Noticia de la vida y escritos de Don Félix de Azara. Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.
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Noticia de la vida y escritos de Don Félix de Azara.

Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.





NOTICIA DE LA VIDA Y ESCRITOS DE DON FÉLIX DE AZARA.

Trescientos años han pasado desde que el inmortal Colón (1) (Y no Colomb.), engañado por la equivocadas ideas de un geógrafo griego sobre la inmensa extensión de las partes orientales del Asia, quiso trazar por el Oeste un camino más corto hacia las ricas regiones de la India, y descubrió, por un feliz error, un nuevo mundo, que no buscaba.

En los primeros años que siguieron a este gran acontecimiento, el más memorable de la historia antigua y moderna, aparecieron numerosas relaciones, que fueron sobre todo buscadas con avidez por aquellos que la sed de oro más que el deseo de instruirse conducía a estas lejanas regiones.

Pero pronto los españoles y portugueses, que ocupaban entonces el primer rango entre las naciones marítimas de Europa, no contentos con las inmensas conquistas de que eran deudores al genio emprendedor de sus valientes navegantes, parecieron querer usurpar el imperio del universo, y por un Tratado al que el Soberano Pontífice de los cristianos puso el sello reverendo de la religión pretendieron repartirse los descubrimientos hechos y los por hacer, y para marcar los límites respectivos de sus ignorados dominios trazaron una línea sobre el Globo, cuyas diversas partes estaban muy lejos de conocer. Desde entonces los resultados de los numerosos y peligrosos viajes que se emprendieron fueron ocultados con tanto cuidado como interés se había puesto antes de divulgarlos y aun exagerarlos. No sólo los países de que los españoles y los portugueses permanecieron dueños fueron ocultados a los ojos curiosos de la ciencia, sino que se esforzaron en excluir también aquellos otros en que no habían penetrado las demás potencias de Europa.

Ellos las consideraban como usurpadoras de sus futuras conquistas y culpaban a sus navegantes como madrugadores fraudulentos de los descubrimientos que les estaban reservados. Así, las dos naciones que habían dado a la Geografía el mayor impulso que jamás recibiera fueron precisamente las que mayores obstáculos pusieron a su progreso.

Pero en vano trataron de reservar para ellas solas la luz de la antorcha que habían encendido. Una presa tan rica despertó la ambición y la avaricia de los otros pueblos, los cuales rompieron el centro marítimo, injustamente usurpado, y se repartieron los pedazos.

No obstante, aun después del derrumbamiento de su poder permanecieron los portugueses y los españoles casi solos en posesión de las costas orientales y occidentales de África, de la América meridional y de ese gran istmo, tan rico y tan poblado, que une y junta los dos continentes americanos y no parece formar parte de ninguno de los dos. Continuaron siempre guardando el más profundo silencioso sobre todo estos vastos territorios, y una administración inquieta y celosa impidió a este efecto toda clase de investigaciones a las naciones extranjeras. Este sistema, que la avaricia, el orgullo y una ambición usurpadora les habían sugerido, les fue entonces, en cierto modo, impuesto por la debilidad, el temor y la necesidad.

Durante dos siglos algunas relaciones, en pequeño número, incoherentes y poco satisfactorias, algunos mapas levantados a escondidas y evidentemente defectuosos, fueron todo lo que los sabios pudieron procurarse acerca del inmenso contiene de la América meridional y Méjico.

Si los gobernantes españoles y portugueses ordenaban para su propia instrucción trabajos geográficos, eran ocultados con tanta severidad como si su sola vista hubiera comprometido la salud del Estado. He aquí por qué las planchas del mapa de la provincia de Quito, dirigidas a París por el célebre d´Anville, fueron arrebatadas, por orden del rey de España, a su autor aun antes de estar acabadas, y que el gran mapa general de América meridional terminado en Madrid en 1775, y oculto con gran cuidado, ha sido desconocido por los sabios hasta hace poco.

Pero las grandes sacudidas que han agitado al mundo en estos últimos veinte años (1) (Alude el autor a la Revolución francesa, comenzada en 1789. nota de la edic. española)., y que duran todavía, parecen haber influido sobre la antigua política de la corte de Madrid (2) (Esto se escribió antes de las últimas revoluciones que han tenido lugar en España 1808)., ya sea que la larga interrupción de comunicaciones con sus lejanas posesiones no le haya permitido ejercer una tan exacta vigilancia, ya sea que, dadas las circunstancias en que se encuentra , no haya podido tener con mano bastante fuerte las riendas del gobierno de estas colonias tan ricas, tan pobladas y que no reciben ningún beneficio de la madre patria. Lo cierto es que, cualesquiera que hayan podido ser las causas, los efectos nunca han sido mayores ni más sensibles. Viajes, disertaciones, memorias, colecciones periódicas escritas, con un saber y discernimiento de que se honraría la vieja Europa, por hombres residentes y nacidos en el país mismo, nos dan las noticias más exactas y más detalladas sobre estas bellas regiones, donde han sido impresas y publicadas. Algunos ejemplares de estas diferentes obras han llegado, de tres o cuatro años a esta parte, al antiguo continente. Se han traducido extractos a diferentes lenguas. Nuestros métodos de geografía se han apoderado de ellas, y van a resultar, en cierto modo, populares. Otros escritos no menos precisos han aparecido sobre el mismo objeto en la misma capital de España.

Es más: el Gobierno español, no solamente ha tolerado, sino que ha secundado y protegido los trabajos de ese sabio y valiente extranjero (1) (Humboldt) que ha levantado, observado y descrito toda la parte septentrional de las vastas posesiones de España en América con la ciencia consumada del geógrafo, del físico y del naturalista y que publica en el momento en que yo escribo el resultado de sus investigaciones.

Casi toda la parte meridional había sido hacía mucho tiempo levantada topográficamente y descrita por uno de los más hábiles ingenieros y uno de los más valientes oficiales de que España puede glorificarse, y el fruto de sus largos y penosos trabajos aparece ahora sin oposición alguna.

