Palmito. Chamaerops humilis. Palmera europe, Zaragoza, 15 de febrero 2020. 
Pasapues > Naturaleza > 20200215 Palmito

Palmito. Chamaerops humilis. Palmera europe, Zaragoza, 15 de febrero 2020. Aragón

Naturaleza 20200215 Palmito



Hoy me he levantado con ganas de ser un Cabecita Loca


Familia de las palmeras. Palmae.

Única palmera natural dev Europa, el palmito crece en las regiones seacas a lo largo de la costa mediterranea desde Italia hacia el oeste, excluyendo Francia.
Se cultiva extensamente.
Muchas formas son acaudales, pero algunas tienen tronco grueso y cubierto de fibras, y pueden alcanzar una altura de 6-7 metros.

Hojas

Redondeadas, cada una con 12-15 foliolos rigidos y puntiagudos.
Nacen de un peciolo fino y espinoso.

Flores

Pequeñas y amarillas en apretados grupos, al principio envuentos en una espata roja.

Frutos

Amarillo parduzco y globular. Diametro 2 cms.

20200215 Palmito Chamaerops humilis, Planta 01
Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 01
Forma de la planta.


Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 02
Flores, frutos y hojas que salen del tallo.

20200215 Palmito Chamaerops humilis, Planta 03
Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 03
Forma de la planta.

20200215 Palmito Chamaerops humilis, Planta 04
Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 04
Tallos leñosos que arrancan desde la base.

20200215 Palmito Chamaerops humilis, Planta 05
Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 05
Tallos leñosos que arrancan desde la base.

20200215 Palmito Chamaerops humilis, Planta 06
Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 06
Desde la base también arrancan hojas que pueden convertirse en otros tallos leñosos.

20200215 Palmito Chamaerops humilis, Planta 07
Palmito, Chamaerops humilis. Zaragoza. 07
Desde la base también arrancan hojas que pueden convertirse en otros tallos leñosos.

Etiquetas o palabras clave

Palmas, palmeras, palmitos, plantas adaptadas a la sequia, el cambio climático mueve las plantas de ambientes calidos al norte, Flores amarillas, plantas crasas y suculentas adaptadas a climas calidos. Flora, plantas, botánica, Imágenes, naturaleza, arboles, flores, elementos, color, fotografías, noticias, conversación. Familia de las palmeras. Palmae.



Conceptos en orden alfabético sobre Aragón desarrollado en Pasapues ademas de

Una recopilación reproducciones artísticas antiguas que documentan los pueblos de Aragón; te mostrarán un Aragón antiguo, base y cimiento de la realidad actual de nuestra Comunidad.
También puedes conocer las imágenes de pueblos y lugares de Aragón.
puedes participar compartiendo información sobre Aragón.

Tienes una invitación a recorrer la Provincia de Teruel.

Localiza la situación de Aragón en un mapa de nuestro territorio.

Conoce un mundo en las fotografías de Serafín Urzay.



Aragón en datos | Aragoneria | Mapas | Documentos | Naturaleza

12


Hoy toca Teruel y sus maravillas

UN ARTE MILENARIO

La pintura rupestre se encuentra extendida por toda la provincia. En los abrigos de las imponentes montañas de la sierra de Albarracín, hay notables pinturas de la época epipaleolítica que el doctor Martín Almagro atribuye a pueblos de origen africano, llegados a España después del Paleolítico Superior. Son interesantes estas muestras por haber resuelto el discutido problema entre las escuelas franco- cantábrica y levantina; se puede presumir que los abrigos de levante son posteriores a las cuevas hispano-francesas. Las superposiciones de las Olivanas y del abrigo de Doña Clotilde, acusan la larga duración del rupestre en esta zona. En estos impenetrables lugares debieron de subsistir las tribus de cazadores, cuando el neolítico se desarrollaba en otras partes; por este aislamiento, observamos una continuación de ideas técnicas, artísticas y espirituales, semejantes a las de los hombres paleolíticos, hasta épocas muy avanzadas. Las pinturas se hallan en rocas de arena triásica, de nominada “Rodeno”, de color rojo, entre el exuberante pinar, que anima la belleza de estos parajes, los ingredientes cromáticos debieron de ser grasa de animales con polvo finísimo de roca blanquecina, que resalta sobre el fondo rojo.

De los conjuntos albarracinenses, destaca una escena de Las Olivanas por su realismo, con la figura de un gamo muerto y de un cazador que se acerca a tomarlo. La etapa culminante del arte pictórico de Levante se halla en el abrigo de Doña Clotilde, que muestra figuras muy esquematizadas; en este arte paleolítico, ya en decadencia, el paisaje, en su primaria significación, hace presencia con una lora concebida infantilmente.

De las pinturas rupestres de la Tierra Baja, lo más interesante se halla en la cueva de Val del Charco del Agua Amarga; destaca la figura de un cazador portando flechas; pero la escena cumbre por su realismo y movimiento, es la del jabalí perseguido por un cazador, que nos evoca otras pinturas levantinas. Esta cuerva es documento estimable para el estudio de la escuela levantina, por sus diversos estilos, tan peculiarmente superpuestos. Algunas figuras están trazadas torpemente, pero otras nos asoman por su palpitante realismo.

Un ejemplo: El arquero de Las Olivanas, cerca de Tormón, o la aparición del paisaje en el Covacha de los Trepadores, cerca de Alacón.

EL MITO DEL TORO EN LA COREOGRAFÍA TUROLENSE.

El toro es el signo mas antiguo del Zodiaco, por lo que entra dentro del mito universal de la luz y de las tinieblas; fue símbolo de la procreación y de Dionisos; el cristianismo le puso al lado de San Lucas, en el tetramorfos. Los toros turolenses pertenecen al ciclo mediterráneo, del buey Apis y del minotauro de Creta. El toro fue animal sagrado en España, según nos cuenta Diodoro de Sicilia.

Quizás por su carácter divino, fue representado repetidas veces en los lienzos rocosos de la abrupta geografía turolense ya en 1911, el abate Breuil, y Cabré Aguiló, estudiaron algunos de los existentes en la Sierra de Albarracín, en el barranco de Las Olivanas, hacia Tormón; ellos vieron las semejanza de estos toros; con los de Minateda y Cogul, a juzgar por los cuernos en forma de lira, mientras que el convencionalismo de tres o cuatro patas delanteras para indicar el movimiento, quiere recordar al paleolítico hispano- francés. Los sabios citados encontraron hasta nueve series en este conjunto de toros, équidos, cervidos y figuras humanas. Posteriores exploraciones aumentaron el repertorio pictórico de toros rupestres, destacando los de la Cocinilla del Obispo, por sus figuras rojizas, llenas de vitalidad. En los roquedales del Prado del Navazo, también en los Montes Universales, vemos a dos cazadores disparando sus flechas contra un toro. Las investigaciones del eminente prehistoriador turolense, don Martín Almargo, han dado a conocer las diferentes yuxtaposiciones pictóricas que realizaron los artistas del Paleolítico en esta zona.

La mas bella estampa de toro de todo el rupestre levantino, se encuentra en el pueblo turolense de Ladruñán, en la cueva del Pudiol. Aparece en movimiento, representado con minuciosidad anatómica verdaderamente sorprendente, dentro de los convencionalismos propios de este arte.

Este animal mítico, fue decisivo en la fundación de la ciudad de Teruel; así nos lo refiere el Libro Verde: <<Es los Adalides es los mas servidores de tal fecho, subieron a la muela et allí do es ahora la Plaza, de mañana en el alba trobaron su bel toro, et andaba una bella estrella sobre él; et luego que los vido el toro comenz a bramar, et dijeron los adalides que aquí había buenas señales por fer Población i allí tomaron señal>>.

HUELLAS DE LA ANTIGÜEDAD.

La importancia de las tierras turolenses en tiempos pretéricos, se explica por los restos que de día a día aparecen. Apenas hemos dicho algo del legado pictórico que dejo el hombre prehistórico. Los poblados ibéricos son incontables y solo unos pocos han sido excavados; pero ninguno supera en interés a las ruinas del Cabezo de Alcalá, en Azaila, que merecieron las calificaciones de Monumento Nacional. En ellas se reconoce un primer asentamiento céltico, al que sucedido la ciudad de fines del siglo III; a principios del siglo I antes de Cristo, fue construida sobre las ruinas incendiadas de la pierna, pero ésta fue a su vez incendiada y sustituida por la nueva ciudad ibérica, ya romanizada, que sería destruida en las guerras sertorianas. Las excavaciones han puesto de relieve la red de calzadas, sistema de pavimentación y desagüe, así como los principales edificios. Además de esculturas, el gran legado de Azaila ha sido la cerámica, ya que sus alfares fueron de los mas importantes, desde el Nordeste de España, hasta el Ródano. No deja de acusar cierta relación con la del Sur de Italia, cosa explicable por los numerosos militares que se establecieron con España durante el siglo I antes de Cristo.

En esa zona de la provincia, se encuentra otro yacimiento, las Ruinas de San Antonio, en Calaceite. Su cerámica aparece relacionada con la de Azaila, Valencia y Cataluña. Curiosas son las estelas con representaciones ecuestres y la serie de lanzas que recuerdan la costumbre ibérica de colocar en la tumba del guerrero muerto; tantas lanzas como enemigos hubiese vencido.

Las huellas de Roma surgen acá y allá, por toda el área de la provincia. Algunos de los restos hallados pasaron al Museo Arqueológico de Teruel, y otros hace tiempo que fueron emporrados en iglesias, como en la catedral de Albarracín y en la parroquial de Calomarde. En el valle del Jiloca hay todavía dos puentes, en Calamocha y Luco, ubicados ambos en la calzada romana que iba de Zaragoza a Córdoba. El de Luco ha perdido mucho de su elegancia primitiva al desaparecer el pretil y cubrir el río los pilares con sus continuados arrastres.

Monumento funerario y calle de una ciudad ibérica, fundada a fines del siglo III a. C. cerca de Azaila.

PUENTES Y ACUEDUCTOS.

Dada la ubicación medieval de Teruel, en una colina que la defendía con sus terraplenes naturales, se ubicaron los edificios, para construir luego una serie de obras que facilitaran el acceso a la ciudad.

El mas bello de todos es el Acueducto, vulgarmente conocida por los Arcos, obra de grandiosidad romana que levantó a mediados del siglo XVI el arquitecto Quinto Pierres Permitió el desarrollo moderno de la ciudad con una urbanización en abanico, partiendo del mismo puente. Aún hay otros puentes: el de la Reina, el de San Francisco, etc., pero no olvidaremos el mas insignificante, el de Doña Elvira, de tablas, pero aureolado por la leyenda de aquella dolorida mujer, cuyo marido murió alevosamente en el Puente de San Francisco, y que ordenó construir este para no hollar el otro, de tan triste recuerdo.

La obra singular de Los Arcos merece una descripción, aunque breve. No solo es el mayor acueducto renacentista, sino el mas bellos de los pocos que nos ha llegado de la España del siglo XVI. Su mayor originalidad reside en su doble función: puente y acueducto, ello debió de ser una exigencia del régimen foral turolense, entonces vigente, pues en el Forum Turolii se estipula: “Y cualquiera que hiciera un acueducto debe asimismo hacer en él un puente…”. La obra resultó tan bella que en todo momento ha levantado unánimes aplausos. Ya en el siglo XVI. El libro Verde de la ciudad la calificó como ¨obra de las mas admirables de España¨. Un siglo después, el portugués Juan Francisco Labaña escribió en su Itinerario de Aragón que Los Arcos están ¨muy bem feytos, e altos, que be obra asimilada¨. Pero nadie como el infatigable Ponz supo captar el espíritu de la obra: ¨El acueducto – escribió -, presenta cierta idea magnífica, que recuerda los suntuosos edificios que los romanos hacían de esta clase¨. Así quedaba bien expresado el carácter de la mejor interpretación del Renacimiento que hizo Vedel.

LA MURALLA DE CUARENTA TORRES.

Un manuscrito de 1695 sobre la Real Militar Compañía de Caballeros de San Jorge en la ciudad de Teruel, nos refiere: “Los muros de la ciudad están adornados con cuarenta torres las mas de ellas, de hermosa arquitectura”. Los hombres y el tiempo han destruido estas sólidas construcciones, y de ellas no quedan mas que unos muros desdentados y unas referencias literarias.

Subsiste todavía la torre Bombardera, con sus ángulos achaflanados, propios para la defensa, con cañoneras que favorecen el tiro rasante. En su coronación debió de tener almenas y matacanes volados; las cañoneras nos ayudan a fijarla cronológicamente, dentro del siglo XV.

Mejor conservado se encuentra el torreón de Ambeles, que recuerda la ubicación del antiguo Alcázar; por haber pasado a principios del siglo XVIII a la familia Ambel, se le conoce con el nombre de Castillo de Ambeles. El la mas interesante de las construcciones militares de Teruel, por la originalidad de su planta con ángulos de resalte mayores y menores en alternancia; a dos tercios de su altura presenta una cornisa que da movimiento a la inusitada composición.

