, acompañado de un jornalero por cada millar de vacas. El capataz es ordinariamente casado, pero los otros son muchachos, a no ser que se trate de negros, de gentes de color o de indios cristianos desertores de algún pueblo, porque estos están generalmente casados y sus mujeres y sus hijas sirven de ordinario para consolar a los que no lo están. Se da tan poca importancia a este asunto, que yo no creo que ninguna de estas mujeres conserve su virginidad pasada la edad de ocho años. Es natural que la mayoría de las mujeres consideradas como españolas que viven en los campos, entre los ganaderos, usen de igual libertad, y también ordinariamente el padre y toda la familia duermen en la misma habitación.

Estas gentes no acompañan nunca los ganados al campo, como sucede en Europa; todos sus cuidados se reducen a salir una vez por semana, seguido de algunos perros, para dar una vuelta a sus posesiones, gritando y a todo galope.

Entonces todas las vacas, que pacen en libertad por un lado y por otro, se ponen a correr y se reúnen en un lugar determinado y abierto que se llama rodeo; se las retiene allí algún tiempo y luego se las deja volver en libertad a sus pastos. El objeto de tal operación es impedir a estos animales alejarse de las tierras del propietario, y con el mismo fin de tiempo en tiempo reúnen sus piaras de caballos, no en el rodeo, sino en el corral. Se ocupan el resto de la semana en castrar y domar sus animales, o en alguna otra cosa, pero la mayor parte del tiempo están ociosos.

Como estos pastores están distantes a 4, a 10 y a veces a 30 leguas unos de otros, las capillas son raras; por consecuencia, no van casi nunca o nunca a misa. Bautizan con frecuencia ellos mismos a sus hijos, y a veces difieren este sacramento hasta la época de su casamiento, porque entonces se les exige. A mi me han pedido algunas veces, galopando a caballo por la llanura, que bautiza a sus hijos, que me mostraban. Cuando van a misa la oyen de ordinario a caballo fuera de la iglesia, cuya puerta se deja abierta al efecto. Todos desean vivamente que los entierren en sagrado, y los padres y los amigos prestan este servicio a los difuntos. Pero como algunos de ellos mueren muy lejos de las iglesias, dejan ordinariamente que se pudran los cadáveres en el campo, sin enterrar, cubiertos de piedras y ramas, y cuando solo quedan los huesos los llevan al cura para que les dé sepultura.

Otras despedazan a los muertos y les quitan bien la carne con un cuchillo, y después de tirarla o enterrarla llevan los huesos al cura. Si la distancia no pasa de veinte leguas visten al muerto como si estuviera vivo y lo ponen a caballo con los pies en los estribos, y lo sujetan con dos palos amarrados en forma de cruz de San Andrés, de manera que al verlo se diría que estaba vivo, y así lo llevan al cura. Encontré por estos campos a un francés llamando Bénoit la Hitte Ducos, nacido en las inmediaciones de Tolosa y que está actualmente en París; él puede certificar de la verdad de la descripción que yo hago aquí de estos españoles, así como de lo que he dicho en el capitulo X de los indios charrúas, minuanas y otros.

Su único recurso en sus enfermedades es dirigirse a alguna india o indio cristiano, o solo a alguno de los pastores, que le aplica un remedio o un emplasto, según le parece. Cuando tienen algún enfermo en su casa es su costumbre pedir un remedio a los que pasan, y si se les indica algo, lo hacen en seguida de buena fe. Habiéndose consultado un viejo con dolor de cabeza, le dije en broma que se hiciera sangrar dos veces, creyendo que en estos desiertos no habría nadie que supiera realizar la operación. Por la noche vino a quejárseme de que un oficial que me acompañaba no había querido sangrarlo, aunque se o había suplicado. Lo consolé diciéndole que sería mejor acostarse enseguida, después de lavarse bien los pies y cortarse las uñas, porque las tenia tan largas que parecía seguro no se las había cortado nunca, y de eso vendría su mal. Lo hizo al pie de la letra, y se encontró curado. Adquirió tal confianza en mí, que me escribió seis meses después para consultarme sobre la enfermedad de su hijo, sin entrar en detalle alguno y contentándose con indicarme que unos decían que era una hernia y otros una fiebre maligna.