En fin, aunque los portugueses nos tienen, relativamente a sus posesiones de África, sobre todo las de la costa oriental, en la misma ignorancia en que estábamos hace doscientos años, no obstante, no sucede lo mismo en lo que se refiere a su vasto imperio de América meridional. El último mapa de esta parte del mundo, que Faden acaba de publicar en Londres, tan notable por la belleza del dibujo y del grabado, lo es todavía mas por los numerosos detalles enteramente nuevos sobre el Brasil, obtenidos de los levantamientos hechos por ingenieros portugueses y comunicados por ellos.

No hay ejemplo de una tal abundancia de luces vertidas de pronto sobre un tan vasto país, después de tan largas y espesas tinieblas. En medio de los acontecimientos memorables que distinguiría en la Historia el comienzo del siglo XIX, los pacíficos anales de la ciencia no olvidaron esta súbita revolución que se ha operado en nuestros conocimientos acerca de la América meridional, y colocarán a la cabeza de este interesante relato los nombres de Humboldt y de Azara.

Tal era la confianza que los sabios tenían en la habilidad de Humboldt, que sus trabajos, mucho antes de acabarse, tenían ya toda la reputación que han justificado después; y apenas había empezado su peligrosa empresa, cuando los ecos de la fama repetían por todas partes su nombre en la Europa culta.

Olvidado en los desiertos, extraño a los progresos rápidos de las ciencias naturales, sin ninguna comunicación con el mundo civilizado, Azara había emprendido y terminado la descripción y delineación de un país de más de quinientas leguas de largo y trescientas de ancho; había observado al hombre salvaje con más cuidado que nadie lo había hecho antes que él, y él solo, sin ayuda de observaciones, colecciones ni libros, había hecho progresar inmensamente a las dos partes más importantes de la Historia Natural de los animales, la de los cuadrúpedos y de las aves, y esto sin que se sospechara ni siquiera en Europa su existencia: aun se está muy lejos de darse cuenta de todo lo que las ciencias le deben. Yo espero, pues, que el lector concederá de buen grado algunos momentos a la lectura de las páginas siguientes, destinadas a darle a conocer mejor a un hombre que ha consagrado tantos años a nuestra instrucción.

* * *

Don Félix de Azara nació en Barbuñales, cerca de Barbastro, el 18 de mayo de 1746. Su padre se llamaba Alejandro; su madre, María de Perera. Vivieron los dos en sus tierras, lejos del teatro del mundo, y encontraron la más cierta de las dichas en el cumplimiento del más dulce de los deberes. Sus hijos D. Nicolás y D. Félix, cuya educación dirigieron, llegaron a ser célebres por éxitos de géneros bien diferentes, recomendando así sus nombres a la posteridad.

Don Félix de Azara hizo sus primeros estudios en la Universidad de Huesca, en Aragón. Terminada la Filosofía, ingresó en la Academia militar de Barcelona. Durante todo el tiempo de su instrucción permaneció ausente de la casa paterna. Pocos días antes de su nacimiento, su hermano D. Nicolás de Azara, que tenía a la sazón de quince años, había sido enviado a la Universidad de Salamanca.

Los dos hermanos no se habían visto nunca, hasta que en 1765, cuando D. Nicolás, habiendo obtenido, por la protección del ministro Ricardos, una plaza de agente cerca de la Santa Sede, pasó por Barcelona, donde encontró a D. Félix, y sin haber tenido mas que el tiempo de abrazarse se separaron en seguida y pasaron treinta y cinco años sin volverse a ver. Tenía entonces D. Félix diez y nueve años, y con más de cincuenta de edad no pudo ocultar un sentimiento de inexpresable sensibilidad al referir al autor de esta Noticia su primera entrevista con un hermano querido. ¡Ay! Presentía después de tantos años no había venido a reunirse con él mas que para verse de nuevo y casi en seguida separarse por la muerte.

Un año antes de dicha entrevista D. Félix había ya comenzado su carrera militar, y había sido nombrado cadete en el regimiento de Infantería de Galicia de 1 de septiembre de 1764.

El 3 de noviembre de 1767 fue nombrado alférez en el Cuerpo de Ingenieros, y el 28 de septiembre de 1775 fue promovido al grado de teniente.

En esta situación hizo la campaña de Argel. Habiendo desembarcado de los primeros, cayó herido por una gruesa bala de cobre, y lo dejaron por muerto en la playa. Los cuidados de un amigo y la osadía de un marinero, que sacó la bala con un cuchillo, lo volvieron a la vida; pero sufrió horribles dolores porque fue necesario cortarle la tercera parte de una costilla. Esta herida estuvo cinco años sin cerrarse, y se volvió a abrir aun cinco años después, estando en América, y todavía salió por ella otro pedazo de costilla. Desprovisto de los socorros de la ciencia, se curó prontamente sin aplicarse ningún remedio. En el mismo país, corriendo a caballo por los desiertos, dió una caída y se partió la clavícula, curándose también sin hacer nada. Nunca estuvo enfermo y siempre disfrutó de una salud robusta.

Creo que es éste el lugar oportuno de dar cuenta de un hecho singular referido ya por M. Moreau de Saint-Méry, quien ha dicho hablando de D. Félix: << Ofrece acaso el ejemplo único en Europa de un hombre en quien la aversión al pan es tan grande que jamás lo ha comido >> Este hecho me pareció bastante extraordinario para pedir por escrito su confirmación. Copiaré textualmente la respuesta que D. Félix tuvo la complacencia de dar a las diversas preguntas que yo le dirigí a este efecto:

<< Yo he comido pan –dice-, sin una inclinación particular hacia este alimento, hasta la edad aproximada de veinticinco años. Habiendo tenido en esta época de mi vida una gran dificultad para digerir, seguida de un malestar general, sobre todo después de la comida, consulté a un competente médico de Madrid, y éste pensó que el mal podía venir del pan y me aconsejó no volver a comerlo, como en efecto lo hice. Pronto desapareció mi incomodidad, y desde esa época no he vuelo a estar malo. La privación del pan me ha hecho encontrar un gusto más agradable en los otros alimentos que cuando yo los mezclaba con este sustento general del hombre. Nada reemplaza la falta del pan en mi manera de vivir. Observo que soy un poco más inclinado a preferir las legumbres y el pescado a la carne. Después de todo, no es singular que yo no coma pan, pues los habitantes de los países que he recorrido no lo comen nunca y viven tanto o más que nosotros >> (1) (El sofista Linguet, que hizo un libro para probar que todos los desórdenes físicos, políticos y morales provenían en Europa del cultivo del trigo y del uso del pan como alimento, se hubiera alegrado mucho de conocer este hecho extraordinario.)