Se puede hacer el periplo del casco urbano medieval, en un paso extramuros, poco mayor de un kilómetro. En el extremo Nordeste, al fin de la calle del Tozal, estuvo la Puerta de Zaragoza, reconstruida en 1379, en forma similar a la de Cuarte de Valencia. Tras el Mesón de la Comunidad, estuvo el Portal de las Carnicerías Altas. En el punto de unión de Los Arcos con la muralla, se encuentra el Portal de la Traición, que nos recuerda la entrada de las fuerzas castellanas en 1363 por ¨Tracto malo e falso¨, según las crónicas.

El costado septentrional es el mas pintoresco de la ciudad; serpenteante camino, asciende hasta el Portal de Daroca, conocido ya en 1566 por la Andaquilla; su arco evoca a los turolenses el regreso angustioso del infortunado amante, Juan Diego Martínez y Garcés de Marcilla, el mismo día de la boda de su enamorada (según la leyenda). Ningún vestigio queda de la Puerta de Guadalquivir, del Postigo y del Portal de Valencia, situados en las partes meridional y oriental del circuito murado de la ciudad.

La Bombardera, es una de las cuarenta torres que tuvo la ciudad de Teruel (s. XV).

PLAZAS Y CALLES.

El centro vital de Teruel es la Plaza de Carlos Castel, o del Torico, llamada así porque un minúsculo toro se levanta sobre un alto pedestal columnario, presidiendo con hieratismo totémico el murmullo de la ciudad que le está dedicada. Cortés y López, un etimologista turolense, tuvo la obsesión de ver raíces hebreas en la toponimia española; según él, el primitivo nombre de Teruel fue Turba, que derivó de las voces hebreas tbou y bat e interpretó como domus tauri, por tanto, Teruel venía a ser como casa o templo del toro. El actual monumento data de 1858 y vino a sustituir a otro, mas bello, realizado en el siglo XVI.

Por la plaza del Torico, pasa la única arteria axial que divide en dos partes el antiguo casco urbano. La topografía del lado oriental conserva mejor sus rasgos medievales; aquí se cobijó la judería turolense, a espaldas de los castillos de Ambeles y de San Esteban, formando parte de ella las calles que, mas o menos radialmente, inciden en la actual Plaza de la Judería; en la calle adjunta de la Comadre, estuvo la sinagoga. No todos los judíos vivieron en este recinto, pues los mas ricos habitaron en la antigua Albardería (hoy Salvador), en Ricoshombres, calle que parecía confinada a la aristocracia, y en la Alcaicería (San Juan), a cuya entrada los Nairíes tuvieron su casa de cambio.

No pocos hechos históricos nos evocan las tortuosas callejuelas de este sector, el mas vetusto del urbanismo turolense. El camino de ronda lo señalan las calles de San Esteban y la Plaza de Bolamar (recuerdo del capitán bul Amar, jefe de una compañía de moriscos que defendió la ciudad contra los ataques de las aldeas). A espaldas del torreón de Ambeles estuvo la llamada Casa del Judío, famosa por su rico artesonado mudéjar del siglo XV.

El Arrabal, no ha perdido su carácter arábigo, con los característicos callejones sin salida. Aquí vivieron apartados los moriscos hasta su expulsión, aquí habitaron aquellos alarifes que doraron a la ciudad de las soberbias torres. Todavía en este barrio subsisten las ollerías, en las que se elabora una interesante cerámica.

En la plaza del Torico, se encuentra el monumento al animal que propició la fundación de la ciudad.

TERUEL: IGNORADA MARAVILLA.

Nuestra ciudad ha permanecido casi olvidada hasta tiempos recientes: ni el P. Flórez, ni Villanueva, ni los autores del Teatro histórico de las Iglesias de Aragón, dicen nada de ella, solamente en obras de carácter general, como las de Zurita, Ponz, Madoz, etc, se encuentran referencias. Traggia y algunos eruditos locales, exploraron sus archivos. Hasta mediado el siglo XIX, Teruel continuó desconocido, y solamente Cuadrado le dedicó unas breves páginas de su obra, pero ni Roscoe, ni Borrow, ni Quinet, ni Teófilo Gautier, ni otros viajeros de la pasada centuria, han dejado referencia de su paso. Pero lo cierto es que ya desde el Paleolítico el río Turia atrajo a los cazadores prehistóricos, que acechaban a los animales de los bosques próximos, dejándonos como testimonio, en el paisaje terciario miocénico que rodea a la ciudad, sus raederas, hachas y cuchillos.

Este silencio que han guardado viajeros e historiadores, podría hacer pensar que la tierra turolense es espiritualmente árida, mas no es así; sus monumentos y hombres demuestran lo contrario. Díganlo los brillantes volúmenes de sus torres, realizadas en ladrillo, que son el documento artístico mas valioso que Teruel exhibe de su vinculación al genio artístico nacional. Desgraciadamente la mentalidad barroca no comprendió la belleza de éstos volúmenes, tan gallardos y limpiamente aristados, y hasta permitió la destrucción de la torre de San Juan, conocida por la “fermosa”. Actualmente la mas admirada es la de San Martín, que se ofrece ante propios y extraños con una belleza renovada cada día, en el escenario de una histórica plaza. Asimismo, es un timbre de gloria histórica y artística el artesonado catedralicio, en el que se presenta la ¨comedia humana¨ de la sociedad medieval de Teruel en el momento mas glorioso de su historia.

En cuanto a sus personajes, don sintieron el amor como únicamente la imaginación de los poetas lo ha recreado. El morir de pena y amor es una realidad que solo ha sido concedida a dos enamorados turolenses, pero ¿es posible morir de amor? Todo es posible a los humanos capaces de tener grandes pasiones, que mueren para vivir una vida mejor en la región de la Eterna Belleza.

El cuerpo de la Catedral ofrece un aspecto pintoresco.

TERUEL: CIUDAD DEL AMOR

No se puede escribir de Teruel sin hacer referencia a sus mas ilustres personajes: Isabel de Segura y Diego Garcés de Marcilla, cuya vida nos ha llegado envuelta entre las brumas de la leyenda y las sombras de una época histórica llena de silencio. La hermosa leyenda de amor debió de ocurrir el año de 1217, siendo juez de Teruel, Domingo Celada.

¿Existieron los Amantes de Teruel? Ningún turolense duda de ello, pero los historiadores y comentaristas literarios no están acordes. El infatigable cronista de la ciudad, don Jaime Caruana, ha conseguido unas apoyaturas documentales para la judicatura del citado Domingo Celada, que corroboran la fecha de la anónima tradición, pero queda todavía una noche oscura de mas de tres siglos, desde el supuesto hecho hasta el año 1555, sin una sola referencia histórica.

Y, ¿qué nos queda del Teruel de los Amantes? Casi nada. Las famosas torres mudéjares, las iglesias y la Andaquilla, según hoy se encuentran, son posteriores al suceso. Embrolla mas el asunto la semejanza de la leyenda con el cuento de Boccaccio Girolamo y Salvestra, escrito a mediados del siglo XIV en Florencia. Sería razonable pensar en la existencia de una fuente literaria de la Antigüedad clásica, que está por identificar de la cual deriven tanto la versión turolense del siglo XIII como la italiana del XIV. La leyenda turolense ha motivado varias obras de nuestra literatura, siendo las más feliz y famosa el drama romántico de Hartzenbusch.

En las artes plásticas, inspiró al pintor Muñoz Degrain y al escultor Aniceto Marinas. El moderno sarcófago ha sido realizado por Juan de Ávalos; su feliz composición nos presenta a la enamorada, bella de cuerpo y de alma, y al bizarro doncel, unidos por sus manos en lazo eterno de amor. Cada uno de los cuerpos descansa sobre el carnero correspondiente, abierto lateralmente por unas celosías de tradición mudéjar, para que el visitante curioso pueda contemplar las momias si lo desea. El lugar adecuado de su presentación, será el claustro gótico de la iglesia de San Pedro, previamente restaurado.

UNA DETERMINANTE TUROLENSE: EL MUDEJARISMO.

Mudayyan o mudéjares, tributos o sometidos, debió de haber muchos en el Teruel preforal, formando barriada en los extramuros. El fuero de Teruel (1176) consideró libres a estos moros de paz, pudiendo convivir con los cristianos en paridad de derechos sociales. No sucedía lo mismo con los moros esclavos, cuya valoración social no fue superior a la de las bestias. La clase mudéjar fue muy dinámica, absorbiendo gran parte de la vida económica de la ciudad; además de labradores, debieron ser herreros, zapateros, peleteros, tejedores, tintoreros y alfareros de tejas, ladrillos, cántaros y ollas. Las disposiciones del Forum Turolii, el gran monumento literario sobre la vida del Medievo turolense, nos ayuda a evocar las animadas escenas de las angostas calles de la ciudad.

A los mudéjares debe Teruel su época áurea. La ciudad destaca en el ámbito peninsular por dos especialidades mudéjares: las torres y la cerámica, por ello, no sin razón, Teruel ha sido bautizada como la ciudad de mudéjar por antonomasia, así que gran parte de los edificios turolenses, están tocados de este estilo. De la catedral dijo Lampérez que, si se conservase completa y sin alteraciones, sería caso único, sin duda, de un templo episcopal de estilo mudéjar.

Teruel continúa siendo mudéjar por herencia y apego natural al estilo, llegando a ser hoy determinante estético de su paisaje. Ya el fuero reglamentó la industria alfarera lo mismo que los precios de “ollas, cántaros y además vasos”. La ciudad fue durante los siglos XIII y XIV, un centro especializado en la elaboración de azulejos, placas columnitas y escudillas, destinadas a la decoración de las torres. El material empleado es una pasta ferruginosa, muy rojiza, barnizada de blanco, sobre la que destacan los morados puros y los verdes brillantes, aún mas que en Paterna. Con evidente acierto, se ha destacado la prioridad cronológica de la cerámica turolense sobre la valenciana. Maríneo Sículo, en su obra Opus de rebus Hispaniae memorabilius, celebra así la importancia de la cerámica turolense: “Turolii fiunt praecipus sunt et caeteris pulchriora”.

TORRES MUDÉJARES.

Amador de los Ríos llamó mudéjares a las manifestaciones artísticas de los musulmanes que vivieron bajo los cristianos vencedores; de nuevo se repitió el Graecia capta de Horacio, y los vencedores fueron vencidos culturalmente. Lo mudéjar, en su fuente original, es oriental, islámico. Sus volúmenes, tan regularmente aristados, no pesan, es decir, no son masa. Sus decoraciones carecen de relieve y dan la impresión de ser brillantes y fastuosos tapices. España ha sido campo de interacción de Oriente y Occidente, que ora aparecieron en lucha, ora en ambiente de fecunda paz. La convivencia de moros y cristianos, motivó el ensamble de sus formas artísticas y culturales. Recientemente, algunos ensayistas han extendido el concepto mudéjar a toda obra artística, literaria, jurídica, económica, filosófica, etc., en la que se combinen armónicamente lo cristiano con lo musulmán; no solo la literatura aljamiada, si no buen parte de la obra del Rey Sabio, el Libro del Buen Amor, los romances, e incluso El Quijote, han sido calificados como mudéjares.

Examinando lo mudéjar en su esencia, vemos que se trata de un estilo autóctono, muy original, que responde a las exigencias de la tierra y del pueblo; exhibición de volúmenes rotundos y de decoloraciones planistas, dispuestas bajo rígida disciplina geométrica. La más feliz intuición de Menéndez Pelayo en el terreno artístico, fue considerar lo mudéjar como o el único estilo peculiarmente español de que podemos envanecernos. Se ha considerado el arte hispano-morisco, como el arte nacional de la España medieval. Y solamente entendido así, se comprende su proyección histórica; tan hondas raíces echó en nuestro suelo, que rara será la forma artística que no surja tocada de mudejarismo.

Este estilo arraigó profundamente en Teruel, donde dejó los mas vellos ejemplares de torres: San Martín (1315) y El Salvador, de composición similar, que rivalizan en belleza y en las que debieron intervenir los mismos artistas, a los que la musa popular ha presentado en una leyenda trágica rivalidad. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el mudéjar se expandió por los valles de la provincia, donde el ladrillo abundaba, dejando una serie de campanarios que atestiguan la facilidad con que este estilo se amalgamaba con otros, como el Renacimiento y el Barroco.

Y además se deben de citar la Torre de San Pedro (s. XIII), y la Torre de la Merced, la última de las torres turolenses (siglos XVI- XVII).

UNA EXHIBICIÓN DE LA SOCIEDAD MEDIEVAL.

Una opus magnum de la catedral de Teruel es el artesonado. Este lote de pintura gótico- lineal decora una armadura de par y nudillo, que es la primera de España por el desarrollo de los temas decorativos y subhistóricos. Un vivo documental de la Edad Media palpita en esta atmósfera mágica, que el visitante puede gozar gracias a unos balconcillos corridos situados a gran altura.

En torno a esta obra cardinal del tesorero artístico turolense, no se conoce documentación; por ello, su cronología ha sido muy discutida. Dada la carencia de pruebas documentales, el problema queda en mano de las sugerencias estilísticas. En otra ocasión he puesto de relieve la presencia de cuatro pintores de Teruel durante el primer cuarto del siglo XIV, Bernabé Alluvena, Fortún Ximénez, Pedro Guarín y Juan El Pintor; asombra que el gremio fuese tan numeroso en este lapso de tiempo, pues nunca en la historia turolense se conocieron tantos pintores juntos. Posiblemente se trata del equipo que realizó la enorme obra del artesonado. Los arcaísmos de la obra son explicables, por tratarse de pintores artesanos que vivían con cierto retraso las modas estilísticas, y ser Teruel un medio sin tradición pictórica considerable.