Estos pastores no tienen ordinariamente en sus casas otros muebles que un barril para ir a buscar agua, un cuerno para beber, palos puntiagudos para asar la carne y una chocolatera de cobre para calentar el agua donde efectúan la infusión de la hierba del Paraguay, como hemos dicho en el capitulo V. Para hacer caldo a un enfermo no tienen puchero alguno; en un cuerno de toro lleno de agua meten carne partida en pequeños pedazos, y la cuecen rodeando el cuerno de una gran cantidad de brasas. Algunos tienen una marmita y un cuenco, una o dos sillas o un banco, y a veces un lecho; pero lecho miserable, formado por cuatro palos amarrados a cuatro estacas, que le sirven de pies, con una piel de vaca por encima; pero lo más corriente es que duerman en una piel de vaca tendida en el suelo. Se sientan sobre sus talones o sobre un cráneo de vaca o de caballo. No comen legumbres ni ensaladas, diciendo que son pasto, y se mofan de los europeos, que comen como los caballos y usan el aceite, otra cosa que les repugna mucho. No se alimentan absolutamente mas que de carne de vaca asada como lo hacen los charrúas y sin sal. No tienen hora fija de comer y se limpian la boca con el lomo del cuchillo y las manos en las piernas o en las botas. No comen teneros y no deben mas que después de la comida. Los alrededores de sus casas están siempre cubiertos de huesos y cadáveres de vacas, que se pudren y apestan; porque estos ganaderos no comen mas que solomillo, la pierna y la carne que recubre el vientre y el estómago, a la que llaman matahambre, y tiran todo lo demás. Estos cadáveres atraen multitud de aves, que incomodan con sus continuos gritos, y la corrupción engendra igualmente una infinidad de moscas, de escarabajos y otros insectos. En los pastos del Paraguay, que son mas pequeños y administrados con más economía, se hace charquear (desear) la carne, cortándola en tiras del grueso de un dedo, que se ponen a sacar al sol para comerlas después. Se encuentra también un poco más de limpieza y un mobiliario un poco mejor montado; es decir, una hamaca o una red, suspendida de sus dos extremos, para acostarse.

Los capataces o los propietarios, y en general los que gozan de algún bienestar, usan un jubón, un chaleco y unos pantalones, unos calzones blancos, un sombrero, calzado y además un poncho, es decir, un trozo de tela de lana o de algodón, fabricado en la provincia de Tucumán, de siete palmos de ancho y doce de largo, con una abertura en el centro para pasar la cabeza. Pero los jornaleros no tienen ni jubón, ni calzones, ni chaleco, y se limitan a amarrarse a los riñones con una cuerda la chiripa, que es un pedazo de tela basta de lana. Hay muchos que no tienen camisa, pero poseen todos sombrero, calzones blancos y poncho y botas de un medio de pie de altas, hechas con la piel de la pierna de una yegua o ternera, cuya curva forma el talón de la bota. Otros se valen para esto de pieles de gato salvaje. Como no tienen barberos, llevan ordinariamente la barba muy larga; se afeitan ellos mismos, rara vez y generalmente con su cuchillo. Las mujeres llevan los pies desnudos y son sucias. Su traje se reduce ordinariamente a una camisa amarrada a los riñones con un cinturón, y sin mangas; con frecuencia no tienen ninguna para cambiarse. Para lavar esta camisa van a la orilla del agua, se la quitan, la lavan y la extienden al sol; cuando está seca se la ponen y vuelven a su casa. En general no se ocupan de coser ni hilar; sus quehaceres se reducen a barrer, encender el fuego para asar la carne y calentar el agua para hacer la infusión de mate o hierba de Paraguay. Las mujeres de los capataces y de aquellos que tienen algún acomodo están un poco mejor vestidas, y los jornaleros del Paraguay tienen ordinariamente alguna ropa blanca de recambio.