El 5 de febrero de 1776 D. Félix de Azara fue ascendido a capitán.

El año siguiente, las cortes de España y Portugal, siempre en guerra sobre los límites respectivos de sus posesiones de América, fijaron las bases para establecerlos por el Tratado de San Ildefonso, cuya ratificación se verificó por la paz de El Pardo, en 1778.

Se nombraron por una parte y otra comisionados para determinar sobre el terreno los límites de los dos Estados, conforme a las condiciones del Tratado. Don Félix de Azara fue uno de los escogidos por la Corte de Madrid y se le agregó al Cuerpo de Marina, en calidad de teniente coronel de Ingenieros, el 11 de septiembre de 1780.

Embarcó en 1781 en Lisboa, dándose a la vela para América en buque portugués, pues España estaba en guerra con Inglaterra. En el mar supo que había sido nombrado capitán de fragata, pues el rey había juzgado conveniente que los comisionados fueran todos oficiales de Marina.

Los ingenieros españoles de la Comisión terminaron las operaciones de que estaban encargados; pero como los portugueses, para la ejecución estricta del Tratado, se vieran obligados a abandonar el país de que se habían apoderado, procuraron diferir cuanto les fue posible la terminación de sus operaciones y eludir las cláusulas de su compromiso. En esto se vieron bien servidos por la negligencia o connivencia culpable de los gobernadores españoles.

Don Félix se encontraba entonces en la edad de la actividad y la ambición, viéndose retenido en aquellas regiones con el vano pretexto de terminar un asunto que se pretendía hacer interminable. Entonces concibió el osado proyecto de levantar un mapa del vasto país del que había solamente levantado la frontera.

Echó sobre sí todos los gastos, los trabajos, los riesgos y peligros que debía traer consigo una tan grande y peligrosa empresa. No sólo no esperaba ninguna ayuda de los virreyes a cuyas órdenes se hallaba, sino que, al contrario, tenía que temer entorpecimientos. Se vió obligado hasta a ejecutar a espaldas de ellos una parte de sus largos viajes.

He desarrollado muy por extenso, al comienzo de esta Noticia, las causas que ocultaban estas bellas regiones al conocimiento de los geógrafos. No obstante, a pesar de la inquieta vigilancia del Gobierno español, la activa e insaciable curiosidad de los sabios había llegado a procurarse algunos datos preciosos tanto sobre esta porción de las posesiones españolas cuanto sobre las otras. Los progresos de la geografía en esta parte del mundo fueron principalmente debidos al celo de los geógrafos franceses y a los materiales que les proporcionaron los jesuítas. El célebre d´Anville levantó en 1721, para las Cartas edificantes, un pequeño mapa del Paraguay (1) (Se comprendía en aquella época bajo esta denominación general, además del Paraguay propiamente dicho, el gobierno de Buenos Aires o del Río de la Plata.) muy superior a todo cuanto se había hecho hasta entonces, y perfeccionó este trabajo en su América meridional. Pero aunque haya corregido esta parte de su mapa en 1765 y en 1779, ha quedado aún menos exacta en el último retoque para la delineación de las costas que la publicada por Bellin en 1756 en la Historia del Paraguay por el P. Charlevoix. Bellin se había procurado de los jesuítas materiales particulares, y d´Anville se equivocó al no seguirlo en esta parte. El mapa de América meridional de D. Juan de la Cruz, grabado en Madrid en 1775, pero no publicado, y que d´Anville conoció, ofrece sensibles mejoras en la geografía del Paraguay y del gobierno de Buenos Aires, pero hierve aún en errores groseros y está todavía lejos de ofrecer un dibujo exacto de las localidades.

Trece años tardó Azara en poner fin a su grande y hermosa empresa; pero sin los medios que le ofrecían su rango y las funciones de que estaba encargado, y sin el celo de los oficiales que tenía a sus órdenes, le hubiera sido imposible terminarla felizmente. En estas vastas y desiertas comarcas, cortadas por ríos, lagos y bosques, habitadas casi únicamente por pueblos salvajes y feroces, pronto se comprende cuánto le debió costar de fatigas y trabajos el dedicarse a las delicadas operaciones que necesitaba el objeto que se había propuesto alcanzar.

El mismo Azara da cuenta al comienzo de su obra de la manera como ha levantado su carta; no he de repetir yo, pues, lo que él ha dicho en este respecto; pero daré detalles que merecen ser consignados acerca del modo con que se gobernaba él mismo y su tropa durante los largos y frecuentes viajes. Se proveía Azara de aguardiente, cuentas de vidrio, cintas, cuchillos y otras bagatelas, para ganar la amistad de los salvajes. Todo su equipaje personal consistía en algunas ropas, un poco de café, un poco de sal, y para el séquito, tabaco y la hierba del Paraguay (1) (Mate del Paraguay -Ilex paraguariensis, St-Hill-, familia de las celastrináceas. Sabido es que se toma mucho en infusión en América. Tiene cafeína; -Léase Bougainville- Viaje alrededor del mundo, tomo I, en la colección de Viajes clásicos, citada por Calpe). Todos los que acompañaban no llevaban otro equipaje que lo puesto.

En cambio, se llevaba un gran número de caballerías, según la longitud del viaje; a veces eran necesarios hasta doce caballos por cada individuo, no para el equipaje, que era casi nulo, sino porque estos animales son comunes en aquella región y no ocasionan dificultad alguna, pues no se les da otro alimento que lo que ellos pacen durante la noche por el campo, y porque se fatigan muy pronto. Nuestros viajeros iban también acompañados de grandes perros.