El punto mas controvertido es el referente a la interpretación del contenido del artesonado. Es preciso ser muy liberal para alcanzar una interpretación del material temático en orden a una concepción sistemática, que no parece que estuviera en las mentes de los que hicieron el artesonado. Indudablemente hay vagas referencias a la historia turolense, pero no un paralelismo tan sistemático como se pretende. Además, no hay que olvidar que los artesones pintados fueron trastocados y no nos han llegado en el orden primitivo.

Lo mas interesante de esta obra, es que en ella desfila la sociedad medieval española en un momento determinado: el primer cuarto del siglo XIV. Tiene mas interés la indumentaria femenina que la masculina, y hay una clara persistencia de las formas del siglo XIII en ciertas prendas femeninas, aunque otras denuncian ya los gustos del siglo XIV.

EL MUSEO EPISCOPAL DE TERUEL

El Palacio Episcopal, aunque muy restaurado, conserva su traza antigua. Su construcción fue lenta, desde fines del siglo XVI hasta el término de la centuria siguiente. Tiene patio arquitrabado con columnas jónicas, y galería de arcadas en el piso superior, el aragonesismo de la construcción lo patentiza la arquería bajo el alero.

El incipiente Museo Diocesano se expone en la galería superior del patio, mientras se prepara el edificio adecuado, feliz acontecimiento que no sabemos cuando ocurrirá.

Las obras expuestas son de un valor desigual. Dignas de recuerdo son las tablas de Santa Catalina y de San Miguel, que se creen obra de Lorenzo de Zaragoza. Quizá sean resto de un retablo que en 1366 la reina doña Leonor, ordenó le fuera pagado y que había hecho para el convento de Las Claras de Teruel. Recientemente, Gudiol ha visto bajo los repintes, la personalidad del autor del retablo de Jérica, enriquecida con nuevas originalidades y ostentando la típica grandiosidad, que constituye la gran revelación de Lorenzo de Zaragoza.

Pieza altamente interesante es el cuadro del Patrocinio de la Virgen, que Gudiol ha atribuido a un anónimo Maestro de Teruel. A juzgar por la fecha en que debió ser realizado, segundo cuarto del siglo XV, Juan de Boniella pudiera ser un probable pretendiente. En esta obra, se llega a la apoteosis de los imaginativo; hay en ella ua mezcla de fantasía y lirismo, que no es sino una resonancia inequívoca del influjo germánico de tipo valenciano que parte de Marçal de Sac. Esta obra de primer orden destaca además por su curiosa iconografía, ya que presenta los pecados capitales en los nichos de la cátedra de la Virgen; las víctimas de cada pecado indican con una flecha aquella parte del cuerpo con la que se cometió el pecado correspondiente. Esta valiosa tabla debe ser clasificada en la última fase del gótico internacional, poco antes de la invasión flamenca.

LO MEJOR DEL IMAGINERO FRANCES YOLI.

La actividad escultórica en Teruel, puede considerarse casi como inexistente hasta la venida del Renacimiento. En Teruel, el estilo renacentista adquirió esplendor gracias al concurso de los artistas galos, el escultor Gabriel Yoli y el arquitecto Quinto Pierres Vedel, ambos activos en tierras aragonesas, pero que dejaron, precisamente en Teruel, sus obras mas significativas.

La presencia de Yoli en Teruel data de 1532, cuando hizo el contrato del retablo mayor de la catedral, cuyo, coste, sin dorar ni policromar, alcanzó la cifra de 20.000 sueldos. Fue una fortuna que el retablo nos haya llegado sin dorar, así podemos admirar el toque directo de la gubia y los trazos vivos y nerviosos del escultor sobre la madera. Las figuras se caracterizan por las proporciones esbeltas, tendencia que inició el escultor en el retablo de Aniñón. La interpretación de las cabezas está muy influida por el arte de Miguel Ángel; no está lejano el expresionismo de los maestros castellanos, Berruguete y coetáneos, como se advierte en algunas escenas y en las magníficas figuras del Apostolado. Es elevado el interés de esta obra porque nos muestra el fin de la tarea del gran imaginero francés, ya españolizado, con esas formas que tratan de definir a sus atormentados personajes.

El escultor francés, al que Aragón debe la mejor talla del Renacimiento, murió terminando esta obra en 1538; su cuerpo mereció el honor de ser enterrado en medio de la nave mayor; se cubre el sepulcro con lauda, que muestra en bajorrelieve al artista envuelto en capa, espada al cinto en señal de nobleza, y cabeza sobre almohadones e inscripción en torno.

El más hermoso retablo turolense del Renacimiento, el de San Cosme y San Damián, en la iglesia de San Pedro de Teruel, tiene el sello inconfundible del maestro francés, lo que corrobora un documento de 1537. La composición es similar a otra anterior de Yoli, el retablo de Bolea. Los titulares aparecen en tamaño natural y elegantes posiciones, con atuendo que nos evoca a dos sabios renacentistas. Según Weise, las escenas laterales del banco, acusan otra mano.

RESURGIMIENTO DE TERUEL.

La época dorada del arte y de la vida turolense fue el Medievo, iniciándose ya en el siglo XVI la decadencia, que reflejan fielmente los monumentos. Las invasiones Seudo- renacentista y barroquizante inundaron todo, hasta el remate de algunas torres medievales. De este incluso barroquismo se libraba la iglesia de la Compañía, construcción feliz del siglo XVIII, obra del arquitecto turolense, José Martín de la Aldehuela, pero desapareció en los azares bélicos de la Cruzada. Algún viejo templo como el de San Pedro, tras de sufrir los estucos barrocos, a fines del siglo XIX, fue decorado a lo Viollet-le-Duc, sustituyendo la severidad del gótico-mudéjar por una policromía chillona; estos deseos restauradores hubieran sido felices si en lugar de buscar el pastiche galo, se hubieran tomado como modelos las iglesias del arcedianato de Calatayud.

El siglo XX, pese a las dolorosas amputaciones, ha dado a Teruel una nueva cara, tanto en las nuevas edificaciones como en las restauraciones. Está todavía por estudiar la significación del modernismo en Teruel, que aparece vinculado por medio del arquitecto Monguió, a la escuela barcelonesa; los dos edificios mas significativos, son los almacenes comerciales de Ferrán y del Torico, ambos en el centro de la villa turolense.

Poco después se realizaron el Viaducto y la Escalinata, que tanto embellecieron los accesos a la ciudad. El Viaducto fue proyectado por el ingeniero Fernando Hué, contándose entre las obras mas atrevidas de aquel momento. A uno de sus extremos se colocó un monumento escultórico de Victorio Macho. La monumental Escalinata, que salva el desnivel existente entre la ciudad y la Estación de la Renfe, fue realizada en 1321 por el meritísimo turolense, José Torán de la Rad, quien la decoró con guarniciones neo-mudéjares. Esta bella escalera, a mitad de s altura, se bifurca en dos tramos curvados para abrazar la composición del retablo de los Amantes, altorrelieve del escultor Aniceto Marinas.

ALBARRACÍN: CIUDAD ÚNICA.

En la época visigoda parece ser que esta ciudad se llamó Santa María de Oriente, pues así lo recogen las crónicas árabes. Los dominadores musulmanes de esta zona fueron berberiscos, pero la ciudad reunió una población heterogénea, lo que evidencia una lápida árabe, perteneciente sin duda a un mozárabe. Bajo la dominación islámica, hubo un obispo cristiano, según la Crónica General, el cual recibió al Cid en 1089. Hasta los judíos tuvieron aquí cobijo, ante la actual iglesia de Santa María, lugar conocido tradicionalmente como Campo del Judío.

En cuanto a los restos de construcciones, es difícil pensar si estás corresponden a Santa María, como ciudad árabe antes del siglo XI, o si solo hubo hasta la venida de Hudail (1013-1014), un pequeño castillo que dominaba las ruinas de las primitivas construcciones romanas o hispanogodas. De la época de Hudail, son el llamado “alcázar” y la torre del Andador, que juntamente con la desaparecida “torre del agua” formaban un triángulo estratégico. Al parecer, Albarracín fue ciudad abierta, de modo que la población en un momento de peligro podía cobijarse en las fortalezas. Durante la época cristiana, su importancia aumentó según el interés que pusieron Jaime II y Pedro IV, en la conservación y restauración del sistema ofensivo. La ciudad, probablemente, se cerró a fines del siglo XIV levantando la muralla conocida por el “Muro”. Este es de mampostería concertada, en muros de metro y medio de anchura y doce metros de altura; los torreones cuadrados tienen una altura de 16 metros, su número es de 9, mas la torre del Andador. Ninguno tan evocador como éste, ante el que acampó en 1220 Jaime I para poner sitio a la ciudad, no logrando reducirla.

Hay en Albarracín algo que está sobre los monumentos y que nos hechiza: sus callejuelas de abolengo moruno, serpenteando por el reducido casco urbano; sus pintorescas casucas, llenas de inagotables puntos de vista; sus viejos portales y sus murallas desdentadas. Por todo esto, es una lección permanente de Historia. Aislada la ciudad por su difícil emplazamiento, ha resistido el avance de los tiempos, que todo lo uniforman, lo que, unido a su natural tipismo, ha hecho de la villa un solo y auténtico monumento.

LA HISTORIA DE GEDEON.

La Sala Capitular de la Catedral de Albarracín, atesora un interesante conjunto de tapices flamencos, que representan la historia de Gedeón, al que eligió el Señor para que libertara al pueblo hebreo del yugo madianita. Se encuentran allí por donación del Obispo don Vicente Roca de la Serna (1606-1608), de quien dice el episcologio: ¨dejó a su iglesia una preciosa colección de tapicería, un terno muy costoso y un exquisito portapaz con embutidos de esmeraldas y otras piedras finas, que había sido alhaja de un Pontífice Romano¨.

Los tapices tienen la signa de un escudo entre dos B, lo cual nos declara que fueron hechos por tapiceros de Bruselas- Brabante, pues desde 1528 usaron este definitivo; otra marca que llevan se ha querido identificar como la firma de Francisco Geubels, que tuvo fábrica en Bruselas desde 1534 a 1571.

De los ochos que formaron la donación se conservan siete y un fragmento del octavo. La altura de tres metros y setenta cms, es uniforme, aunque varía la anchura. La historia de Gedeón se ha tomado del Libro de los Jueces (caps. VI, VII y VIII). De las materias empleadas en su confección, se aprecian claramente lana, algodón, estambre y seda; esta última es abundante y está bien conservada. El tinte de las lanas parece ser aceptable, destacando los colores verde y azul, y algo menos el carmín, rosa, sepia y medias tintas.

Dentro de la historia del tapiz flamenco, los de Albarracín, representan la decadencia de éste en Bruselas. Las composiciones son cuidadas, lo que resulta difícil por las numerosas figuras. Quizá sea una obra de mediados del siglo XVI, y si su autor fue Geubels, éste se caracteriza por la tosquedad y pesantez de las figuras, pese al dominio del movimiento y aún de las formas anatómicas, muy de acuerdo con el manierismo de pintores flamencos coetáneos como un Heemskerck o un Frans Floris. Mas interesantes que las grandotas y teatrales figuras, son los bordes de cada composición que, aparentemente iguales, varían en detalles. Hay una mezcla de elementos animados con otros vegetales y geométricos, éstos quizá derivados de Vredeman de Vries.

EXTRAÑA INTERPRETACIÓN DEL ÁRBOL DE LA VIDA.

El objeto mas extraordinario de todo el tesoro artístico de Albarracín, es un Cristo de marfil, que se guarda en el convento de las Madres Dominicas. Pese al interés de esta pieza excepcional, casi nada se sabe acerca de su origen; acabado el convento en 1621, con posterioridad parece ser que llegó la pieza por donación.

Gracias a la investigación Margarita Estella, sabemos de su carácter estilístico y de su notabilísimo valor iconógráfico. El Cristo responde al tipo denominado de los ¨expirantes¨ y es de origen filipino. La composición de la escena es de aire renacentista, pero los detalles decorativos – indumentaria y muebles- así como la organización en diagonal de los bajorrelieves de los medallones, pertenecen al siglo XVII. Los artesanos de las Islas Filipinas que lo realizaron, han debido de tener presentes grabados se inspirarían a su vez en otros del siglo XVI, con lo cual quedaría aclarado cierto sentido arcaizante, ya que la obra puede fecharse a mediados del siglo XVII.

En líneas generales, la composición de la pieza responde a la idea del Árbol de la Vida; caído Adán, es redimido en el Árbol de la Cruz; en diversas escenas de los relieves se subraya la Redención, ya que ellos representan los misterios del Santo Rosario. No se conoce una representación plástica que se pueda considerar como fuente directa de la rara pieza. Se trata quizás de una adaptación especial del tema del árbol DE Jessé, ya que numerosos grabados fueron imitados en marfil en Goa; ellos presentan gran similitud con la escultura hispano-filipina de la época colonial, que, naturalmente, manejó con frecuencia estas recreaciones orientales. Durante los siglos XVI y XVII fue muy frecuente la representación de series bíblicas con fines didácticos y apostólicos.