Como las gentes del campo carecen por lo general de trajes para cambiarse, los preservan de la lluvia cuando cae poniéndolos debajo de la piel que cubre la silla del caballo, y se visten de nuevo apenas deja de llover. Les es indiferente mojarse, porque dicen que ellos se secan en un momento y que no es lo mismo la ropa. Cuando tienen que guisar y la lluvia lo impide, dos de ellos extienden el poncho horizontalmente y el tercero enciende el fuego debajo.

Como hay muchas mujeres que dan a luz solas y no todas saben anudar el cordón umbilical, he visto muchos hombres y mujeres adultos que tenían el ombligo de cuatro pulgadas de largo, que se hubiera tomado por otra cosa; este ombligo era blando e inflado. Apenas tiene un niño ocho días, cuando su padre o su hermano lo cogen en brazos y le dan un paseo a caballo por el campo hasta que empieza a llorar, y entonces lo llevan a la madre, que le da de mamar. Estos paseos se repiten frecuentemente hasta que el niño se encuentra en estado de montar solo en caballos viejos y mansos. Así se les educa, y como no oye nunca la campana de su reloj, no ve regla ni medida en casi ninguna cosa y sus ojos no perciben mas que lagos, ríos, desiertos y algunos hombres desnudos y errantes que persiguen a las fieras y a los toros, se acostumbran al mismo género de vida y de independencia. No conocen en nada medida, cálculo ni reglas; no aprecia la sociedad de los pueblos, que no ha visto, y el amor de la patria le es desconocido por completo. No da importancia alguna al pudor, la decencia y las comodidades de la vida; carece de toda clase de instrucción y no sabe ni obedecer. Acostumbrad desde la infancia a degollar animales, le parece natural hacer lo mismo con una persona, con frecuencia sin motivo particular y siempre a sangre fría y sin cólera, porque esta pasión es desconocida en estos desiertos, donde faltan ocasiones propias para excitarla, pues solo en las sociedades numerosas puede originarse y alimentarse esta pasión.

En general estos pastores son muy robustos y poco sujetos a enfermedades, especialmente los mestizos de español e india. Tampoco se quejan nunca cuando por casualidad están malos, ni en sus más grandes dolores. Hacen poco caso de la vida y la muerte les es indiferente. Yo los he visto ir al suplicio con gran sangre fría y sin ninguna demostración de sensibilidad. He visto otros en el mismo momento en que acababan de recibir puñaladas mortales no dejar escapar ninguna queja y contenerse con decir: <>. Si en sus últimos momentos pierden la razón y esto les hace decir algunas palabras, se reducen a nombrar su caballo favorito, pero no para echarlo de menos, sino solo para alabar sus buenas cualidades. Cuando yo estaba en estas llanuras sucedió que un mulato, enojado de los propósitos que un mestizo había tenido durante su ausencia, fue a buscarlo, y habiéndolo encontrado sentado sobre sus talones, desayunándose, le dijo sin bajarse del caballo: <>. El mestizo no se movió y le preguntó por qué; siguieron explicaciones entre los dos flemáticamente y sin levantar la voz, hasta que el mulato de bajó del caballo y mató al mestizo. Había como espectadores otros doce habitantes del país; pero, según su costumbre invariable, nadie se mezcló en la cuestión. No hay ejemplo de que ninguno se ofrezca como mediador en las cuestiones, ni que hayan detenido o cogido a un delincuente, ni que pongan en esta clase de cuestiones más interés que en ninguna otra. Es verdad que creo que se considerarían deshonrados si descubrieran o detuvieran a un criminal, fuera el que fuera el delito que hubiera cometido, y por esto los ocultan y favorecen cuando pueden.

Tienen gran repugnancia a servir de criados en las casas, sea quien sea; pero demuestran menos vanidad que los habitantes de las ciudades y los españoles, no poniendo ninguna dificultad en servir de criados para la guarda de ganados, juntamente con negros, gentes de color e indios, aunque el capataz sea de esta clase. Pero como están acostumbrados a no hacer mas que lo que quieren, no se los ve nunca tener adhesión ni al lugar ni al amo, aunque este los pague y los trate bien. Cuando les parece lo abandonan, lo más frecuentemente sin despedirse, y a lo sumo le dicen al marcharse: <>. Es inútil suplicarles ni hacerles reproches, porque a lo sumo, repetirán la misma frase y no dejan nunca de irse. Son muy hospitalarios, y si cualquier transeúnte se presenta en su casa, lo alojan y lo alimentan, frecuentemente sin preguntarle quién es ni a donde va, aun en el caso de que permaneciera muchos meses. Es cosa que he visto.