Se levantaban una hora antes de amanecer para preparar el desayuno. Hecha esta comida, los soldados se destacaban para reunir los caballos, que andaban esparcidos por los alrededores, a veces a una legua de distancia, porque, excepto los que cada uno conservaba por la noche a su lado, los otros, abandonados a sí mismos, pacían en completa libertad. Reunidos los caballos, cada individuo soltaba el que le había servido durante veinticuatro horas, y todo el mundo formaba círculo alrededor de los caballos de recambio para evitar que se escapasen. Uno entraba en el círculo y cogía los que eran necesarios para el viaje, por medio del lazo que D. Félix describe en su obra. En seguida se ponían en camino, dos horas después de salir el sol. Como en estos desiertos no había trazado camino alguno, un guía buen conocedor del país marchaba trescientos pasos delante. Iba solo, a fin de no distraerse por ninguna especie de conversación. Después avanzaban los caballos de recambio, y los seguía el resto de la tropa, marchando así sin detenerse hasta dos horas antes de ponerse el sol.

Se escogía entonces para hacer alto la proximidad de cualquier laguna o riachuelo. Se enviaban hombres por un lado y otro, unos para procurarse madera para quemar y otros para coger las vacas necesarias para comer, entre las salvajes del campo o entre las pertenecientes a cualquier estancia, si las había en los alrededores, es decir, a dos o tres leguas de distancia. A falta de estas vacas, empleaban las que llevaban siguiendo a retaguardia a la tropa. En algunos sitios se encontraban tatuejos en suficiente cantidad para alimentar toda la tropa.

Cuando iban a una localidad en que faltaban todos estos socorros se hacía de antemano una provisión de carne de vaca, que se cortaba en pequeños trozos del grueso del dedo y muy largos; se los secaba al sol y se cargaban en los caballos (1) (En algunos puntos de España -Sierra de Guadarrama, por ejemplo- llaman somarro a esta tiras de carne así curadas. Nota de la edic. española.). Esta provisión de boca es la única que se llevaba consigo. Se la comía asada en asadores de palo, única manera de preparar en aquellas regiones la carne, que es el único alimento de los habitantes.

Antes de acampar en sitio cualquiera era necesario tomar precauciones contra las víboras, que son con frecuencia numerosas. Se hacía pasear a todos los caballos en el espacio que se iba a ocupar, a fin de aplastar los reptiles o de hacer salir a los que estuvieran ocultos en la hierba; algunas veces esta operación costaba la vida a más de un caballo. Cuando se trataba de acostarse, cada individuo, provisto de un trozo de piel de vaca, lo extendía por tierra. Azara era el único que tenía una hamaca, que se suspendía de dos palos o de los árboles. Durante la noche cada uno conservaba su caballo al lado, a fin de poder huir de las fieras si era necesario. Su aproximación era siempre anunciada por los perros, que las sentían de muy lejos porque exhalan un olor muy fuerte. Con frecuencia, a pesar de las precauciones que se habían tomado, se deslizaban en el campo algunas víboras; pero se ocultaban generalmente debajo de las pieles de los que dormían y permanecían tranquilas. A veces pasaban cerca y aun por encima de los hombres sin hacerles ningún mal, porque no muerden mas que cuando se las inquieta. El Sr. de Azara, en su obra, ha descrito el efecto de la mordedura de estos animales.

El orden de marcha que acabamos de exponer no se verificaba mas que en las regiones donde no había nada que temer de los indios salvajes. En aquellas en se temía su encuentro, el Sr. de Azara tomaba otras precauciones, marchando sólo de noche y enviando en todas direcciones exploradores para reconocer el camino que había que seguir. Dos patrullas iban delante, a cada lado de la tropa, guardando cada una formación y con las armas preparadas. A pesar de estas precauciones el Sr. de Azara fue atacado muchas veces y tuvo el sentimiento de perder algunos de los suyos. Tales son los detalles que he podido proporcionarme sobre su manera de viajar.

Cuando se fijaban Azara durante algún tiempo en los desiertos, cosa que era frecuente, se hacía construir una pequeña choza de paja, para defenderse de la lluvia, y su tropa las construía semejantes a las que él ha detallado en sus VIAJES en el artículo de los indios charrúas.

Los sentimientos de amistad que el Sr. de Azara había concebido por algunos de sus compañeros de trabajos eran tanto más fuertes cuanto que su género de vida, sus continuas ocupaciones y las mujeres que tenía a la vista contribuían a alejar de él este otro sentimiento que nace y crece en la ociosidad y la molicie y para el cual ilusión y los prestigios son alimentos necesarios. No obstante, nacido en un clima cálido, lleno de fuerza, de vigor y de salud, en la edad en que la sangre circula hirviente por las venas, y criado en el campo, ¿podía tener el dominio de sí mismo y la voluntad de vencer este impulso que arrastra a un sexo hacia el otro? No, sin duda; pero perfectamente instruido del carácter y de la manera de vivir de las mujeres de aquellas regiones, esquivaba cuanto podía a las indias cristianas y prefería a todas las demás las mulatas un poco claras.

Si es verdad que el hombre depende, en parte, de las circunstancias en que está colocado, no es menos cierto que ejerce sobre ellas un imperio que varía según la naturaleza de su carácter. Un espíritu activo que siente la necesidad de alimentar el fuego que lo anima se apodera, en cierto modo, de todo lo que lo rodea. Trasportadlo a Grecia o Egipto, entre las ruinas majestuosas de la Tebas antigua o entre las monstruosas pirámides; o, mejor aún, ofreced a sus miradas esta Roma, que ve levantarse su superficie y encierra en su suelo clásico de monumentos de tantos pueblos y de tantos siglos, y resultará un erudito, un anticuario profundo o un artista célebre. Colocadlo al pie del Vesubio vomitando llamas; cerca de los flancos ennegrecidos y desgarrados del Etna; en medio del majestuoso caos de los Alpes o de los Pirineos, y será indudablemente mineralogista o geólogo. Pero que se encuentre forzado a errar por las vastas llanuras y espesos bosques de América, donde los vegetales que nunca ha visto cubren la tierra y la recaman de mil colores diferentes; donde el hombre salvaje y los animales, únicos habitantes de estos desiertos, ofrecen por todas partes formas insólitas y costumbres singulares, y resultará botánico o zoólogo. Los dos hermanos Azara nos ofrecen un ejemplo notable de la justeza de estas reflexiones.