LA CRÓNICA ILUSTRADA DE LOS CALATRAVOS.

El más noble de los monumentos de Alcañiz es el Castillo, con aportes estilísticos que van del románico al barroco. Lo que mas interesa son las pinturas murales de la Torre del Homenaje, que guardan una disposición semejante a la de la sala capitular del monasterio de Sigena. De las diversas hipótesis lanzadas, parece lo mas probable que esta crónica pictórica se refiera a la vida de los Calatravos alcañizanos en sus empresas levantinas, pinturas por su linealismo y nueva estética de los repertorios caballerescos, historiados y trovadorescos, entran de lleno dentro del arte gótico lineal de inspiración francesa.

La serie caballeresca es muy extensa. Hay que considerar la representación de dos castillos, bañados por el mar, cuyas ondas están claramente figuradas; uno de ellos ostenta los blasones de Castilla y de León. Confusamente se aprecia un campamento y un ejército, cuyos soldados muestran a la cruz de Calatrava. En el muro lateral izquierdo se ve a tres damas despidiendo a un jinete que parte veloz; en una enjuta está en el ejército catalana- aragonés con los blasones de los Luna, Aragón y Barcelona, mientras en la otra enjura, aparece un ejército musulmán. Y mas escenas militares: un ejército desembarcado que marcha hacia un castillo, guiado por un peón abanderado, y un monumental castillo, en cuyas torres se enarbolan los blasones de los Alagón, Cornell, Luna y Aragón. El paisaje de palmeras nos lleva a relacionar estas escenas caballerescas con la vertiente levantina de la Reconquista.

Merecen recordarse otros temas de estas pinturas alcañizanas. Hay una rueda con un personaje regio en tres posiciones, que aclaran las inscripciones latinas: REGNABO, REGNO, REGNA- VIT. No es propiamente una Rueda de la Fortuna, y existe una escena análoga en el libro Hortus Deliciarum, que mandó componer en el siglo XII la abadesa Herrad de Lamberg. Otras escenas parecen insinuar cierta influencia provenzal. Una serie de figuras de gremios, vienen a recordarnos similares personajes del artesonado de la catedral de Teruel.

LOS ESPACIOS DEL GÓTICO.

Los monumentos importantes del gótico en tierras turolenses, son derivación de la escuela catalana y pertenecen, en su mayor parte, al lapso temporal del siglo XIV. El gótico procede del Sur de Francia; pero tienen tan marcada personalidad, que supera en originalidad a las otras escuelas del gótico peninsular; ninguna escuela como la catalana, puso tanto interés en el desarrollo de lo espacial, tendiendo a hacer templos de nave única que permitían gran anchura y altura. Dentro de la evolución espacial del gótico, estos templos son la transición entre el gótico clásico y el gótico tardío. Como los templos góticos catalanes, los aragoneses presentan capillas entre los contrafuertes, pero se distinguen por hallarse éstos últimos, en general, mudejarizados.

Quizá el mas antiguo sea San Pedro de Teruel, del que tenemos referencias de que se construía hacia 1319. A raíz del incendio de 1873, muros y bóvedas fueron restaurados, sustituyendo la noble severidad de la cantería gótica por unos diseños a lo Viollet-le-Duc y unos colorines que desfiguran su interior. De ábside mudéjar, como San Pedro, es la parroquial de Montalbán, cuya nave tiene una anchura de 21 metros; su relación con los modelos catalanes, en este caso está acentuada por el campanario octogonal, aunque terminado en forma piramidal, como el de Aljafarín y el zaragozano de San Gil.

El campanario octogonal aparece también en otra iglesia similar, Santa María la Mayor, de Valderrobles. Destaca este templo por una enorme portada, profundamente abocinada, coronada en la parte superior con el más bello rosetón del gótico turolense. En la ciudad de Teruel, en los últimos años del siglo XIV, se construyó el templo de San Francisco, que se caracteriza por la falta de mudejarismos tan corrientes en los templos de esta ciudad. La familia de los Heredia, mecenas del templo citado de San Francisco, aún construyeron otro mayor en Mora de Rubielos, pero a mediados del siglo XV. Tormo lanzó la hipótesis de que pudiera ser obra de Guillén Sagrera, el genial arquitecto que trabajó en Palma de Mallorca y en Nápoles.

Este tipo de templo, aunque con crucería estrellada, vendría a ser el modelo preferido del Renacimiento en la provincia de Teruel.

LOS CASTILLOS EN LA GEOGRAFÍA TUROLENSE.

Los mejores testigos del pasado esplendor político, son los conjuntos ofensivos, que se alzan todavía orgullosos dominando a los caseríos cobijados en torno. La acción de los hombres mas que el “tempus, edazrerum”, ha sido el peor ariete que ha maltratado a estas piedras indefensas. Solo tardíamente, la Torre del Andador, el Alcázar y la muralla de Albarracín, el Castillo de Calatravo de Alcañiz, el de Mora de Rubielos y el de Valderrobles, alcanzaron la calificación de Monumento nacional y con ello una protección oficial, que solo en algunos casos ha tenido vigencia. Ninguno supera en interés al de Alcañiz, cuya torre del homenaje está decorada con un interesante repertorio de pintura gótico-lineal, que ya hemos comentado anteriormente. De todos los castillos turolenses, el de Valderrobles es el que mas nos impresiona por sus ademanes gesticulantes, que cargan el paisaje de dramatismo espiritual; el pueblo se extiende en las faldas de una colina, en cuya cima se levanta la mole inmersa del castillo, con sus parámetros abiertos por ventanas o series de vanos, y rematado por torres angulares y el perfil desdentado de sus almenas.

Entre los castillos menores se cuentan el de Albalate del Arzobispo, con una torrecilla octogonal que todavía se yergue altanera, desafiando el paso del tiempo, y el de Peracense, que por su estratégica posición mas parece un nido de águilas, confundido entre las crestas de la Sierra Menera; dada la escabrosidad del terreno, el acceso es muy difícil, siendo la entrada mas adecuada por un camino que parte desde el vecino pueblo de Rodenas. Tanto este castillo de Peracense como el de Alba, y los restos de que hubo en Blancas, son los hitos mas importantes de una serie de fortaleza que contuvieron los continuados ataques de los castellanos durante el siglo XIV.

Todavía está por hacer el inventario de torreones y castillos turolenses, cuyas piedras doradas por los siglos y por la Historia, son uno de los atractivos turísticos que mas impresionan al viajero que se adentra por las rutas turolenses.

ÁBSIDES Y CIMBORRIOS.

La arquitectura aragonesa tiene un acentuado carácter popular y tradicional, lo que se explicaría porque sus ejecutores fueron los moriscos o mudéjares, cuya grey resultó tan numerosa en Aragón. Esta clase social vino a ser fundamental para la economía aragonesa, de aquí el dicho: “Quien tiene moro, tiene oro”. En el reino aragonés permanecieron los moriscos mas tiempo ejerciendo su oficio de tal manera se encariñó el pueblo con su arte de construir, que todavía dentro del siglo XVIII, perviven las técnicas mudéjares, cuando los moriscos hacia largo tiempo que habían sido expulsados. Los maestros aragoneses no aportaron ninguna solución técnica, destacando por su carácter los cimborrios. Tan fuerte era la vigencia del mudéjar en Aragón, que hasta un arquitecto francés del Renacimiento lo asimiló rápidamente, utilizándolo no solo en su primera obra conocida, la parroquial de Fuentes de Ebro, sino hasta en la última, la iglesia de Santa María de Albarracín.

De los ábsides turolenses netamente mudéjares, vale recordar el catedralicio y el de San Pedro, en Teruel, y el de la parroquial de Montalbán, los tres del siglo XIV. La intervención morisca está perfectamente documentada en el caso de la catedral turolense, pues en 1335 vinieron de Zaragoza el maestro moro Juzaff y su equipo, formando por hombres de la misma sangre: Zalema, Aly, Abraim, Mahomat y numerosos oficiales. Ellos transformaron la cabecera románica en este bello ejemplar gótico-mudéjar, con ciertos rasgos que lo relacionan con iglesias gótico- mudéjares de Calatayud, en opinión de Torres Balbás. Exteriormente, como en otras iglesias de Aragón, el ábside fue lugar privilegiado para el artista volcara su fantasía decorativa, tal sucede en San Pedro de Teruel, y en menor grado en la parroquial de Montalbán.

En la serie aragonesa de cimborrios mudéjares, hay que incluir el de la catedral turolense realizado por Martín de Montalbán en 1538; su antecedente inmediato es el de La Seo de Zaragoza, pero el más antiguo se encuentra en la Mezquita de Córdoba, en la ampliación de al-Hakam II. Al exterior, tiene el modelo turolense mas gracia que el ejemplar isabelino de Zaragoza, pues los contrafuertes se adornan con pináculos decorados con diseños mudéjares de rombos y esquinillas.

LOS GRANDES PINTORES ANÓNIMOS DEL SIGLO XV.

Los azares históricos y el vandalismo de la última contienda civil, han sido funestos para el patrimonio pictórico turolense. Singularmente rica era la fase gótica internacional, bajo la influencia de la escuela valenciana. De Pedro Nicolau desaparecieron los retablos que hizo para la parroquia de Sarrión y para la iglesia turolense de San Juan, y también fue destruido el de la iglesia de Albentosa, que Tormo le atribuyó.

Dentro del círculo de Marzal de Sax y Nicolau, hay que citar a un maestro anónimo que llevó la influencia valenciana a un lugar tan apartado como Rodenas, en las estribaciones de la Sierra de Albarracín. Post lo dató hacia 1425 por la modernidad de los tipos y la seguridad del dibujo. El tema de este retablo es la vida de San Juan Bautista con las escenas de la predicación, bautismo de Cristo, festín de Herodes y la degollación. Las delicadezas líricas del paisaje y el linealismo, como que estiliza los bucles, nos hacen pensar en el fervor de este pintor por Simeone Martini, de la escuela sienesa. La combinación de Marzal- Nicolau se aprecia en otro retablo, el de la parroquial de Rubielos de Mora, indudablemente vinculado a la escuela valenciana.

De la fase hispano-flamenca de la pintura gótica, solo ha quedad in situ el retablo de la coronación, que los Pérez Arnal ordenaron hacer en el tercer cuarto del siglo VX, en la catedral de Teruel. Post lo atribuyó a un anónimo al que bautizó Maestro de la Florida. Parece ser un pintor eléctrico que aglutina influencias de los valencianos Rexach y Jacomart. Este retablo es la pieza mas flamenca en Aragón, dentro de la producción pictórica que deriva del estilo personal de Bermejo. El carácter local aragonés queda subrayado por la pesadez decorativa y la opulencia de los dorados que tienen algunas figuras. Quizá pudiera identificarse al Maestro de la Florida con Juan de Boniella, que residió en Teruel a mediados del siglo XV, y que en 1474 aparece junto a Bermejo, en Daroca.

ESPLENDOR DE LA VIDA COMUNAL.

Debido el florecimiento que tuvo en Aragón la vida civil, merced a unas instituciones sólidas y poderosas, los edificios públicos adquirieron verdadera magnificencia y monumentalidad. La estampa mas hermosa de este conjunto la representa la Plaza de España, en Alcañiz, con la Lonja y el Ayuntamiento, formando escuadra, que dan aire de Quattrocento italiano a este espacio alcañizano.

La fachada de la Lonja tiene dos cuerpos; el inferior, con tres grandes arcadas apuntadas, decoradas en su intradós con un festón de arquillos tribulados, que delatan al siglo XV, cuando debió de ser construida. Sobre las arcadas está la típica galería corrida aragonesa, en juego con la del Ayuntamiento, aunque es posterior y menos bella. La Casa Consistorial presenta fachada de tres cuerpos, con el blasón municipal en el piso noble. Se remata con un alero muy saliente, a estilo de la tierra, con doble fila de canecillos de madera tallada.

El Consistorio de Valderrobles es, sin duda, el de más sabor de toda la serie renacentista de Aragón, por su ritmo y horizontal. Como pieza selecta fue reproducido en la Exposición internacional de Barcelona de 1929. Se levantas sobre recios soportales con arcos de medio punto; el piso noble se resalta con balconaje corrido, de hierro, exornado de jabalcones. La sensación de horizontalidad la reitera la cornisa superior, con la arquería corrida, tan rica en contrastes y movimientos. Como el Ayuntamiento de Alcañiz, pudiera fecharse en el tercer cuarto del siglo XVI.

El mesón de la Comunidad de Teruel, está directamente emparentado con el grupo de construcciones civiles bajoaragonesas, participando de una tendencia fuertemente clásica que se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XVI. Esta serie de edificios constituyen el capítulo mas brillante del Renacimiento en tierras turolenses. El palacio turolense debió de ser construido a fines del siglo XVI, poco antes de que Felipe II derogara los privilegios de la vetusta institución.

HOMBRES Y OBRAS DEL SIGLO XVIII.