Estos pastores, criados en un desierto, casi sin ninguna comunicación, apenas conocen la amistad, y son por consecuencia inclinados a la desconfianza y el engaño. De aquí que cuando juegan a las cartas, por la que tienen una gran pasión, se sienten de ordinario sobre los talones, teniendo sujeta con los pies la brida del caballo, para que no se vaya, y con frecuencia tienen a su lado su puñal o su cuchillo clavado en el suelo, dispuesto a matar al que juega con ellos si descubre el menor engaño, porque en este punto son muy conocedores y no son modelos de lealtad en el juego. En un momento se juegan cuanto poseen, y siempre con sangre fría. Cuando han perdido todo su dinero juegan su camisa, si vale la pena, y el que gana da generalmente la suya al que ha perdido si no vale nada, porque entre ellos nadie tiene dos. Cuando se van a casar los futuros esposos piden prestada ropa blanca, se la quitan al salir de la iglesia y la devuelven a quien se la prestaron, yendo a dormir sobre una piel de vaca, pues generalmente no tienen casa ni muebles.

Algunos propietarios o capataces de ganados venden en sus casas algunas bagatelas, y sobre todo aguardiente, recibiendo entonces estas casas el nombre de pulperías, y son el punto de reunión para los habitantes del campo, que no hacen caso ninguno del dinero y solo lo emplean para el juego o la bebida. Su costumbre es invitar a beber a toda la reunión; llenan entonces un gran vaso de aguardiente (porque no les gusta el vino) y lo hace pasar de boca en boca. Repiten esta ceremonia hasta que no les queda un céntimo, y se creen ofendidos si se rehúsa la invitación. Para pasar el tiempo que media entre los diferentes vasos hay en cada pulpería una guitarra, y el que la toca es siempre obsequiado y admitido a escote de los que lo escuchan.

Estos músicos no cantan nunca mas que yarabís, que son canciones del Perú, las más monótonas y tristes del mundo, por lo que también se les llama tristes. El tono es lamentable, y versan siempre sobre amores desgraciados, sobre amantes que lloran sus penas en los desiertos, pero nunca sobre cosas alegres o festivas, ni siquiera indiferentes.

Estos pastores son naturalmente inclinados al robo de caballos y objetos pequeños, pero nunca hacen robos de consideración. Matan también animales salvajes, y aun vacas, sin necesidad. Tienen una gran repugnancia por todas las ocupaciones que no pueden realizarse a caballo a galope. Casi no saben andar a pie y solo lo hacen con trabajo y resistiéndose, aunque no sea mas que para atravesar una calle.

Cuando se reúnen en la pulpería o en cualquiera otra parte permanecen siempre a caballo, aunque la conversación dure varias horas. Cuando van a la pesca lo hacen igualmente a caballo, hasta para echar y recoger la red en medio del agua. Para sacar esta de un pozo amarran la cuerda del cubo al caballo y se la hacen sacar sin echar pie a tierra. Si tienen que hacer mezcla de albañil, aunque la cantidad sea tan pequeña que quepa en su sombrero, hacen que el caballo la amase con las patas obligándolo a pasar y cruzar por encima, sin bajarse nunca. En fin, todo lo hacen a caballo.

Un ejercicio continuo sin interrupción, casi desde su nacimiento, los hace hábiles en este ejercicio por encima de toda comparación, tanto para tenerse firmes cuanto para galopar constantemente sin fatigarse. En Europa acaso considerarían que carecen de gracia y elegancia porque sus estribos son bajos, porque aprietan poco las rodillas y separan mucho las piernas, sin dirigir la punta del pie a la oreja del caballo; pero no hay peligro de que pierdan el equilibrio un solo instante, ni de que su cuerpo abandone su postura por el trote, el galope, ni aún las coces, corvetas y botes del caballo: se diría que forman un solo cuerpo con él, aunque sus estribos se reducen a triángulos de madera tan pequeños que apenas puede entrar la punta del dedo gordo.