Don Nicolás, a pesar de las ocupaciones y deberes absorbentes de su destino, se convirtió en Roma en un filólogo distinguido y un protector esclarecido de las artes y las letras. Don Félix, sin libros, sin socorros, sin instrucción previa, pero con materiales de observación que se le ofrecían por todas partes, se llegó a colocar por sus solos esfuerzos en el primer rango entre los zoólogos.

Las penalidades y la pérdida de tiempo que llevaba consigo el modo de viajar que hemos descrito; las observaciones astronómicas y los cálculos que las seguían; las operaciones geodésicas; la descripción del país y de los pueblos salvajes que lo habitan; la correspondencia con sus jefes, y el cumplimiento de los deberes que le estaban prescritos, no bastaban a D. Félix de Azara para llenar el vacío que experimentaba por el alejamiento de su patria y de los suyos. Quiso conocer los cuadrúpedos y las aves de las regiones de que había estudiado el clima y los habitantes y trazado el mapa. Al principio no hizo la guerra a dichos animales mas que para despojarlos y conservar las pieles y transportarlas a Europa; pero se alteraban y se corrompían. Tomó entonces el partido de describir minuciosamente cada individuo cuando se le presentaba. Pronto sus descripciones se acumularon hasta tal punto, que le fue algunas veces imposible reconocer si había o no descrito ciertas especies, y en la duda las describía varias veces. En fin, para descargarse de este inútil trabajo tuvo la idea de distribuir en grupos los numerosos individuos que había llegado a conocer.

Dio a estos grupos los caracteres generales que había observado en todas las especies que los componían. Las descripciones de estas especies fueron por ello considerablemente simplificadas; su memoria se encontró aliviada y adquirió más habilidad en las observaciones y más claridad en la manera de redactarlas. No se dio cuenta de que, inspirado por la necesidad y por un recto sentido, era el creador de un método sucesivamente inventado y combatido por dos hombres célebres que ambos y cada uno (1) (El prologuista debe de aludir a Carlos Linneo, el naturalista sueco, y a Buffon, el naturalista francés. Nota de la edic. española) han ilustrado su siglo y su país.

Poco después una feliz circunstancia hizo a Azara poseedor de la traducción española de las obras de Buffon. Puede calcularse con que avidez las leería. Pero hallando que en las localidades que había descrito existía un gran número de especies desconocidas de este hábil naturalista, redactó de nuevo su trabajo, hizo las observaciones críticas que le sugirió el examen de Buffon, y envió estas notas al traductor español de este hombre ilustre, D. José Clavijo y Faxardo. Sea ignorancia, sea indolencia, este último no hizo uso alguno de las comunicaciones de Azara y ni siquiera le contestó. Don Félix, teniendo a su alcance comprobar con frecuencia los mismo hechos y bien cierto de que no se engañaba, continuó, no obstante, describiendo constantemente las formas y las costumbres de los cuadrúpedos y aves y procurando que sus descripciones se aproximaran a las de la Historia Natural de Buffon, único libro de que disponía; y anotaba, comparándolos cuidadosamente, todos los errores que creía descubrir. Dadas las circunstancias que presidieron a la composición de las obras de Azara sobre Historia Natural, es fácil apreciar las cualidades y defectos que tienen.

No puede desearse nada más exacto para las descripciones de forma, de más curioso y de más cierto en las costumbres, y es imposible mostrar a la vez más sagacidad y paciencia, cualidades que son esenciales a un gran observador; pero, desprovisto de instrucción general sobre Historia Natural; no habiendo tenido nunca comunicación con ningún naturalista ni visitado ninguna gran colección; no conociendo ni aun los animales de su país natal, pues sólo se había dedicado a este estudio desde que estaba en América, le ocurre a veces hacer agrupaciones que no están en la Naturaleza y separar en géneros distintos especies que debían estar reunidas en el mismo género. La dificultad de explicar ciertos hechos de que sus propias observaciones no le daban la solución lo condujo a veces a sistemas parecidos a los imaginados en la infancia de la ciencia, y que nuevas luces, después de mucho tiempo, han hecho desaparecer. No hay que olvidar que su modestia le impedía emprender una obra original y que no componía la suya más que para aumentar y corregir la obra del célebre Buffon, al cual se proponía enviar sus notas y sus descripciones. He aquí por qué creía no multiplicar nunca demasiado las observaciones críticas de dicho autor y por qué es largo y minucioso. Como no juzga generalmente de los animales publicados por Buffon mas que por las descripciones y láminas publicadas por éste, y que son algunas veces insuficientes para reconocerlos, confunde con frecuencia en una sola especies distintas y muy diferentes entre sí. Después, dando cuerpo a sus propios errores y considerándolos como hechos reales, se enzarza en discusiones que embrollan el asunto que se había propuesto aclarar. Resultan también de estas falsas aproximaciones que da a conocer un número mucho mayor de especies nuevas y no descritas del que él mismo se figuraba. El alejamiento y su propia oscuridad le exageraban todavía más lo que la autoridad de Buffon tenía de imponente; de modo que, cuando lo combate, el temor de que no se preste a sus observaciones toda la atención que en efecto merecen le hace afirmar con fuerza todo aquello que él cree ser cierto. Refuta con la misma energía, y esto da a su estilo formas ásperas y cortantes, poco convenientes en las investigaciones, en que el más instruido y más experimentado no está siempre cierto de garantizarse del error. Pero sería una gran equivocación juzgar a Azara por su estilo: no hay hombre más dulce, más modesto y más alejado del empaque científico, más pronto a dudar y más apresurado a retractarse cuando cree que se equivoca. Yo he tenido la prueba en las muchas discusiones que hemos sostenido visitando juntos el Museo de Historia Natural de París; y se encuentra también un gran número de pruebas en el capítulo de los cuadrúpedos de la obra que publicamos, donde corrige muchos errores que se le habían escapado. En fin, se ve en prefacio de la historia de las aves que conocía bien la diferencia que se debe establecer entre sus observaciones sobre la Naturaleza y las que hace sobre la obra de Buffon. << Yo espero –dice- que mi trabajo merecerá alguna estima, y aun cuando se censurara la parte crítica, el resto no será por eso menos exacto. >>

Esta parte crítica contiene, sin embargo, excelentes observaciones, y como el autor la había escrito en presencia de los objetos mismos, que él no tenía a la vista en Europa, le era imposible sin laboriosas comparaciones distinguir con certeza lo que contiene de verdadero y de erróneo. Ha hecho, por tanto, bien en dejar ese cuidado a los naturalistas que le han de seguir, y publicar su obra tal como la había escrito. Si hubiera suprimido de la historia de cada especie de las discusiones relativas a la sinonimia habría sufrido menos reproches, pero habría sido menos útil.