El siglo XVIII es una época de esplendor para las tierras turolenses, tanto en recursos humanos como en medios económicos. Los hechos artísticos no se producen aislados, sino que van ligados a circunstancias de orden económico, religioso, etc., así como el mecenazgo de algún personaje influyente. Entre los arquitectos nacidos en tierras turolenses, hay que destaca a Melchor Luzán, Martín de Aldehuela, Marcos Ibáñez y Miguel Aguas. Ninguno tan importante como Martín de Aldehuela, que contó con el mecenazgo del obispo Pérez Prado, en Teruel, y el de su paisano, el obispo Molina Lario, en Málaga. Algunos de estos arquitectos destacaron fuera de España, como Marcos Ibáñez, el reconstructor de la ciudad de Guatemala, al mismo tiempo que otro turolense, José Estachería, era presidente de la Real Audiencia de Guatemala.

En tierras turolenses se levantaron fábricas tan colosales como la colegiata de Alcañiz o la iglesia arciprestal de Cantavieja, ambas con énfasis catedralicio. Puede afirmarse que casi el ochenta por ciento de las construcciones eclesiásticas de la provincia, fueron construidas o renovadas en esta centuria. Hoy nos asombran fábricas tan impresionantes en lugarejos despoblados; solo una fe grande, una saneada economía y una población mas numerosa, pueden explicar estos contrastes.

En 1937 se destruyó la obra mas interesante de Aldehuela, la iglesia del Seminario, con su retablo mayor diseñado según los modelos del P. Pozzo. En recientes investigaciones, he podido documentar como suya la mejor iglesia de la sierra de Albarracín, la parroquial de Orihuela del Tremedal.

La Colegiata de Alcañiz, mas que obra del siglo XVIII, parece de le Edad Media, dado el ímpetu religioso con que se realizó. La colosal fachada está de acuerdo con las dimensiones del templo; este tipo se extendió por toda la Península; de las fachadas barrocas españolas de este tipo, es la composición con ritmo lineal mas acentuado, siendo superada únicamente por la catedral de Murcia. Acerca de la iglesia arciprestal del Cantavieja dijo el arquitecto Garza en un informe: “De su traza no he visto ninguna, ni aún en Roma”.

LOS PUEBLOS DORMIDOS.

La diversidad geográfica de las tierras turolenses, representan para el viajero una notable variedad de paisajes, de tipos, de costumbres y de productos naturales. Uno de los determinados geográficos del paisaje turolense, son las series de sierras que cruzan su superficie en todas las direcciones, dejando poco espacio para el desarrollo de amplios valles o de inmensas llanuras. A lo largo de la Historia, los pueblos turolenses fueron surgiendo en lugares insospechados, en posiciones estratégicas para la defensa de una región natural con hondas raíces históricas: así, hoy, es preciso buscar estas agrupaciones rurales por carreteras serpenteantes, a través de barrancos y de encrespadas montañas.

Si bien estos pueblos tuvieron una explicación en tiempos pretéritos, su exigencia se torna cada día mas problemática por la creciente emigración a tierras de un nivel de vida mas acorde con las necesidades actuales. Muchos de estos pueblos se encuentran ubicados a mas de mil metros de altura, en zonas donde la agricultura es muy difícil por la dureza del clima.

El viajero que busca lo arcaico, encontrará en las rutas turolenses pueblos muy tristes, casi desiertos, con castillos en ruinas, casonas abandonadas, iglesias y conventos que declaran el auge de tiempos pasado. Pueblos del Maestrazgo y de la Sierra de Albarracín, con sus callejuelas de abolengo moruno, con sus pintorescas casucas y los viejos portales blasonados. En las casas señoriales destaca una escalera monumental, cuyo cuerpo sobresale en su perfil exterior. Pasadizos, aleros, ventanas y otros curiosos detalles, muestran raigambre de la casa hispanomusulmana, que vino a ser la solución ideal por muchas generaciones en estos parajes.

En estos pueblos tranquilos se encuentra ese silencio tan extraño a los habitantes de las urbes modernas. Una tenue melancolía invade al viajero, que guardará una impresión imborrable de estos pueblos al ver como sus habitantes han resistido, para defender su personalidad, ante el avance de los tiempos modernos, que todo lo uniforman.

EL JILOCA Y EL TURIA.

La zona situada a lo largo de la Autovia de Zaragoza- Teruel, comprende una faja agrícola, mas o menos ancha según la amplitud del valle. Las partes altas que limitan a esta franja – Campo de Romanos, Campo de Bello, Campo de Visiedo, etc.-, son grandes productoras de cereales. Los regadíos tienen dos focos importantes: la fuente de Cella, considerada como el mayor pozo artesiano de Europa y que es el origen del río Jiloca; el otro foco es de tipo artificial, el reciente alumbramiento de aguas subterráneas descubierto de Singra, con un volumen casi igual a la famosa fuente cellense. La principal producción, a parte de los cereales, es la remolacha con fines industriales.

Si bien la vida moderna ha ido uniformando el variado folklore antiguo de la zona, todavía se conservan manifestaciones de carácter religioso dignas de acordarse, como la procesión de San Roque, en Calamocha, con motivo de sus fiestas mayores. Danzantes ataviados con traje blanco y faja roja, bailan ante la imagen del Santo Patrón una danza antigua, que refleja el temperamento rudo de los turolenses. En Monreal del Campo pervive una vieja muestra de teatro religioso popular, el “Abajamiento”, que se celebra cada cinco años. La escenificación del Descendimiento de Nuestro Señor, tiene lugar ante la puerta de la iglesia, en el lenguaje arcaico, que conmueve al moderno espectador lo mismo que el continuado de los fuertes trabucazos.

Lo más característico del folklore de la ciudad de Teruel, radica en la Vaquilla del Ángel, que consiste en correr por la Plaza del Torico y por las calles, toros ensogados. La céntrica plaza se convierte en un verdadero escenario goyesco, en torno al minúsculo “Torico”, que sobre su pedestal columnario parece presidir esta fiesta popular con un ritual totémico.

La artesanía de la ciudad DE Teruel, se ha prestigiado en nuestros días recuperando las técnicas y el espíritu que motivaron la creación de su cerámica en los siglos XII y XIV. Esta empresa de reivindicación de un valor tan netamente turolense, se debe en buena parte al inquieto profesor Angel Novella, por medio de su labor en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos.

LAS MONTAÑAS DEL MAESTRAZGO.

La abrupta sierra del Maestrazgo separa y une a las provincias de Teruel y Castellón; un viaje por esta ruta nos proporciona lo mas imponentes paisajes de montaña. Esta geografía encrespada fue el escenario adecuado para las hazañas románticas del general Cabrera, que estableció su cuartel general en un pueblo medieval, Cantavieja, que aún conserva buen parte de su recinto defensivo.

Las principales riquezas de esta sierra y sus aledaños, son la madera y la ganadería. De la antigua artesanía textil, solo queda en Rubielos una fábrica de alfombras y todavía se elaboran en Iglesuela del Cid, finas medias de señora.

Lo que mas cuenta de esta ruta para el viajero actual es su cocina, teniendo bien ganado renombre la de Mosqueruela y Cantavieja. Aquí se elabora la nutritiva cecina, preparada con carne de vaca o toro, que luego de tratarla con ajos, sal, vinagre y pimienta, queda expuesta al frío para que la “cure”. De forma similar se consigue con carde de oveja el ¨somarro¨. Famoso es el queso de Tronchón, que tiene el honor de haber sido citado varias veces por Cervantes en El Quijote; su misterio radica en viejas fórmulas caseras y en la fina calidad de los pastos de la Sierra Palomita, que sustentan a los rebaños de ovejas.

El folklore taurino tiene en Mora y otros pueblos, una variante interesante, el toro embolado de fuego, que parece recordar costumbre de guerra de raigambre ibérica. Sobre la testuz del toro se coloca un aparato de hierro con bolas de estopa, resina y pez, que arden con facilidad. El espectáculo del toro suelto corriendo por las calles del pueblo, se realiza por la noche, sin alumbrado público, así que su efecto es de gran valor plástico.

De la antigua artesanía resta la forja de hierro de Rubielos de Mora, donde todavía se hacen esmerados trabajos con antiguas técnicas. Esta industria en tiempos pasados fue singular, tanto en la zona como en la Sierra de Albarracín, llegando a crear conjuntos monumentales en las rejas que tanta prestancia dan a las fachadas de las casas solariegas.

PAISAJES CON OLIVOS.

Frente a las tierras ásperas, montañosas y pobres de la mayor parte de la provincia de Teruel, destacan las de la Tierra Baja, por su feracidad, con grandes olivares que producen el mejor aceite del mundo. Alcañiz, centro de esta comarca natural, cada día adquiere un mayor relieve, tanto por sus posibilidades industriales como por las turísticas; precisamente estas últimas han cristalizado con la restauración del llamado Palacio del Príncipe Felipe, obra del siglo XVIII, enclavado dentro del famoso Castillo Calatravo; allí está a punto de inaugurarse un hermoso parador de turismo.

La Tierra Baja destaca por la calidad de sus productos naturales. Las ricas vegas del Guadalope crían frutas excelentes, pero solo en Calanda alcanzan los melocotones un sabor especial, que les ha dado prestigioso renombre en el mercado internacional. De los viñedos próximos de Valderrobles y Cretas, se consiguen los vinos mejores de la provincia, similares a los del Priorato.

La personalidad de la comarca tierrabajina, frente al resto de la provincia, se manifiesta en un rico folklore, bien expresado en el habla, el traje regional y en las costumbres religiosas. Especial relieve tienen las procesiones de Semana Santa en Alcañiz, Hijar y Calanda; niños y ancianos, acompañan con un tambor colgado a la cintura, sacando con sus palillos redobles muy peculiares. Impresionante es, tanto en Híjar como en Alcañiz, la noche del Viernes Santo, cuando a las doce, la corneta del Ayuntamiento, da la orden de iniciar los redobles. Cientos de tambores resuenan en la Plaza Mayor, distribuyéndose en grupos por las calles; en Híjar cada cuadrilla lleva además un bombo.

La Tierra Baja, mas que por su cocina, destaca por la repostería, con unas magdalenas y tortas finas deliciosas, además de rica variedad de pastas preparadas con almendra, nuez o coco.

MONTAÑAS Y PINARES.

Quizá ninguna comarca turolense se presta para el turismo natural como la Sierra de Albarracín; prueba de ello es que hace tiempo nacieron las colonias veraniegas de Orihuela y Bronchales. Un turismo interior, que no necesitaba de los reclamos modernos, hace tiempo que descubrió estos parajes tanto por el tipismo de los pueblos como por la bondad del clima en verano. Ya hemos destacado algunos de los valores históricos y estéticos de Albarracín, la ciudad turística por excelencia de toda la provincia, hace tiempo declarada monumento Nacional. Con certero gusto “La casa de la Brigadiera”, fue acondicionada interiormente para instalar el confortable Hotel Azagra.

Los pueblos vecinos de Bronchales y de Orihuela del Tremendal, absorben buena parte de la población veraniega, que en este último cuenta con una hermosa residencia de Educación y descanso, situada a mas de 1.600 metros de altura, entre frondosos pinares. La belleza forestal de estas montañas de ve matizada por la presencia de ciervos en la fase de aclimatación.

La industria maderera y la ganadería, son las principales riquezas de la zona tanto el ganado ovino como el vacuno de carne y de lidia, han de abandonar en invierno estos lugares, siguiendo las viejas costumbres de la trashumancia.

Las condiciones climáticas de esta comarca, dan una cocina regional en la que predominan las carnes y las grasas. Los fríos y los hielos del duro invierno “curan” los jamones de modo natural, dándoles un gusto especial, que les ha dado justa fama. Con la carne de cordero, de excelente calidad, se preparan platos deliciosos como el cordero “a la cazoleta” o a “la pastora”¨ entre estos platos típicos hay que incluir el “gazpacho” que no es originario de aquí, sino una vieja adaptación de la cocina manchega, realizada por los pastores que iban allá en trashumancia. Plato de sabor especial son las sopas de ajo, que, según los ancianos, tienen determinadas virtudes, así se explica que una leyenda las haya relacionado con Don Jaime el Conquistador, a quien curaron de una extraña dolencia cuando cabalgaba por tierras turolenses.

EL ALMA TUROLENSE.

Inquieto y curioso lector; tuve el honor de presentarte la tierra turolense por medio de unos breves textos, y de unas bellas fotografías, mas expresivas éstas que aquellos. No fue mi único propósito dar una serie de datos y de juicios sobre los aspectos mas interesantes del arte y de la vida, sino también fue mi deseo darte a conocer el alma turolense. Para superar esta difícil empresa, acudí al arte, pues – como ha dicho René Huyghe-, el arte y el hombre son indisociables, ya que no hay arte sin nombre, y a la inversa; por medio del arte el hombre se expresa y se conoce mejor.

Si importante es el lenguaje de las formas artísticas con que se ha ido expresando el alma turolense a lo largo de los siglos, ello no basta; el viajero interesado en conocer a fondo el alma de mi tierra, ha de recorrer sus caminos llegando hasta los pueblecitos mas apartados, los que, gracias a su aislamiento, conservan mas puros los rasgos del espíritu turolense. El profundo mudejarismo, que reflejan los monumentos cardinales de la capital, se ve expandido por toda la provincia, no solo en las airosas torres de ladrillo que saludan al viajero desde los breves valles, sino en mil detalles de la arquitectura doméstica y del urbanismo, característicos de los pueblos serranos. En el mensaje humano que comportan estos monumentos, el viajero podrá apreciar de manera clara y distinta, el alma histórica y colectiva de los hombres que vivieron y viven en esta tierra.