En general montan indiferentemente el primer caballo que encuentran, aunque sea cimarrón y acaben de echarle el lazo, y a veces también montan toros. Con el lazo amarrado a la cincha de su caballo detienen y sujetan a distancia de doce a quince varas cualquier animal, un toro mismo, lanzándole el lazo al cuello o a las patas, y nunca dejan de cogerlo por la parte que se han propuesto.

Este lazo es una cuerda o trenza de cuatro correas de piel de vaca, del grueso del pulgar, con un anillo de hierro en el extremo, para que corra bien. Cuando van a galope y cae su caballo, casi todos quedan de pie a su lado, sin hacerse daño y con la brida en la mano para evitar que se escape. Para ejercitarse piden a veces a otro que lance el lazo a las piernas de su caballo a galope, y se quedan siempre a pie, como hemos dicho, aunque el caballo haya caído después de mil corvetas. En cuanto a las bolas, hacen de ella el mismo uso que los pampas (Véase el capítulo X).

Es difícil concebir hasta qué punto conocen los caballos y los animales en general. No tenía mas que decir a uno de estos hombres: <> El hombre así encargado los miraba un instante con atención, aunque algunos estuvieran paciendo a veces a media legua de distancia, y esto era suficiente para que los conociera y no se les perdiera ni uno solo, aunque se contentase con mirarlos de lejos. Una cosa no menos admirable es la exactitud con la cual aquellos a que se llama baqueanos, o conocedores, aprecian al primer golpe vista el lugar más a propósito para pasar un río que se descubre a una o dos leguas de distancia, aunque no lo haya visto nunca. También llegan sin dar rodeos al lugar que se le ha indicado, aunque no haya ni árboles, ni caminos, ni marcas, encontrándose en un país completamente horizontal, y esto de noche como de día y sin brújula.

Además de los pastores hay en estas llanuras muchos hombres que en absoluto se niegan a trabajar ni a servir a nadie, por ningún motivo ni precio. Yo he encontrado varios casi desnudos, y cuando les preguntaba si querían ponerse a mi servicio para tener cuidado de mis caballos y para cualquier otra cosa, me respondían con la mayor sangre fría:
- Yo busco también alguno que quiera servirme; ¿quiere usted hacerlo?
- ¿Tienes tú con que pagarme? –le respondía yo.
- Ni un cuarto –respondía él-; pero era para ver si por casualidad quería usted servirme gratis.

Estos hombres son casi todos ladrones y roban hasta mujeres. Las llevan a lo profundo de los bosques desiertos, donde les construyen una pequeña choza semejante a las de los charrúas (véase el capítulo X), y las alimentan con carne de las vacas salvajes que hay en los alrededores. Cuando la pareja está por completo desprovista de ropas, o cuando los obliga cualquiera otra necesidad urgente, el hombre parte solo y va a robar caballos en las fincas españolas; los vende luego en el Brasil, y regresa trayendo lo necesario. Yo he descubierto y preso a varios de estos ladrones y he encontrado a las mujeres que habían robado. Una de estas mujeres, española, joven y linda, que hacía diez años que vivía con esta clase de gentes, no quería reunirse con su familia y veía con sentimiento que yo la hiciera volver a casa de sus padres. Me contó que había sido robada por uno llamado Cuenca, a quien mató otro, que fue muerto por un tercero, éste por un cuarto, al que su último marido había hecho correr la misma suerte. Nunca pronunciaba el nombre de Cuenca sin llorar y sin decirme que éste era el primer hombre del mundo, y que su nacimiento había costado la vida de su madre para que fuese único.

He presentado en España al Ministerio de Estado una memoria sobre la parte política del país del que hablo; pero como no es ésta ocasión para copiarla, voy a terminar el capítulo con un estado del comercio que se hace aquí actualmente, después de haber dado una idea del que se hacía en otros tiempos.