Sin embargo, no ha habido más que una voz en Europa, entre los naturalistas, sobre la importancia y utilidad de las obras de Azara. El redactor distinguido del informe que la primera clase del Instituto ha hecho sobre una edición, todavía incompleta, de su historia de los cuadrúpedos se expresa de la manera siguiente: << Es el primero que ha dado a conocer la forma y hábitos de muchos animales de los que no poseíamos mas que descripciones imperfectas y dibujos infieles y de los que, en cierto modo, solo se sabía el nombre. Ha enriquecido con un gran número de especies, aun desconocidas de los naturalistas, el catálogo de las que nos es más útil conocer, y en relación al que podemos esperar nuevos descubrimientos>>

La obra sobre las aves, que aparecen por primera vez en francés (1) (Se había publicado ya en castellano en 1802-5. Véanse las notas de las páginas 35 y74.-Nota de la edic. española), a continuación de los Viajes, es aún más rica y más fecunda en descubrimientos. Entre cuatrocientas cuarenta y ocho especies que describe hay unas doscientas nuevas de que ningún naturalista ni ningún viajero ha hablado, y un gran número de otras de que da descripciones más exactas o sobre las que da detalles de costumbres ignoradas antes de él.

Es necesario desconocer personalmente al señor de Azara para que M. Sonnini atribuya al odio y a los celos de ataques dirigidos contra Buffon y contra él en esta obra (2) (Véase la nota del tomo III, pág. 417, de la edición española). Es verdad que muchas veces, examinado conmigo las aves disecadas que están en nuestro Museo de Historia Natural, el Sr. De Azara me dijo que él las consideraba como especies imaginarias compuestas con plumas procedentes de diferentes aves. El Sr. de Azara ha creído que M. Sonnini había proporcionado tales ejemplares a Buffon, y se alza con fuerza contra semejante fraude, y la indignación que le causa da aún mayor rudeza a su estilo, ya por sí extraño a las formas que la costumbre social europea considera como indispensables. He aquí la explicación de las críticas poco mesuradas del Sr. de Azara acerca de M. Sonnini, si bien esto no lo excusa.

Por lo demás, en los preliminares de su edición española sobre los cuadrúpedos nos da él mismo a conocer uno de los motivos que influyeron desagradablemente en su estilo, y que yo no hubiera debido olvidar entre los que acabo de exponer, porque es de naturaleza suficiente para desarmar al censor más riguroso. << Si se encuentra- dice hablando de Buffon- que en la manera de explicarme he olvidado el respecto debido a un tan ilustre personaje, suplico consideren que mi celo por la verdad es la única causa y que yo he escrito lleno de tristeza y melancolía, desesperando de poder nunca librarme de estas tristes soledades y de la sociedad de los animales (1) (Página 7).

Azara había escrito a España diciendo que estaba cumplida la comisión que le fuera encargada, y había solicitado el regreso; pero no había recibido respuesta. He aquí cómo, a pesar mío, vengo a parar al detalle de las causas que lo retuvieran durante tantos años tan alejado de su patria.

Yo me he complacido, en efecto, mostrando a mis lectores a D. Félix de Azara ocupado en ensanchar los límites de las más interesantes porciones de los conocimientos humanos, luchando para ello con la Naturaleza, los animales feroces y el hombre salvaje, más terrible aún. En este espectáculo hay siempre algo que satisface el alma y la eleva; pero la ingratitud de los hombres civilizados, su bajeza y su hipocresía, ¡cuánto la entristece y humilla! Y no es sólo en los populosos estados del antiguo continente donde la avaricia, la ambición y el orgullo nos inspiran con el desprecio de nuestros semejantes el disgusto de la vida: es necesario aún desengañar a los corazones sensibles y las imaginaciones ardientes de su última ilusión mostrándoles que en los extremos del mundo y hasta en los desiertos se encuentran opresores envidiosos y pérfidos.

Permítaseme pasar con rapidez por esta última parte de mi relato. Omitiré muchos hechos importantes de que tengo conocimiento cierto; pero si la voluntad me falta para decirlo todo, el deber que me he impuesto no me permite callarlo todo.

Después de haber pasado tanto tiempo y haberse tomado tantos trabajos para dar a conocer los países donde la suerte lo había arrojado y lo forzaba a residir, D. Félix quiso saber lo que se había escrito antes de que él con el mismo objeto. Emprendió la lectura de todas las obras impresas y manuscritas que pudo encontrar en los archivos de la ciudad de Asunción; pero el gobernador hizo cerrar estos archivos y quitó las llaves al encargado de ellos, para enviarlas a uno de sus confidentes que estaba a treinta leguas al interior.

Este gobernador era solamente ignorante y celoso; pero el que lo sucedió unía a los defectos de su predecesor los vicios de la hipocresía y la envidia. El Ayuntamiento de Asunción había pedido al señor de Azara que le comunicara un extracto de sus trabajos sobre los países cuyos mapas había levantado y que había recorrido, y él se apresuró a ofrecérselo (1) (Este es el extracto que fue enviado a Europa a D. Nicolás de Azara, y que M. Moreau de St.-Méry había empezado a traducir) Quedaron tan satisfechos, que se le dio el título de el ciudadano más distinguido de la cuidad de Asunción. El gobernador se irritó hasta tal punto con esta distinción que hizo quitar secretamente de los archivos de la ciudad el mapa y la descripción de Azara, así como el registro en que estaba inscrito el título de ciudadano.

A pesar de las precauciones del gobernador para ocultar el robo, éste se hizo público, con lo que aumentaron su rabia y sus celos, y escribió a todos los ministros de la corte que Azara no había levantado sus mapas y compuesto sus memorias mas que para entregárselo a los portugueses.