Pese al silencio que han guardado escritores y viajeros sobre el alma turolense, ésta no es tierra árida para el espíritu. Solamente en Teruel, la realidad se antepuso a la fantasía literaria, y dos enamorados murieron de pena y amor, haciendo figurar a esta ciudad en la “Geografía Poética del Universo”.

Viajero que has venido atraído por el misterio de esta tierra incógnita, no bastan las impresiones de una primera visita, pues el alma turolense es difícil de aprender. Si quieres captarla, habrás de estudiar su historia, sus creaciones folklóricas, literarias y artísticas, pero no te ofusques en consideraciones circunstanciales, procura llegar hasta la “intrahistoria”, allí encontrarás la médula del alma turolense.

5


Aguero

En la provincia de Huesca, cercana a las Cinco Villas y a cuarenta y tres kilómetros de la capital altoaragonesa, se encuentra el viajero con la villa de Agüero. Para llegar a ella tenemos que recorrer una corta y asfaltada carretera que nos ha desviado, antes de llegar al pantano de la Peña, de la general que sube hasta la ciudad pirenaica de jaca o nos lleva a las tierras de Pamplona.

Al acercarnos, mientras atravesamos estas tierras de la Galliguera, nos rodea un seco paisaje con vegetación mediterránea. Madroñales, algún pino carrasco, romero, tomillo y espliego, son el testimonio y recuerdo de un pasado en el que la arboricultura fue la ocupación predominante de estas tierras. Ese recuerdo triste de los viñedos -tan abundantes en la Edad Media- que diezmó la filoxera, o del olivar, que fue talado para sacar tierras al trigo.

No es difícil hacer imagen, la tradición ganadera de esta tierra, sobre todo cuando uno se imagina al rebaño sorteando montículos de rocalla entre las aliagas y espliegos. Por eso podríamos decir que estamos en tierras de un pueblo de militares, campesinos y pastores. Un pueblo que pervive sencillo, cordial y hospitalario, pero sobre todo añorante siempre de no se sabe qué; un pueblo que conserva Viva la memoria de los sueños antiguos, de las tradiciones y los ritos.

Estamos en lo que los geógrafos han llamado <<Subcomarca de Ayerbe>> y que el pueblo ha entendido siempre como <<Tierra de los Mallos>>. Una tierra de transición entre la montaña pirenaica y la tierra llana, una zona límite con la tierra alta se personaliza en los famosos Mallos, que constituyen un llamativo fenómeno geógrafo y que son unos relieves uniformes originados por los conglomerados marginales.

Frente a estos picos terciarios se abren los Somontanos, <<las tierras bajo los montes,>>, y apoyado en una de sus laderas se encuentra en el lugar de Agüero. El blanco caserío, apiñado en torno al perfil devoto de su torre parroquial, casi es una entrañable postal. El viajero se lo encuentra de pronto, como si quisiera entrarnos de mano de la sorpresa, teniendo a pleno sol y protegido de los vientos fríos del norte.

Al ir acortando distancias, nuestra mirada va ascendiendo- poco a poco- hasta la línea que corona los Mallos para intuir lo que hay detrás de ellos. y al deslizarse nuestra curiosidad empezamos a entender la condición fronteriza de este lugar. Una fundación altomedieval que nos aparece, en los documentos del siglo X, con su nombre que recuerda la idea de una tierra seca. Un topónimo que estaría relacionado con la voz aragonesa de agüerro, <<otoño>> y que derivaría del término agor, que significa <<seco>>.

Seco es ciertamente el entorno de esta villa y los riegos se instituyen en su gran problema, aunque esto va a subsanarse en parte con la puesta en funcionamiento de un pantano, ya autorizado y pendiente de la decisión del pueblo, cuyas aguas pondrán en regadío varios cientos de hectáreas. Pero si es seco su entorno geográfico no lo es su vitalidad lingüística, porque- según los estudiosos del idioma- el habla de Agüero es la que mas vitalidad tiene de las de las comarcas cercanas. Aún es posible poder escuchar algo de esta vieja reliquia dialectal que se va perdiendo día a día. Movimientos de emigración y el curioso comportamiento de la población aragonesa ante la natalidad y la mortalidad, van acabando con estas viejas herencias medievales. Y la población va disminuyendo, envejeciendo y agostándose, desde principios de siglo. De los cuatrocientos ochenta vecinos de 1805 se pasó a cerca de mil almas en 1900, para terminar en un censo de doscientos habitantes en 1975.

El futuro del lugar pasa por la necesaria reactivación de sus escasos recursos. Agrícolamente el pantano solucionará un viejo problema de siglos y logrará fijar la población humana. Quizás sea necesario reciclar sus recursos turísticos y exportar imagen para el viajero. Los Mallos encierran vías para la escalada, como la de la peña Sola, además de una riqueza cinegética de caza mayor. Hay ciervos que se introdujeron hace algunos años y existen buitres cuya caza, afortunadamente, está prohibida, al igual que la del resto de las rapaces. Por último, sus templos son de gran interés artístico, uno de ellos incluso está titulado como Monumento Nacional, y danzas típicas no dejan de verse en sus fiestas de San Roque que, a mediados de agosto, llenan de vida a un pueblo noble que guarda ya las cosechas en los graneros.

TIERRAS DE FRONTERA.

En el siglo X ocupan el espacio altoaragonés diferentes poderes en continua pugna y estrechamente vinculados por lazos matrimoniales. El condado aragonés esta regentado por una familia, la de los Aznar, de origen carolingio. En Pamplona se disputan el trono dos familias - la Iñiga y la Jimena- que van a ver unificados sus territorios y su poder. El mundo musulmán, centrado en la Marca Superior de al- Andalus- Zaragoza- se halla azotado por el virus vitalicio de su rebelión a los Omeyas cordobeses. Al oriente del Gallego se extendían las tierras mozárabes de Serrablo y las entidades políticas de Sobrarbe y Ribagorza.

El año 921, el rey Sancho Garcés I de Pamplona inicia una victoriosa campaña de ocupación de la zona comprendida en la Val de Onsella y de las comarcas de los ríos Arba de Biel y Luesia. Esta operación militar concluirá con la conquista- según dice la Crónica de San Juan de la Peña- de << todas las montañas de Aragón y Sobrarbe>>. Como vemos, en los últimos meses del año 921, el rey pamplonés ha ocupado las tierras de la Val de Onsella, hasta Agüero y sus Mallos, para utilizarlas de base en la conquista del condado aragonés.

Para legalizar esta anexión por la fuerza de las armas, el rey Sancho Garcés I casará a su hijo con la heredera del condado aragonés, con la famosa doña Endregoto de Aragón. Y sería García Sánchez I, el esposo de ésta, quien firme un documento por el que el obispo Galindo Confirma la donación hecha, al monasterio de Leire, de las décimas de todos los frutos que se recogían en Sos, Uncastillo, Luesia, Biel, Lucientes, Castelmanco, Murillo y Agüero, entre otros lugares.

Sancho Garcés II, rey de Pamplona y conde de Aragón, también dictó ordenes alusivas a este lugar. Lo sabemos por un documento, que pensamos debió ser redactado mucho después y en consecuencia falso, que quiere que el lugar de Agüero- entre otros- fuera donado al monasterio de Santa Cruz de la Serós. Lo que si es verdad es que estas tierras agüeranas, situadas en las fronteras cristianas, forman parte del territorio navarroaragonés en el siglo X.

Sobre estas tierras, asomadas a las de los musulmanes de Huesca, se iniciará toda la acción reconquistadora del poderosos rey Sancho Garcés III, apodado << el Mayor>> y considerado por las crónicas como <<Rey de toda España>>. Sancho el Mayor pondrá en acción a todo el ejército navarro-aragonés y emprenderá la conquista de toda la comarca de Agüero-Murillo y la zona comprendida entre la sierra de San Juan de la Peña y la sierra Caballera. El dominio será consolidado en torno al año 1018, aunque sucesos posteriores nos llevan a pensar en un cambio de dominadores continuado, suceso nada raro si tenemos en cuenta que se trata de una zona fronteriza.

Años después, el 1 de marzo de 1033, se documenta el definitivo ataque cristiano al castillo de Agüero. En esa ocasión Sancho el Mayor dará a Gallo Peñero un privilegio de ingenuidad en recompensa de <<la conquista del castillo de Agüero>>. Y dice el documento que el pago es <<porque tú te pusiste en muerte, a causa de mi servicio, y con tan argucias (aparatos) y tus ingenios, y por tu buen esfuerzo prendiste el castillo de Agüero y me lo diste>>.

Agüero, en este momento, ya es un emplazamiento natural de defensa militar a pie de la sierra de Santo Domingo. Y por su importancia el monarca va a disponer una serie de medidas tendentes a perpetuar el dominio. Habrá otros premios en el suceso: a Sancho Jiménez se le va a regalar una heredad que fue del obispo Blasco, un obispo pamplonés de fines del siglo X afincado en Agüero. Además se iniciará una política de repoblación de la zona, política que ocasionará la fundación del monasterio de Santa Eulalia de Péquera y que dará nuevos pobladores al lugar de Agüero.

En esta villa ya sabemos que tenían posesiones, en 1027, una serie de gentes aragonesas que iban desde el molinero Iglesia de Santiago. Abajo uno de sus capiteles- lucha de moros y cristianos- contrasta con la representación episcopal en el capitel de la iglesia parroquial.

Galindo al calvario real Banzo. Al poco de la reconquista de 1033 se escribirá un memorial que nos habla de que aquí, murió el señor Lope Alvarez, quien <<dispuso en bien de su alma delante de los varones de Murillo y Agüero y de su maestro (¿confesor?) don Banzo de Agüero>>. Son gentes de la frontera navarro-aragonesa, hombres y mujeres venidas de tierras de Ruesta que se van a proyectar sobre la ribera occidental del Gállego.

EL REINO DE LOS MALLOS

La historia de esta tierra aún vería momentos difíciles con ocasión de la guerra entre el rey pamplonés y Ramiro I de Aragón, ambos hermanos sucesores de Sancho el Mayor, quien por su testamento había separado el territorio aragonés del de Navarra convirtiéndolo en reino. En esa campaña esta villa verá pasar el ejército aragonés, en 1043, camino de Biel y Tafalla, poniendo fin a una posible dominación Navarra sobre la zona del Oeste del Gállego.

Desde 1033, por designios de Sancho el Mayor, Agüero será una de las tendencias aragonesas que defiendan el reino pirenaico en la zona del Gállego. Una tenencia que – adaptada a los accidentes naturales del país- respondía a un conjunto de castillos en las sierras Guillén, Carbonera y Valdelosica, es decir, a Uncastillo, Luesia, Biel y Murillo. Esta tenencia de frontera estará centrada en el castillo agüerano, que será la base de la comitiva militar del tenente o senior y tendrá un pequeño territorio alrededor, del que el Señor sacará tributos para sostener la plaza.

El primer tenente sería Jimeno Iñíguez, a quien sucedería su hijo Fortún antes de 1036. en el año 1068 estará Fortún Iñigones como <<alférez, en Agüero y en Riglos>>. El 4 de septiembre de 1092 ya ocupará la tenencia Fortún López, <<alférez, en Agüero y en Riglos>>. Estos datos nos hacen detectar la coincidencia de que, en el siglo XI, dos tenentes de Agüero forman parte de la corte real aragonesa en cuanto que ocupan el cargo de alférez. Este cargo tenía que ser ocupado por personas de buen linaje, ya que le correspondía al alférez guiar el ejército real cuando el monarca no iba a la guerra. Este dato, en extremo curioso, nos lleva a pensar en una familia de tenentes de Agüero que ocupan el cargo de alférez real, es decir, en la vinculación al cargo de unas tenencias fronterizas de importancia.

A la vista de dos documentos de la época se ve que la zona de Agüero y sus Mallos es entendída como una zona definida geográficamente y con personalidad propia; una comarca fronteriza en la que tienen propiedades ilustres personajes aragoneses del momento. Curioso es a este respecto el testamento que hacen Oriol Iñíguez y su esposa, antes de iniciar peregrinación en 1057, por el que sabemos tenían dos casas: una en Abós y otra en Agüero, con once camas, una cama con pabellón, veintidós colchones, un cobertor de seda, una manta, dos pares de sábanas rayadas, seis vasos de plata, pieles, espadas, espuelas, cinturón y montura de plata, casco de hierro y capa de seda ubaidí para cerrar el atuendo militar. Todo esto acabará siendo propiedad de San Juan de la Peña, por donación de un hijo de éstos llamado Fortuño Oriol.

Sobre esta definida entidad geográfica nacerá y vivirá el curioso reino de los Mallos, un minúsculo estado que tendrá su institucionalización por obra de Pedro I de Aragón y la tolerancia de su hermano Alfonso I el Batallador. Su monarca será una mujer: la reina doña Berta, una italiana que contrajo matrimonio con el rey Pedro I, en la catedral de Huesca, el domingo 16 de agosto de 1097.