Los que comerciaban antiguamente en América no buscaban más que el oro y la plata, no hacían caso ninguno de los países que, como el que describo, no producen estos metales. Pero como temían que se introdujeran mercancías en el Perú por Buenos Aires y que esto perjudicara a los cargamentos de las flotas y galeones que se enviaban por Panamá, etc., pidieron al Gobierno, y la obtuvieron, la prohibición de todo comercio por el río de la Plata. Los que resultaban perjudicados por esta medida hicieron grandes reclamaciones, y en 1602 se les permitió exportar durante seis años, en buques de su propiedad y a sus expensas, dos mil fanegas de harina, quinientos quintales de tasajo y quinientos quintales de sebo. Pero no podían exportar estas mercancías mas que al Brasil portugués y a la costa de Guinea, para llevar de retorno los objetos que necesitaban. Todos los demás puertos les estaban prohibidos. Cuando llegó el término fijado por este permiso se solicitó la prórroga indefinida y aun con aumento, porque se quería extender el permiso a toda especie de mercancías y también a la autorización de comerciar directamente con España, ya por buques pertenecientes a la colonia, ya en aquellos que pudieran fletar por su cuenta. Los consulados de Lima y Sevilla se opusieron violentamente a la petición. No obstante, en 8 de septiembre de 1618 se concedió a los habitantes de las orillas del río de la Plata el permiso de expedir dos navíos, de los que ninguno debía exceder de cien toneladas. Se les impusieron varias otras condiciones, y para que no entrara nada en el interior del Perú se estableció en Córdoba del Tucumán una aduana para que pagaran el 50 por 100 los objetos importados. Esta aduana debía igualmente impedir la extracción del oro y la plata del Perú por Buenos Aires, hasta para el pago de las mulas que este país proporcionaba.

Cuando expiró el tiempo de este permiso se prorrogó de un modo indefinido por otra orden de 7 de febrero de 1622, y se creyó contribuir a la prosperidad del país fundando en 1665 en Buenos Aires una Audiencia Real, que fue necesario suprimir por inútil en 1672. en este estado siguieron las cosas, aunque se permitió de tiempo en tiempo a algunos particulares expedir navíos sin carga, hasta el 12 de octubre de 1778, fecha en el cual quedó autorizada toda clase de comercio en las orillas del río de la Plata y con el interior del Perú.

El cuadro adjunto presenta un estado del comercio marítimo de todos los puertos del río de la Plata, tomando el término medio de los cinco últimos años de paz que han transcurrido durante mi estancia en el país. Los precios están ajustados a las tarifas de las aduanas de estas colonias.

Comparando la importación con la exportación se que ésta da un excedente de 1.908.427 pesos fuertes, lo que parece indicar que la tarifa es más débil en proporción para los objetos de importación, o que se hace mucho contrabando para la importación de mercancías.

Una gran parte de los objetos de importación de que habla el cuadro pasa a Chile, a Lima, a Potosí y a las provincias del interior; el resto se consume en los gobiernos de Buenos Aires y del Paraguay, que son objeto de mi descripción. Estos mismos gobiernos envían anualmente a Chile y a otros parajes de que he hablado 150.000 arrobas de hierba del Paraguay y 60.000 mulas; pero en cambio reciben al año 7.313 barriles de vino de Mendoza, 3.900 barriles de aguardiente de San Juan y 150.000 ponchos, cobertores y cueros de Tucumán. He formado este estado según el resultado medio de los cinco años, es decir, de 1792 a 1796.

El gobierno de Paraguay hace un comercio particular con el de Buenos Aires, al que envía 196.000 arrobas de hierba del Paraguay, tabaco, mucha madera y otros objetos, que según el promedio de cinco años. De 1788 a 1792, ascendían a la suma de 327.646 pesos fuertes. Lo que Buenos Aires enviaba en cambio era solo 155.903 pesos, lo que prueba que el Paraguay se enriquecerá pronto, aunque al tiempo de mi llegada no conocía la moneda.

 

Cuando el sol mucho calienta, barrunta tormenta.
El buen vino no merece probarlo quien no sabe paladearlo.
Hasta el mosquito tiene su corazoncito.
No aprendemos gracias a la escuela, sino gracias a la vida. Séneca



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