En 1790, seis grandes maletas, llenas de objetos preciosos, fueron enviadas a este gobernador por el gobernador portugués Matto Groso que trataba de corromperlo y atraérselo, y cometió la infamia de aprovechar esta circunstancia para apoyar la mentira que había inventado y hacer creer que estas maletas habían sido enviadas como regalo a Azara. También escribió al virrey de Buenos Aires, y esté se apoderó de todos los mapas y papeles de D. Félix que pudo recoger

Azara, con su conciencia tranquila y la estimación general, hubiera creído comprometer la dignidad de su carácter si hubiera respondido sin ser interrogado a tan horribles calumnias. Tomó tan sólo la preocupación de depositar en manos de un monje de su confianza la parte principal de sus obras, y el tiempo probó que había obrado con prudencia, porque jamás le fueron devueltos los papeles que recogió el virrey.

A estos accesos de persecución sucedió de pronto, con respecto a Azara, una baja y vil adulación, en la esperanza de confiarlo y apropiarse el fruto de sus trabajos. El gobernador de que hemos hablado, estando seguro del éxito a este efecto, había tenido la imprudencia de escribir a la corte, que él había compuesto una Historia Natural de las aves y de los cuadrúpedos de su gobierno y que la enviaría inmediatamente. Pero no pudo obtener de su verdadero autor, ni por fuerza ni por engaño, que se la entregara, y entonces hizo todo lo posible para impedir a los indios salva que llevaran animales a Azara, y quitarle así los medios de perfeccionar y acabar el trabajo que había emprendido.

Entre tanto Azara había comunicado varias de sus memorias a algunos de sus subalternos, que sacaron copias, y apareció una parte de ellas en un periódico impreso en Buenos Aires, pero teniendo cuidado de omitir el nombre del autor. El virrey, reuniendo los trozos, tanto impresos como manuscritos, de la obra de Azara que pudo procurarse, compuso una relación que envió a la corte como suya.

Se puede calcular que con estas disposiciones los virreyes y gobernadores tenían por principio cuando escribían al ministerio de no hablar jamás de D. Félix de Azara ni de sus servicios, y empleaban, por el contrario, toda su influencia en impedirle volver a Europa. Así, lo que hubiera debido procurarle la celebridad, recompensas y honores, era precisamente la causa de la oscuridad, el olvido y el abandono a que parecía condenado para siempre.

No obstante, la injusticia y la ingratitud de estos jefes no disminuían en nada el celo con que él ejecutaba sus órdenes. Fue especialmente encargado de reconocer la costa del sur, donde el Gobierno se proponía hacer establecimientos, y esta comisión era tanto más penosa cuanto que el país se hallaba absolutamente desierto y que todos lo días estaba expuesto a los ataques de los feroces salvajes llamados Pampas. Se le dio luego el mando de la frontera del Brasil, y se le encargó de reconocerla y expulsar a los portugueses que allí se habían establecido. Tuvo también la comisión de visitar los puertos de La Plata y trazar un plan de defensa para el caso de ataque por parte de los ingleses. Compuso además diferentes instrucciones y memorias, que le fueron encargadas por los virreyes y gobernadores, referentes al orden de los negocios relativos a sus empleos. Presentó muchos proyectos de mejora de la administración, entre otros el de dar libertad a los indios civilizados, proscribiendo el gobierno absurdo que había sido establecido para ellos por los jesuitas. (1) (Léase BOUGAINVILLE -L. A. DE- Viaje alrededor del mundo tomo I, volumen. número 3 de la colección de Viajes clásicos, editada por Calpe.)

Durante los últimos tiempos de su residencia en América prestó al virrey de Buenos Aires y a su país un servicio importante, cuya naturaleza merece detallarse.

En 1778 el Gobierno español formó el proyecto de poblar la costa de Patagonia, y un gran número de familias españolas fueron transportadas con este fin a América. Abordaron a los puertos de Montevideo, Maldonado y Sacramento; pero, sea por indolencia o por otro motivo, el virrey que había entonces no encontró medio de establecer convenientemente mas que un pequeño número de familias, y se vio obligado a pagar provisionalmente a las otras una cierta suma, a fin de que pudieran subsistir. Veinte años después el establecimiento de estas familias no estaba más avanzado que el primer día. Resultaba un gran número de familias de que no se sabía que hacer, una infinidad de reclamaciones al Tesoro, un consumo considerable de provisiones hecho por bocas inútiles y una pérdida para el Estado de cincuenta mil pesos por año.

El virrey veía la importancia del mal y desesperaba de alcanzarle remedio. Azara se encargó de todo. Transportó estas familias a las fronteras de Brasil, cerca de las fuentes del Ibicuí, les distribuyó tierras y todos los medios para explotarlas, fundó la nueva villa de San Gabriel de Batovi, estableció otros colonos cerca del rió de Santa María, afluente del Ibicuí, y trazó el emplazamiento de la futura villa, que llamó La Esperanza, y que puso bajo la protección de San Félix.

En fin, en el corto espacio de ocho meses libró al Tesoro de un tributo anual de cincuenta mil pesos fuertes pagados a la holganza. Proveyó a la defensa y la conservación de sesenta leguas de costas, de que los portugueses se hubieran apoderado porque estaban incultas. Se puede ver el comienzo de las piezas justificativas que he unido a esta Noticia una comunicación oficial hecho por el virrey, que contiene en detalle de esta operación.

Cesó por fin el largo olvido de que el Gobierno español se había hecho culpable respecto a un servidor tan decidido y digno de recompensa. Hacia en comienzo de 1801 obtuvo Azara la concesión de su regreso a Europa, que solicitaba hacía tanto tiempo. Pero como no había carta del rió Uruguay desde su catarata hasta el Río de la Plata, para completar el trabajo hizo levantar una a su costa por dos de sus oficiales.

Se dió a la vela para España hacia el fin de 1801. Había sido nombrado capitán de navío el 14 de enero 1789.