Con ocasión de la boda regia, don Pedro dotó a su esposa con un pequeño territorio y con algunos bienes sitos en Huesca, Sangarrén y una almunia emplazada entre Berbegal y Monterroyo. Con estos territorios se formaría un minúsculo estado en los límites de la montaña aragonesa. Formarán parte de él los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello y Ayerbe, completándolos los territorios de Sangarrén y Callén, unidad separada y enclavada en la Hoya oscense y a orillas del río Flumen.

Tras emitir varios documentos, hechos por el escriba de la reina – el capellán Juan-, podemos saber que la reina doña Berta gobernó << bajo la gracia de mi señor el rey don Pedro, que está muerto, y con el amor del dicho cuñado mio >>. Alfonso. Uno de estos documentos, de 1105, nos habla que doña Berta concedió al obispo Esteban la novena que acostumbraban dar los pobladores de San Félix: que pastan las bestias en los montes de Agüero y que, aquellos, corten leña, madera, bellotas y además de otras casas, hierba. El reino de los Mallos, centrado en el territorio de Agüero, desaparecerá en tono al año 1110. una vida efímera para el dominio de una mujer que ejerció de reina- caso único. Dentro de las tierra del Reino de Aragón y existiendo un monarca titular del trono de los Ramírez. Avatares del destino, el reino fue mermándose en su exiguos territorios hasta pasar totalmente a la corona del Batallador quien, después de terminar con esta anomalía política, entrego el distrito militar a Castañ, un personaje franco amigo de infancia del rey aragonés, quien aún gobernará la plaza en 1137 tras morir su protector. Castañ. Conocido también como Castán de Biel, gobierna Agüero, Biel, Aniés, Chalamera, Murillo de Gállego y Riglos desde 1110. En 1134 aún posee la tenencia de Murillo y en 1137 tiene las de Riglos y Agüero. A este le sucederá Lorferrench, quien sería tenente y señor de Agüero entre abril de 1155 y octubre de 1162. después ocuparía también el señorío de Luna, concretamente entre 1162 y 1172.

LA IGLESIA DE SANTIAGO

A unos quinientos metros al este del casco urbano de Agüero se levanta un espléndido edificio de estilo románico que siempre ha sido tenido como ermita del lugar, aunque su magnificencia denota que su condición de ermita es solo una impresión puramente topográfica. Notas documentales sobre este templo no hay, excepción hecha de dos referencias pertenecientes a unas vistas episcopales.
Por la primera sabemos que, en esta ermita, existe en 1786 una Cofradía de Hidalgos de Santiago de Agüero; por la segunda conocemos cómo, en 1805, se ordena que sea una de las pocas ermitas que quede con culto.
El edificio es del siglo XII; fue descubierto y publicado por Ricardo del Arco en 1919 y ha sido estudiado por Sanvicente (1970). Consta de un conjunto de tres ábsides que se abren a otros tantos espacios que constituyen el primer tramo de las tres naves del templo. Cerrado precipitadamente con un muro que cubre los tres arcos de comunicación de este primer tramo con el que se le seguiría, fue cubierto con tres bóvedas de cañón apuntado y perpendicular al ábside que le corresponde. En el lado sur de este primer tramo se abrió la puerta de ingreso al templo, recientemente restaurado por Bellas Artes con gran acierto.
El primer problema con que nos encontramos es el de la paternidad de la iglesia. Intentar saber cual fue el motivo de esta edificación y quien ordenó su obra, es una incógnita muy difícil de despejar. No parece fuera fundación real, ni siquiera obra de patronazgo de alguna familia noble de la zona. Solo nos queda pensar que fuera un edificio construido por alguna Orden Militar o por algún poderosos monasterio. En estas dos opciones descartamos la primera ya que no encontramos ninguna relación entre esta villa y las Ordenes conocidas. Y respecto a la segunda, como mera hipótesis, vamos a intentar demostrar las vinculaciones existentes entre San Juan de la Peña y esta zona de Agüero.
La real Casa y Panteón de San Juan había recibido, a fines del siglo IX, un amplio conjunto de tierras y propiedades en la zona de Agüero. Propiedades que habían sido donadas por sus dueños a los diferentes cenobios que, mas tarde, pasaron a depender del monasterio pinatense. Bienes territoriales que dejarán de mencionarse tras los graves sucesos que pusieron fin al abaciazgo de Juan. Este monje gobernó el monasterio hasta el año 1170, fecha en la que fue destituido del cargo y expulsado del reino aragonés. El motivo de todo este suceso, en el que van a tener que intervenir el Papa Adriano IV y el príncipe Ramón Berenguer IV de Aragón, se saque que es la mala administración y los excesivos gastos ocasionados del mandato del abad Juan. El caso es que, por estos años, se deja sin terminar el bello claustro románico del monasterio pinatense y, para salvar al cenobio de la ruina, Ramón Berenguer IV ofrece una serie de donaciones.

La iglesia de Santiago de Agüero bien pudiera ser obra de este abad, obra en consecuencia inacabada como podemos ver al contemplarla, el motivo de su construcción habría sido el de lograr un mayor acercamiento de los centros de decisión política. El monasterio de San Juan de la Peña se ha quedado fuera de la órbita de influencia, la capital ya está en Zaragoza aunque Huesca, por su situación en los caminos de la Corona aragonesa, sigue siendo punto importante de decisión. Allí, en la ciudad, el cenobio pinatense solo posee una iglesia y lo mas cercano que domina esta en Agüero. Esta iglesia podría haber sido el primer jalón para el traslado del monasterio a un sitio mas cercano a la monarquía, a unos reyes que no suben con la frecuencia que antaño.

Además, esta iglesia de Santiago la encontramos totalmente relacionada con una serie de edificios en las Cinco Villas, algunos dominios de San Juan de la Peña, que se terminan y consagran entre 1170 y 1191. Las columnas contrafuerte, tan típicas de este templo agüerano, las encontramos en la iglesia de Puilampa y en la de San Miguel de Daroca. Las bóvedas de cañón apuntado están en varias obras de las Cinco Villas y el mismo tipo de cubierta absidial- bóveda sobre nervios- tiene Santa María de Ejea.

También habrá conexiones entre estas zonas en la escultura de Santiago de Agüero, obra de gran importancia y próxima a la transición al gótico. El tímpano de la portada sur, única realizada, presenta una bella Epifanía. Apoyada sobre dos modillones esculpidos en froma de animal andrófago- del que salen un hombre (lado derecho) y una mujer-, la escena de la Adoración de los Magos de Agüero ofrece un precioso precedente para las Epifanías del Cuatroccento italiano. El mismo tímpano, con el mismo tema, tenemos en la iglesia de San Miguel de Biota y en la de San Nicolás de El Frago, ambas en la comarca de las Cinco Villas.

En esta portada hay una preciosa colección de nueve capiteles, que se colocaron en dos fases, en los que podemos ver escenas de centauros, fieras decorando a su presa, luchas de caballeros y el famosísimo tema de la bailarina. En la parte interior de la portada también podemos ver unas escenas de luchas entre guerreros- luchas en las que al musulmán se le representa con escudo redondo y al cristiano con uno apuntado- a caballo. La célebre bailarina, obra que puede servir como firma del que denominamos Maestro de Agüero y que pensamos nada tiene que ver con el conocido Maestro de San Juan de la Peña es un tema frecuente en las cinco Villas- Biota, el Frago, Ejea-, en un capitel de San Pedro el Viejo de Huesca y en una escena del ábside románico de la Seo de Zaragoza. Representa a Salomé y se nos presenta en dos tipos: uno iniciando la danza con un arpista y el otro en una actitud increíblemente distorsionada, sueltos los cabellos y acompañada por un pequeño solista de gorro puntiagudo.

En el interior del templo, en el ábside central hay una arquería de arcos ciegos que intenta suprimir la antiesteticidad del muro. Allí hay decoraciones preferentemente de gustos geométricos en las que se introducen elementos de tipo figurativo: monstruos sujetando vides, cabezas, una curiosa cara en el segundo capitel de la derecha y abundantes muestras geométricas de círculos anudados, abiertos o con nudo cerrado, entrelazados .., que nos parecen similares y de la misma mano que los detalles idénticos de la portada de la iglesia cincovillera de Puilampa, obra en la que trabajó el maestro Bernardo y se terminó antes de 1191.

En el exterior de este ábside central hay una imposta esculturada que es de la misma autoría que otra, interior, situada en el ábside de la Epístola. Este friso interior, de apenas catorce centímetros de altura, narra una serie de escenas de la vida de cristo: Concretamente de la infancia y Nacimiento. Todas las escenas están enmarcadas entre hojas y frutos, cuyas curvas crean un cierto ritmo que genera sensación de movimiento. Las escenas representadas son: la Anunciación, la Visitación, El Nacimiento, la Cabalgata de los Magos hacia Belén, la Adoración del Niño por los Magos, la dormición de éstos y el aviso del ángel, la representación en el templo. Sigue una pieza completa dedicada a los Santos Inocentes con Herodes ordenando a los soldados la matanza y con el auxilio de unos sabios que estructuran el nacimiento del Mesías en los libros antiguos. Vemos a continuación el aviso del ángel a san José y la marcha de la Sagrada Familia, creemos nosotros, de regreso a Israel, con lo que se cerraría de ciclo de la Infancia de Jesús.

Completan el conjunto escultórico del templo de los canetes y los capiteles del interior, a los que se les ha visto relación los de Santo Domingo de la Calzada.

EL SEÑORÍO DE LOS GURREA.

Hemos visto, en estos finales del siglo XII, como la tenencia de Agüero llega a manos de Loferrench, en el año 1155. y con él entra la villa en el intrincado nacimiento de la gran casa aragonesa de los Luna. La historia nos documenta a Lope iñigones, ilustre personaje que tiene dos hijos: Pedro López de Luna y Loferrench. Pedro López de Luna será el primer maestre de la Orden del Hospital con jurisdicción sobre Aragón y Cataluña. Loferrench o Lope Ferrench, sería el tenente de Agüero. Tenente que tendría que sustituir a su hermano como señor y tenente de Luna en 1162 y a raíz de un supuesto apoyo de este Pedro López a un curioso personaje que se hacía pasar por Alfonso el Batallador, el rey muerto en 1134 tras la batalla de Fraga.

Orígenes de la poderosa Casa de los Luna, inscritos en la tenencia de Agüero, que serian un hito en los sucesivos dominios señoriales del lugar. Jaime I, que había visitado la villa en enero de 1259, dispuso del castillo de Agüero en favor de su mujer Teresa Gil de Vidaure y de su hijo don Jaime. Poco después, en 1287, se data la existencia del maestro de Agüero que ha trabajado en San Pedro el viejo de Huesca.

En 1302, Pedro Boyl, el tesorero del rey Jaime II, anota las deudas del monarca en tierras de Agüero; una deuda contraída <<por la injuria que el señor rey don Jaime, de buena memoria, había hecho con Artal de Agüero>>, padre del prestigioso Martín Ruíz de Foces. Años después, en 1357, el rey Pedro IV da esta villa a Alvaro García de Albornoz y algunos señalan que posteriormente se la dio a los Pomar, que eran una prestigiosa familia jacetana.

En abril de 1372 el mismo rey incorporó a la Corona el castillo y lugar de Agüero con la condición de que en ningún tiempo pudiera ser enajenado. Pero dos años después- el 18 de abril de 1374- el infante don Juan concedió a Lope de Guerrea- camarero y consejero del rey la alcadía y el gobierno de Agüero en atención a sus méritos y virtudes. Jerónimo Zurita añade que Miguel de Gurrea, hijo segundo de Lope de Gurrea, tuvo en herencia el lugar y castillo de Agüero. Castillo que no heredó su hija Aldonza en torno al año 1400, la misma Aldonza que contrajo matrimonio con Martín de Lacarra, hijo del mariscal de Navarra y de Inés de Moncayo, que era hermana del señor de Maleján. Sucederá Lope de Gurrea, su tío, que ya es señor de Agüero en 1446.

No es necesario extendernos en las genealogías de la ilustre casa de los Gurrea, estudiadas por Castillo Genzor, señores de la baronía de este nombre de Agüero, baste con anotar que este linaje dio ilustres cortesanos, abades a Montearagón, virreyes de Mallorca y Cataluña, embajadores o bayles. A lo largo de los siglos emparentaron con los linajes mas preclaros de Aragón, entraron en matrimonio con los títulos nobiliarios de los marqueses de Navarréns, condes del Villar, duques de Gandía, vizcondes de Ebol, señores de Quinto, Laurés, Antillón, Sigüés o del Castellar.

E incluso emparentaron con los vecinos señores de Ayerbe, los Urriés, aunque son mas famosas las luchas entre ambos linajes. En 1402, sirva de ejemplo, fue quemada la cosecha de cereales de Alcalá de Gurrea y los Agudos << en la guerra que allí era entre don Antón de Luna y don Lope de Gurrea>>. Años después, en octubre de 1516, será el propio emperador Carlos V quien ordenará que terminen las luchas entre Urriés y Gurreas << que tenían perturbado el reino >>

CRÓNICA ECLESIÁSTICA

Agüero es una población que inicia su historia eclesiástica dentro del área geográfica de la diócesis de Pamplona. Aquí tenía, a fines del siglo X, el obispo Blasco- que creemos puede ser el de Pamplona, aunque en esa época existe otro del mismo nombre en Aragón- una serie de tierras que conforman su patrimonio y bienes. Desde tierras navarras partiría una larga marcha de influencias y gentes a esta tierra, traídas al largo pleito de límites como prueba de la navarrería episcopal de la Val de Onsella.

En el siglo XI, el obispo García de Aragón reivindicó estas zonas por hacer pertenecido antaño al obispado de Huesca. La larga lucha de límites entre los obispados Jaca- Huesca y Pamplona, sobre las tierras de los Mallos, provocó la actuación de varios Papas. Gregorio VII las incluyó en la diócesis jacetana en 1084. Alejandro III, en 1072, ya había intervenido en el problema. Urbano II, en 1089, volverá a actuar como lo harán Celextino III en 1155, o Pascual VI. En 1094 los dos obispos implicados llegaban a un acuerdo de no alterar el estado de la cuestión. En 1101, los obispos Pedro de Pamplona y Esteban de Huesca- Jaca, deciden que Agüero y Murillo queden para Pamplona, al par que el obispo oscense entrega a los canónigos de Huesca el monasterio de San Delices. Villa de San Felices, que recuerda el culto a san Félix extendido en el siglo XI y que era dominio de la familia de Jimeno de Cornelio en 1201.

La villa de Agüero avanza por la historia bajomedieval con noticias anecdóticas. En 1264 se ve involucrada en los problemas de la excomunión provocada por el rector García Pérez de Zuazu, quien se negó a pagar las rentas debidas al obispo pamplonés. En 1275 sabemos que pagar las rentas debidas al obispo pamplonés. En 1275 sabemos que pagaba veinte sueldos por concepto de la décima que se debe al obispo, décima que se paga en moneda jaquesa y no como es frecuente, en la navarra o <<sanchet>>. El 11 de abril de 1499 representa a la parroquial de Agüero en el sínodo de la diócesis de Pamplona el vicario de San salvador de Murillo: Pedro Matorral.

La parroquial de esta villa, sobre la que ejerce su dominio espiritual el obispo pamplonés, es un interesante edificio iniciado en pleno siglo XI. Dedicada a san Salvador, fue iniciada en planta con una sola nave y ábside, pero fue terminada en estilo gótico con las naves laterales y una puerta ojival cubierta, en la actualidad, con un curiosos atrio del que se ve la entrada a la cripta del siglo XVII, cripta convertida en Museo parroquial. En el interior, junto a retablos barrocos, hay un retablo mayor de talla- probablemente del siglo XVII, restaurado por Luis Galindo, que es párroco del lugar.

En la edad moderna, a lo largo de los siglo XVI y XVII, el lugar va incrementar su tesoro parroquial. Del siglo XV era ya una custodia relicario, pieza de especial interés, que se remata en Crucifijo y tiene viril desmontable. En el siglo XVI llega a Agüero un precioso juego completo de frontal, casulla, dalmáticas, capa pluvial, gremial y paño para facistol, en terciopelo carmesí basado en sedas con una gran finura. Todas estas piezas ostentan el escudo de armas del donante: Francisco Aznárez, un hombre que fue rector de la parroquial de Agüero entre 1527 y 1560, para ser luego canónigo de Jaca, ciudad en la que falleció en 1562. del siglo XVII quedan dos cosas: una cruz parroquial de plata sobredorada, en cuya base tiene una basílica de planta circular y un depósito para óleos en forma de candelabro. Completan el tesoro parroquial varios cantorales y una virgen románica, posiblemente del siglo XIII.

Es pieza datable a fines del XI, y en consecuencia, de gran valor, el tímpano de la parroquial del lugar, un tímpano románico presidido por las Maiestas Domini- Cristo en Majestad- escoltada por los símbolos de los cuatro evangelistas o Tetramorfos. Tímpano que contemplarían los grandes clérigos que nacieron aquí: Fray Angel Palacio y el doctor Pantaleón Palacio- y Villacampa. El primero – Angel Palacio- Fue carmelita descalzo y catedrálico de Artes de la Universidad de Huesca, luego de la de Roma y, por último, provincial de los Carmelitas en Aragón desde 1617. el otro Pantaleón Palacio, fue canónigo de Huesca en 1642, catedrático de Prima de la Facultad de Cánones de Huesca, canónigo del Pilar de Zaragoza en 1646 y juez de competencias del reino de Aragón. A propuesta de Felipe IV fue nombrado abad de Montearagón por el Papa Alejandro VII y consagrado como tal, el 29 de octubre de 1662, en la catedral de Jaca. Cuando muera, en 1665, será sepultado en el Panteón abacial de la Real Casa de Montearagón.

RECTORES PARA UNA PARROQUIAL

El año 1785, junto a otros pueblos, una Bula papal concedió el lugar de Agüero a la diócesis de Jaca. Terminaba así una larga historia de luchas diocesanas de límites. Y comenzaba el dominio jacetano que pronto iba a redactar un curioso estado de la cuestión eclesiástica en esta zona. El año 1786, el 23 de mayo, llegan al lugar de Agüero los visitadores que actúan en nombre del obispo de Jaca. En su relación se anota la existencia de 120 vecinos, una sola iglesia dedicada al Salvador y la vida de seis cofradías: la de San Miguel, del Rosario, la de San Pedro- abolida en 1804- la de San Roque, la de santa Quiteria y la de Hidalgos de Santiago.

En esa ocasión se anotaba que las cuentas de la primicia estaban muy confusas, cosa que ya no ocurre en la segunda visita conocida a este lugar. Por este inédito documento sabemos que, el 4 de octubre de 1805, la población es de cuatrocientas ochenta almas que se reparten en ciento treinta casas. Los patronos del pueblo son san Roque y santa Orosia, como lo habían sido el siglo pasado, por lo menos, si nos fijamos en un curioso relicario de plata, fechado en el año 1763, de Santa Orosia. Al frente de la vida espiritual del lugar hay un rector- José Morana, nacido en Alagón hacía 47 años- al que ayudan cuatro coadjutores y un beneficiado de sacristía.

La villa, a principios del siglo XIX, tiene dos lugares anexos: Lacasta y La Carbonera. Lacasta tiene siete casas, una iglesia dedicada a san Nicolás de Bari y esta a cuatro horas de <<muy mal camino>>. La Carbonera, por el contrario, es una sola casa de campo que sirve de habitación a los guardas de montes del señor de estos lugares. En lo que respecta al estado decimal, es decir, a los pagos que recoge la iglesia de Agüero, sabemos que se cultivaban una serie de productos como trigo, mixturas, ordio, cebada, centeno, lino y cáñamo. También había una fuerte ganadería- con corderos, cabritos y sus derivados, como la lana-, vino, aceite y, solo en los lugares anexos, quesos.

De todo esto va al obispo la cuarta parte de los frutos decimales recolectados, igual cantidad va para los clérigos del lugar, mientras al rector o párroco le corresponden las dos partes restantes. Colaboran en la recolecta de tributos todos los vecinos del lugar, cada uno de los cuales cobra un sueldo por cada cahíz de trigo porteado y ocho dineros por cargada de uvas traída al hórreo común. Además es costumbre darles pan y vino por cantidad no superior a cinco libras.

La iglesia parroquial, receptora en su mayor parte de estos frutos, esta regentada por un rector que es designado por el señor del lugar y aceptado por el obispo jaqués. Desde 1734, en el archivo diocesano de Jaca, se encuentran los expedientes de presentación de clérigos, todos ellos expedidos por la Casa y Honor de Gurrea. El primer testimonio conservado nos habla de que Maria Francisca Abarca, viuda de José Pedro Alcántara Funes de Villalpando y Gurrea, como condesa viuda de Atarés y del Villar y señora de la casa de Gurrea, presenta al obispo de Jaca su candidato a la rectoría agüerana: José Olivito. Sucedía este a Miguel Jimeno, que también recibió el favor de la Casa de los Gurrea el mes de abril de 1705.

En 1790 ejercerá este derecho Cristóbal Pío Funes de Villalpando Abarca de Bolea, siendo en 1820 el conde de Parcent y Contamina quien provea la provisión de la rectoría al morir José Morana. La entrada en el ejercicio del derecho de proveer la rectoría de Agüero de la casa de Parcent, nos la aclara la documentación que se presentó al nombrar rector a Pedro López de Betés. Dice el texto, de 1848, que << por cuanto como Barón de Gurrea, pertenece al referido excelentísimo señor conde de Parcent el Patronato de la iglesia de lugar de Agüero, en la provincia de Huesca y obispado de Jaca, y el nombramiento de Rector Párroco de la misma, de que se halla en quieta y pacífica posesión..>>

Este dominio de la Casa de los Barones de Gurrea, iniciado en la baja Edad Media, se conservará hasta fines de siglo. En 1887 y en el castillo de la Mezquita, Francisco de la Cerda y Carvajal otorga el título de rector a Manuel Gimenéz, un cura venido de Javierrelatre que no será ni bien recibido ni considerado decente por los agüeranos que, incluso, llegan a protestar oficialmente al obispo de Jaca. La carta es del 15 de agosto de 1887 y es remitida por el Ayuntamiento Constitucional de Agüero, corporación que no logró imponer su veto.

Firmaba el nombramiento del cura protestado, el poderoso conde de Parcent y Contamina, señor de Villatoro, señor de la Baronía de Gurrea de Gállego de las de Rasal, Sigüés, Agón y Apiés, señor de los castillos de mezquita, tormos, Artesona; titular de los lugares de santa Engracia, Santa Olaria de la Peña, San Esteban del Cascao, Gurrea, Agüero, etc. Además era Grande de España de primera clase, gentilhombre de Cámara de su Majestad, caballero de la Orden Militar de Maestrantes de Zaragoza y licenciado en Filosofía y Letras.

La villa real de Agüero seguía fiel a su vinculación con la Casa de los Barones de Gurrea. Se iba acercando el siglo XX y sus casas se hallabam pletóricas de hombres y mujeres, los gestores de un constante trabajo agrícola-ganadero que hacia del lugar tierra acomodada. Atrás, como siempre y por siempre, los Mallos de Agüero ponían una barrera infranqueable con el pasado de estas tierras. Una barrera, orlada por la sierra de Santo Domingo, que fue tierra de monasterios, que hacía mirar siempre al frente, a las tierras llanas del Somontano. Y como el Gállego, que discurre lentamente como si le pesara la rica historia que han visto sus orillas, era una llamada a recorrer los caminos que fueron abiertos por la reconquista. Una nueva sangría poblacional, nueve siglos después, que se hizo emigración.

Y quien quiera luchar contra este duro tener que irse de los paisajes natales, aunque solo sea en un itinerario emocionado, que salga a andar los caminos que nos acercan al viejo reino de los Mallos. Metan en la bolsa los trabajos de Ricardo del Arco, el hombre que publicó por primera vez la iglesia de Santiago en 1919; o de Ángel Sanvicente que ha escrito esas bellas notas sobre esta iglesia << nada tan próximo a un documento solemne del siglo XII>>. No olvidarse los trabajos de Durán, Ubieto, las generalogías de García Ciprés sobe los Gurrea, el trabajo de Conte sobre los hijos ilustres oscenses, las páginas de arte que hablan de cinco Villas y que son obra de Abbad, las exactas anotaciones de Federico Torralba sobre el arte aragonés, o las viejas apreciaciones de Porter.

Pero si se ha dejado todo ese bagaje en su punto de partida, ponga atención en lo que ve. Observe esos <<preciosos signos de cantería que son un testimonio del cumplimiento de un gran voto que debía durar perpetuamente>>. Repase la vieja inscripción, en la columna del muro de cierre, que nos da el nombre de uno de los maestros de Santiago de Agüero: ese Deia de Aresa que, según el texto, la hizo. Salga al exterior, repasando la portada para encontrar otro testimonio de deseo de eternidad: el del cantero Imholl, que no resistió la tentación de firmar en el ábside... Mire el paisaje que le rodea, intuya el pueblo de Agüero al pie de sus mallos, escuche ese lenguaje pecualiar de la llanura que le sea agradable ese regresar a los primeros tiempos de nuestra historia.

La tierra exhibe sus tonos rojizos recortándose sobre un cielo de color azul. Las blancas casas de esta villa real se apiñan al sol, los olivos se retuercen en lontananza y el campo tiene olor a romero y espliego. Estamos en tierras de Agüero.


Tal día como hoy 30 de octubre



El proyecto pasapues es una ampliacion del proyecto Aragón es así y trata de recopilar y relacionar todo tipo posible de información documental sobre Aragón: textos, libros, artículos, mapas, ilustraciones, fotografías, narraciones, etc., y proceder a su publicación y difusión.

Aragón es asín. Fotografías, Mapas, Documentos, Historia, Paisajes, Cultura, Mudéjar, Románico, Gótico, Goya, Ebro, Pirineos, Huesca, Teruel Zaragoza. Naturaleza mapas España.

Copyright 1996-2020 © All Rights Reserved Francisco Javier Mendívil Navarro, Aragón (España)

Si crees que falta algo, o está confundido cuentanoslo

Aviso Legal. Esta actividad de la Asociación Cultural Aragón Interactivo y Multimedia

Esta web no usa directamente cookies para seguimiento de usuarios,
pero productos de terceros como publicidad, mapas o blog si pueden hacerlo.
Si continuas aceptas el uso de cookies en esta web.