De vuelta a su patria, su primer cuidado fue publicar la única parte de sus largos trabajos que podía imprimir sin permiso de la Corte, es decir, la historia de los cuadrúpedos y la de las aves. Las dedicó a su querido hermano D. Nicolás de Azara, y he aquí la epístola dedicatoria que puso a la cabeza de la primera de estas obras:

“Querido Nicolás: Apenas hubimos nacido, cuando nuestros padres nos separaron. Durante el curso de nuestra vida no nos hemos visto mas que durante el corto espacio de dos días en Barcelona, donde yo te encontré como por azar. Tú has vivido en el gran mundo, y por tus dignidades y tus talentos, por tus obras y por tus virtudes, te has hecho célebre en España y en toda Europa; pero yo, sin haber jamás llegado a ningún empleo notable, sin haber tenido ocasión de darme a conocer ni de ti ni de otros, he pasado los veinte mejores años de mi vida en los confines de la Tierra, olvidado de mis amigos, sin libros, sin ningún escrito razonable, continuamente ocupado en viajar por desiertos o en inmensos y espantosos bosques, casi sin ninguna sociedad mas que de las aves del aire y los animales salvajes. He escrito su historia te la envió y te la dedico a fin de que ella pueda darme a conocer a ti y darte una idea de mis trabajos.”

Después marchó a París, junto a D. Nicolás, entonces embajador de España en la corte de Francia. Allí repartía su tiempo entre los cuidados que le prodigaba y el estudio de la Historia Natural. El rey de España le había concedido el titulo de brigadier de ejército el 5 de octubre de 1802; pero su hermano sentía, el trato íntimo, aumentarse cada día el cariño que tenía por él, la superioridad de su edad mezclaba a este sentimiento algo de paternal e hizo que lo comprometiera a presentar de dimisión de su nuevo grado y fijarse al lado suyo.

Don Félix consintió gustoso: ¡Ay!, no ha gozado mucho tiempo de la dicha de haber consagrado su existencia al cariño fraternal: ¡el 26 de enero de 1803 tuvo el dolor de expirar en sus brazos a su hermano querido, al cual había sacrificado todas las esperanzas de la ambición y todo el brillo de los honores!

El rey de España llamo a D. Félix y lo fijó a su lado, nombrándolo miembro del Consejo de generales relativo a los asuntos de las dos Indias. (1). (Miembro de la Junta de Fortificaciones y defensa de ambas Indias,)

Hace aún poco tiempo, terminar esta Noticia, yo tenía la satisfacción de poder comunicar a mis lectores que D. Félix de Azara gozaba al fin en su patria del reposo que había tan bien merecido. Después en vano ha intentado todos los medios que estaban a mi alcance para tener noticias de su suerte y ofrecerle el justo tributo de sus propios trabajos. Con gran sentimiento me veo hoy forzado a dar a la imprenta estas páginas que tracé con tanto placer.

* * *

Creemos deber añadir a lo expuesto por C. A. Wackeaner que al final de su vida se retiró D. Félix de Azara a su pueblo natal de Barbuñales, en la provincia de Huesca, donde falleció en 1821.

También, como ejemplo de las especies desconocidas de mamíferos que describió y que luego le han sido dedicadas, citaremos el aguarichay (Canis Azarae).

La publicación de los Apuntamientos para la Historia Natural de los Cuadrúpedos del Paraguay y del Rió de la Plata se verificó en Madrid en 1802, y en 1805 la de los Apuntamientos para la Historia Natural de los Páxaros del Paraguay y del Rió de la Plata. La de los cuadrúpedos se había publicado en francés en París, en 1801

La obra cuya traducción hacemos al castellano se publico en París, como hemos visto, en 1809, y su tercer tomo es la edición francesa de las Aves del Paraguay y del Rió de la Plata.

Además de estas obras, escribió los trabajos siguientes: Diario de navegación del Tebicuray, Memoria rural del Rió de la Plata, Límite del Paraguay, Descripción e Historia del Paraguay y de Río de la Plata, publicada en Madrid en 1847.

También escribió sus Reflexiones económico políticas sobre el estado del Reino de Aragón. En 1904 D. José Arechavaleta, director general del Museo y Biblioteca de Montevideo, encargó al doctor R. R. Schuller la publicación de su Geografía física y esférica del Paraguay, cuyo manuscrito inédito se conservaba en él.

Son también no pocos los autores que se han ocupado de Azara, casi siempre con motivo de la edición de trabajos suyos de los que quedaron inéditos.

Su deudo D. Agustín de Azara publicó en Madrid en 1847 Félix de Azara y sus Memorias póstumas sobre asuntos del Río de la Plata y del Paraguay. Madrid de 1847.

B. Mitre y J. Gutiérrez, Viajes inéditos de Azara. Buenos Aires, 1873 (Revista del Río de la Plata)

Dr. R. R. Schuller, Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y Misiones guaraníes, compuesta por D. Félix, capitán de navío de la Real Armada, en la Asunción del Paraguay, año de 1790 (Montevideo, 1904).

Luis María Torres, Les études géographiques et historiques de Félix de Azara. Buenos Aires, 1905.

En mis investigaciones sobre asuntos histórico naturales de América en el Archivo de Indias, de Sevilla, encontramos (indiferente general, Expedientes de remisión de maderas, etc. Estante 145, cajón 7, legajo 124) algunas noticias de Azara, y de ellas di cuenta a la Real Sociedad Española de Historia Natural en nota publicada en su Boletín (tomo 15, 1915, página 361). Figura en la nota lo siguiente: Una comunicación de D. Joaquín Alós, gobernador de Paraguay, de 13 de noviembre de 1787, en que habla con encomio de los trabajos de Azara. Una carta de D. Félix, fechada en Asunción en 13 de julio de 1788, dirigida al ministro y hablando de sus trabajos sobre aves. Otras comunicaciones del virrey de Buenos Aires, marqués de Loreto, fechada en 25 de noviembre de 1788, en que dice que estaban ya terminadas las Apuntaciones para la Historia Natural de las aves del Paraguay, en dos tomos, y que las remitía al ministro, ue era don Antonio Porlier. Hay otras comunicaciones, de las que constan repetidos envíos de aves conservadas en alcohol, que Azara hizo al Museo de Madrid. La última comunicación de la serie la firma el virrey D. Nicolás Arredondo, sucesor del marqués de Loreto, y va dirigida al mismo ministro, en 28 de enero de 1790.

Otros documentos comprueban la llegada a la Coruña de los envios de Azara (F. de las Barras.)

 

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